miércoles, septiembre 30, 2009

Una tarde con Amis y Fonseca

A cinco minutos caminando desde la estación de Camden Town, en una zona más acomodada que hippy del barrio que es sinónimo de mercadillo callejero, se encuentra la residencia londinense de Isabel Fonseca y Martin Amis, el matrimonio que protagoniza la rentrée otoñal de Anagrama gracias a una novela y la reedición de un ensayo de ella (Vínculo y Enterradme de pie. La odisea de los gitanos, respectivamente) y una colección de artículos de él (El segundo avión).

La casa ha cambiado desde la última vez que la visité, en el invierno de 2002. Entonces, Fonseca y Amis se aprestaban a alquilarla para escapar un par de años a Uruguay, la tierra del padre de ella, y el salón de la planta baja donde suelen conceder sus entrevistas era un desierto de paredes blancas y parqué donde destacaba una sola nota de color: el libro ilustrado que desde la repisa de la chimenea rendía homenaje a Bruno Fonseca, uno de los hermanos artistas de Isabel, que vivió en Barcelona durante diecisiete años y regresó a Nueva York para morir de sida en 1994. Hoy el libro sigue ahí, pero lo rodean diversos cuadros (del propio Bruno, de Caio –el otro hermano Fonseca–, del egarense Augusto Torres…), una alfombra tan mullida como voluminosa, el gris verdoso que ha pasado a teñir los muros, el rojo chillón de los sofás, dos impresionantes librerías con sus títulos ordenados alfabéticamente, alguna planta y, en una esquina, junto a uno de los altos ventanales, la máquina del millón Eye of the Tiger, que Martin adquirió con el avance de su segunda novela, Niños muertos, allá por 1975.

Pareja palmípeda
De nuevo, como en 2002, departimos con Isabel mientras esperamos a que Martin baje del primer piso, donde tiene su estudio. El autor de Dinero ha descubierto que debe viajar al encuentro de unas clases canadienses un día antes de lo previsto y retrasa su aparición hasta el último segundo. Que la entrevista sea conjunta, opción que nosotros mismos solicitamos, no ayuda a dar cohesión a la cita. Poco importan los temas que ambos puedan compartir en lo vital y en lo literario. El matrimonio es, de forma inevitable, como un esmoquin sin zapatos: por muy elegante que vayas de tobillos para arriba no hay forma humana de que dejes de mirarte los pies. Y, dada la atención que suele suscitar esta pareja, se diría que las suyas son extremidades palmípedas.

Él lleva sus sesenta años de vida en el candelero; como hijo del Angry Young Man Kingsley Amis, primero; como uno de los principales protagonistas de la hornada británica a la que la revista Granta dio carta de Gran Generación en 1983 (a su lado, Rushdie, Ishiguro, McEwan…) y, por último, como diana de una prensa que no le ha perdonado nunca sus afinidades norteamericanas, el desencuentro con la agente Pat Kavanagh (y la consiguiente ruptura de la amistad que le unía a su marido, Julian Barnes) o el divorcio de su primera esposa. Ella, tres lustros más joven, es una heredera norteamericana que cruzó el charco para estudiar en Oxford y que se quedó en las islas anclada en el Times Literary Supplement; en 1995 firmó una obra de no ficción sobre el universo romaní, Enterradme de pie, y, dos hijas más tarde, Vínculo se ha convertido en su primera novela.

