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sábado, julio 26, 2014

Aquí, un amigo

Te sueltan en una habitación extraña con un montón de críos a los que tampoco conoces, sus narices tan húmedas como la tuya, sus miradas tan inseguras como la tuya, sus zapatos tan desatados como los tuyos. Algunos aprietan los puños con ánimo de ejercer la defensa del ataque mientras otros comprenden con rapidez que el primero que establezca una alianza difícilmente acabará quedándose solo, al margen de todo grupo. Y sí, con el paso de los días, con el paso de los meses, con el paso de los cursos se desarrollan afinidades, simpatías, confluencias. Pero, en general, las dos o tres o cuatro amistades que de verdad te llevas de la escuela se basan en esa sensación de supervivencia, tienen sus cimientos firmemente anclados en el recuerdo de la jungla, siempre conjugarán una mezcla de alivio y estrés postraumático, amén de invocar la experiencia compartida a través de los ritos de iniciación propios de las primeras dos décadas de vida. 

En los viejos retratos escolares, nos reconocemos como veteranos de nosotros mismos. 

A la vez, debo señalar que me considero un tipo afortunado. Porque varias de esas amistades “de toda la vida”, pese a los silencios, pese a las distancias, pese a las obligaciones de la existencia adulta, permanecen ahí, haciendo honor a su nombre y a su ambicioso carácter cronológico. Y una de ellas, concretamente, regresó tras varios años de separación para esgrimir lo mejor de ambas opciones. 

Porque, en efecto, hay una segunda posibilidad. Notablemente más extraña, además. Que bebe también de la coincidencia, no necesariamente espacial y cronológica, pero sí me atrevería a decir que electiva e incluso espiritual.

De mi paso inicial por la universidad, tierra de nadie entre la arbitrariedad de las aulas primeras y las muy puntuales casualidades posteriores, me llevé a otro buen amigo. 

Y, mientras mis voluntades comenzaban a desplegarse, se abrían paso con mayor o menor fortuna, negociaban con el mundo en lo que inevitablemente parecía una flagrante inferioridad de condiciones, fui a dar con mis escritos musicales a un domicilio de la Plaça de les Glòries barcelonesa, donde los colaboradores de la revista Rocks Musiczine nos congregábamos –¿cada mes? ¿cada quince días?– para repartir los discos a comentar en el número siguiente. Y la nómina de periodistas en ciernes allí reunida bien merecería otro escrito, quizá incluso un sobrenombre generacional del tipo “Rocks Pack”. Pero todo ello, esta larga introducción viene a que, tras uno de esos encuentros, caminando en grupo de regreso al metro de Plaça Catalunya, comencé a ser consciente de una complicidad especial. 

Han transcurrido dieciséis, quizá diecisiete años desde entonces. Un período tan respetable como extraño para quien acaba de saltar la barrera de los cuarenta y no tiene aún demasiado claro dónde va a caer (o sí: de ahí, precisamente, la molesta ausencia de vértigo). Sobre todo, una fase en pleno desarrollo hasta que ayer Octavio Botana me invitó a detenerme, a ponerla en números y a considerarla detenidamente al colocar ante mis narices un scrapbook de homenaje cumpleañero. 

Repasándolo, recorriéndolo, rememorándolo, he vuelto a jugar esos partidos de fútbol, he vuelto a compartir esas sesiones DJ, he vuelto a bailar en los Nasty Mondays, he vuelto a organizar una multitudinaria fiesta okupa de treinta aniversario, he vuelto a tocar la guitarra para su voz de Cash mientras celebrábamos la publicación de mi primera novela adulta, he vuelto a pasar las páginas del manuscrito de su ópera prima... He vuelto, en definitiva, a transitar esos encuentros y esas presentaciones de nuevos amigos o parejas y, particularmente, esas ocasiones recurrentes en las que el uno contó algo y el otro levantó las cejas y exclamó sorprendido: “¿Tú también?”. A la vez, y ahí radica la magnitud del asunto, soy consciente de que tanto a su scrapbook como a mi memoria de las últimas veinticuatro horas no dejan de escapar numerosos encuentros y numerosas presentaciones y numerosos alzamientos de cejas. 