Amis, pues, es dueño de una carrera a la que El segundo avión, colección de artículos y relatos a vueltas con el 11 de septiembre de 2001, no ha reportado más que la dosis habitual de polémica; puede renunciar a la charla a campo abierto y, en su lugar, fiel a la máxima de dejar que se note cuanto uno ha leído y vivido, citará repetidamente a Sylvia Plath, Philip Roth y Christopher Hitchens. Fonseca, en cambio, es una única obra de ficción que lo ocupa todo: tras la entrevista y la huida de su marido escaleras arriba, mientras el fotógrafo recoja el equipo, me preguntará aún por las bondades de la traducción al castellano de su libro y manifestará sus reticencias hacia el título que ha recibido en esa versión. Él la corrige en lo etéreo (la diferencia semántica en inglés entre los términos “delusion” e “illusion”) y ella contraataca colocando los puntos sobre las íes en la esfera de lo cotidiano (“¿Que fuiste tú el que puso los libros por orden alfabético? ¿En serio?”). Recorrido por la vida de una pareja literaria, el nuestro, que fluctuó en torno al tema amisiano del fracaso y el modo en que la pornografía pone al descubierto la divergencia entre hombres y mujeres.(...)

Terror aburrido
El 12 de septiembre de 2001, Occidente se levantó con una resaca venenosa: inseguro, entre dolorido y rabioso, consciente de que dos aviones y dos torres lo habían hecho ingresar de golpe en un nuevo, proceloso e imprevisible milenio. Y el gremio de los novelistas no fue menos, sostiene Amis en uno de los artículos de El segundo avión, a la hora de encontrar serios problemas para dar un sentido a sus trabajos en curso. “Duró dos semanas” –nos dice–. “Fue una sensación temporal de derrota. Después, uno absorbe el trauma”. Absorción que él regurgitaría durante los seis años siguientes con varias piezas periodísticas y un par de relatos, uno de los cuales lo llevó a ponerse en la piel del mismísimo Mohamed Atta. Esa recurrencia, ¿invita a pensar en el terrorismo como un apartado más del fracaso vital, ese gran tema de su obra? “No creo que se trate de un fracaso. Es más bien una evolución. También, uno de los resultados de la globalización, que ha creado un estado virtual, sin fronteras ni contenciones, con un vacío que el terrorismo ha venido a llenar. También es un asunto milenario. En la Edad Media, al final de cada siglo, Europa se vio barrida por grandes epidemias de sinrazón. La gente dejaba de creer cualquier cosa para creérselo todo. Es algo sobre lo que precisamente leía el otro día…” –y recita de memoria–: “En ocasiones, ese mundo subterráneo de fanatismo y superstición atrapa a la gente normal y pasa a alterar el curso de la historia”.

Las ideas sobre el Islam plasmadas en El segundo avión le han valido a Amis acusaciones de racista y reaccionario. Pero su lectura no sólo permite entender mejor los destacados que tan escandalosamente han lucido fuera de contexto; además, invita a desconfiar de él cuando sostiene que “la novela es subconsciente, trata aquellos temas sobre los que ignorabas estar preocupado, mientras que el ensayo político es consciente, versa sobre el mundo exterior”. Permítanme un análisis psicológico tan rápido como posiblemente barato: el individualismo de Amis entiende como una amenaza personal todo aquello que pueda devolverlo a la masa anónima, sea la ciega onda expansiva de un atentado o las colas interminables ante los controles de un aeropuerto. De ahí la polémica teoría en la que equipara terror y aburrimiento; para él, ambos conceptos acaban convergiendo en un miasma que es sinónimo de mediocridad.

Infidelidad literaria
Frente al resquemor más o menos público de Amis, la protagonista de Vínculo, Jean, debe hacer frente en el plazo de menos de cuatrocientas páginas a: un posible cáncer de mama, el adulterio de su marido, la enfermedad de su padre, la emancipación de su única hija y la cada vez más evidente amenaza de la vejez. Las muchas coincidencias biográficas entre Fonseca y su heroína (norteamericana que abandona su residencia en Camden Town para emprender un retiro sabático junto a su brillante marido inglés, el recuerdo del hermano fallecido, etc.) invitan a pensar que tal colección de miedos pueda resultar tan femenina como íntima. “Toda escritura nace de alguna forma de ansiedad” –acepta–. “Pero no hablaría de coincidencias. Lo que pasa es que no me censuré nada. Hay similitudes... Si trato las relaciones anglo-norteamericanas es por algo. Pero en la novela uno escribe lo que quiere y no le da más vueltas, no hay códigos. Así que son temas que me preocuparon durante la redacción del libro, pero no es que esté obsesionada con el envejecimiento”. A lo que Amis añade: “Ni por un momento pensé que ella fuera Jean y yo Mark”. A lo que Fonseca tercia: “Cuando fabulas, todo aquello que se encuentre demasiado cerca de la realidad nacerá muerto. Claro que tomas elementos de tu propia vida, ¿de dónde los vas a tomar si no?”. A lo que Amis cita: “Roth dijo que uno no miente sobre las cosas que le han pasado, sino sobre las cosas que no le han pasado”. Batería de respuestas que abortan la espinosa cuestión sobre la frontera de lo biográfico y la consiguiente sombra de infidelidad que Vínculo arroja sobre la pareja; cuestión, en cualquier caso, que servidor no tenía la menor prisa en abordar pero que más de uno zanjará con el inevitable “Eppur si muove”.

En este punto, el psicólogo que uno lleva dentro vuelve a hacer de las suyas. Durante los últimos cinco años, puntuado por La casa de los encuentros y una segunda obra de teatro (“Es molestamente prolífico” –lo piropea a medias Fonseca–), Amis se ha servido de sus propias memorias eróticas para redactar The Pregnant Widow. Y tal volver la vista atrás es la única forma de “infidelidad” que ahora mismo podemos asociar a un escritor que en lo físico se nos ha antojado sorprendentemente frágil, obsesionado con sus lecturas y su trabajo antes que con cualquier otro aspecto del mundo físico.

La viuda embarazada” –traduce él mismo al castellano– “trata la revolución sexual y está ambientada básicamente en los años 1970, cuando, según la ideología igualitaria, no debía haber diferencias entre hombres y mujeres, de modo que las chicas comenzaron a actuar como chicos y los chicos siguieron siendo lo que eran”. Pero, si de diferencias entre géneros hay que hablar, ningún tema mejor que el de la pornografía, que Amis abordó con ojo clínico en el ensayo Pornoland y que juega también un papel primordial en el Vínculo de Fonseca. La mención al mundo de los penes descomunales y los pubis depilados alumbra, en efecto, un animado debate en la pareja.

Debate pornográfico
F: Pensaba que sabía algo sobre pornografía, pero en realidad no le había prestado demasiada atención. Lo cual en el fondo resulta de lo más apropiado para un personaje tan inocente como Jean, que, al hacerse mayor, se siente amenazada por la representación gráfica de otra mujer. A las mujeres no les interesa la pornografía, prefieren las palabras a las imágenes, aunque quizá eso esté dejando de ser cierto. Creo que todos pertenecemos a la misma cultura, especialmente las mujeres jóvenes. Es una cultura a la que no pueden escapar, se encuentra por todas partes.
A: La pornografía es una forma de misoginia. Quizá cada vez la rechacen menos, pero para las mujeres desligar la sexualidad de la emoción es algo tremendamente ofensivo. Y hoy día es el modo en que todo el mundo recibe su educación sexual; no diseccionando una rana o hablando con los padres, sino a través de estos actos tan ordinarios…
F: Actos atléticos…
A: Propios de gladiadores. (Ambos se ríen) Y tan carentes de sentido del humor.
F: Ésa es la gran diferencia respecto a la vida real, en la que tenemos que atravesar una serie de experiencias sexuales terribles en nuestro camino hacia la madurez. No hay humor en la pornografía. Da risa lo poco divertida que es. Y eso transmite una información muy extraña a los jóvenes, desliga el sexo de todas sus torpezas y desastres y humillaciones. Resulta mucho más relajante saber que todos hemos pasado por lo mismo. Pero de ahí a que sea misógina, no sé…
A: Entonces, ¿por qué todos los actos sexuales acaban con el hombre corriéndose en la cara de la mujer? Es lo que la industria llama el “Money shot” (“la corrida/toma del dinero”). Y todas las mujeres lo odian.
F: ¿A todos los hombres les gusta eso?
A: (Duda) Bueno, es lo que quieren ver. Mi amigo Christopher Hitchens dice que, en un momento en que el romance ha muerto, en que la caballerosidad ha desaparecido, en que las emociones están cada vez menos presentes en el mundo que nos rodea, uno puede animarse entrando en fuckedupfacials.com, donde los penes actúan como mangueras antidisturbios.
F: Pero eso no tiene nada que ver con la vida real. Tengo la intuición de que eso es lo que la gente mira, pero no lo que hace. Aunque las chicas jóvenes imitan cada vez más la pornografía. Las ves luciendo tops de Playboy y piensas que hemos perdido la batalla. Parece una broma, una gran broma. Aunque desde luego no lo es y, como madre de dos niñas, no puedo dejar de odiarlo. Un personaje de una novela de Zoë Heller se pregunta por qué las mujeres han de tomarse el sexo de forma tan personal. Ésa es la gran diferencia: para las mujeres es algo personal.

Terapia matrimonial
Ahí está. Se pega todo menos la guapura y Fonseca se ha contagiado; ha caído en el abismo de la referencia literaria. Es, precisamente, otro de los puntos en común entre El segundo avión y Vínculo: ambos libros tienden a citar los versos de Philip Larkin. Confluencia que da pie a un último y animado diálogo sobre la convivencia entre un escritor, una escritora y los egos de ambos.

A: Mi padre era escritor. Mi madrastra era escritora. Sería raro no tener escritores en casa… Con mi padre no hubo problema. O quizá un poco, pero sólo para él. Tenía una personalidad voraz. Una vez, nada más entrar a un restaurante, le dijo al camarero: “Quiero mucho más de lo que me toca antes de que nadie en esta sala haya recibido el primero de sus platos”…
F: Pero era su tipo de humor. Kingsley era un hombre encantador...
A: El caso es que me encantaría que a Isabel le dieran el Premio Nobel y que venda más libros que J.K. Rowling.
F: Eso seguramente no te importaría… Es una cuestión razonable. No me molesta que me pregunten qué se siente al estar casada con él. No soy una mujer competitiva y el deporte se me da fatal. Lo bueno, como se ha podido comprobar con el tema de la “illusion” y el “dilusion”, es que tienes una gran fuente de recursos en casa. Pero lo más importante es que éste es un oficio extraño y resulta conveniente vivir con alguien que lo entiende, que sabe que no hay vacaciones y que siempre estás con el libro encima. Por otro lado me suele robar los chistes y, con su ritmo de publicación, cuando quiero protestar ya están impresos. Ah, esto ha sido como una sesión de terapia, gracias por tu asesoramiento…

En efecto, los cuarenta minutos pactados para la entrevista han llegado a su fin. Toca que el fotógrafo tome cámaras en el asunto y descubra, mientras charla distraídamente para entretener a sus modelos, que la casa rosa donde él mismo se crió, al otro lado de la calle, ha tenido también como inquilinos a Zoë Heller y al actual alcalde de Londres, Boris Johnson. Tras la revelación, Fonseca vuelve a posar con gesto estoico. Amis, razonablemente distendido unos minutos antes, luce ahora una cara de póquer que se va torciendo camino de la impaciencia y, quizá, el mal humor. El estudio de la primera planta lo reclama. Al día siguiente parte hacia Canadá. Una semana de clases para, a continuación, encontrarse con su familia en Long Island, donde pasarán las vacaciones. Y, en septiembre, ambos visitarán España para promocionar sus respectivos libros. Tras la (breve) sesión de fotos, el escritor se escabulle aliviado, no sin antes mandarle un beso con la mano a su esposa y enarcar las cejas como quien dice: “ya sabes, el trabajo me reclama ahí arriba, no esperes despierta”.

(Esta entrevista ha aparecido en el número de septiembre de Qué Leer)

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