Vayan por todos ellos, pasados pero también futuros, estas palabras. Lo he comentado antes: me considero un tipo afortunado. Pero el ya famoso y dichoso scrapbook me recuerda que uno no puede permitir que ese tipo de reconocimientos habiten únicamente el interior de su torpe y alopécica cabezota. Así que, de corazón: un honor y gracias por todo, man, sencilla y gloriosamente. 


martes, noviembre 12, 2013

Donde intento despedirme y no acabo de conseguirlo


Me siento, ahora mismo, afortunado. Condenado al fracaso, también, pues un puñado de palabras jamás alcanzarán a abarcar cuarenta años en el tiempo y centenares de episodios en la memoria, muchos de ellos tremendamente significativos, emotivos, imprescindibles para explicar lo que soy en particular y el ser general de los míos. Pero sí, es una de las virtudes del hacerse mayor, esa perspectiva, la mirada que duele menos cuanto más alejada del suelo se presenta.

Como pre-adolescente necesitado de raíces que fui, como tipo extremadamente apegado a todo lo que le rodeaba por miedo a que se lo arrebataran (alguien, la vida, qué sé yo…), como sujeto afectado por el síndrome del paraíso perdido ante la más ridícula canica que escapara de mí para hacerse fuerte bajo un sofá, padecí durante una época, y las padecí bastante, cualquier noticia que apuntara a la posibilidad de que, por motivos económicos, tuviéramos que dejar el piso “en que nací” (vine al mundo en una clínica a diez calles de distancia, pero ya me entienden). Más adelante, como adolescente no necesariamente conflictivo, sufrí también sobremanera que las desavenencias con mi padrastro me obligaran a abandonarlo. Y volvió a clavárseme su ausencia cuando, recién ingresado en la veintena, decidí irme a vivir al extranjero. Y cuando, fracasado ese primer proyecto vital, regresé… para verme exiliado una vez más.

Hoy, esta noche, la última que mi madre pasa en el apartamento familiar, cuarenta años y tres semanas después de pisarlo por vez primera, constato en cambio que capeamos la duda económica, que mi padrastro estuvo pero también dejó de estar, que me fui pero siempre acabé volviendo… y, como decía, me siento afortunado. Porque todas aquellas ocasiones en que creí hallarme a centímetros de perder ese asidero, bueno, no fue así. Y acabó resultando todo lo contrario: en cuanto escenario de las reuniones familiares grandes y medianas y pequeñas, el piso fue creciendo en memorias y episodios y personajes. ¿Quién me iba a decir que allí celebraría la recepción posterior a mi boda civil? ¿O que, treinta años después de aquellas tardes de verano en que mis hermanos y yo nos dábamos manguerazos terraza arriba y terraza abajo, iba a hacer lo propio con mis sobrinas, menores aún que nosotros en aquella época?

La melancolía me impide, desde luego, afirmar que el ático del número 11 de la calle Demestre, que mis padres alquilaron mucho antes de que la zona fuera lo que es hoy, cuando el boquete de un edificio emprendido pero nunca realizado más allá de algunos cimientos se abría ante nosotros (y engullía constantemente nuestros balones), no puedo afirmar, decía, que ese ático y esa dirección representen un espacio que perderá su valor sentimental en cuanto mi madre cierre su puerta de entrada para no volver más. Pero, tal y como hay quien se siente en casa allí donde cuelga su sombrero, sé perfectamente que, de aquí en adelante, me sentiré en la casa familiar allí donde los míos tengan a bien reunirse (quizá, de hecho, haya llegado el momento de que lo hagan más a menudo aquí, entre las paredes que me rodean mientras escribo). Y, por más que estas palabras fracasen por escasas y tibias, no lo hacen las memorias que se agolpan en mi cabeza. Este adiós que intento esbozar… qué fortuna lo tarde, hinchado y sereno que llega.

jueves, agosto 01, 2013

Cerrado por vacaciones



Si no pasa nada raro, este blog volverá a abrir sus puertas el próximo 1 de septiembre. ¡Feliz verano a todos!

viernes, marzo 08, 2013

From the Vaults of Qué Leer

Ya lo saben ustedes: en cuanto redactor jefe de Qué Leer, su ladrador crepuscular es bipolar en lo que a bitácoras se refiere. A continuación, un nuevo recuento de las piezas que recientemente he publicado en el blog de la revista:

* De Croacia como ente secuestrado por la mafia y los criminales de guerra, atravesado a su vez por un paquidermo: una crítica de Soñé con elefantes (Sajalín) de Ivica Djikic (aquí).
* ¿Saben aquel del escritor alemán que remeda a un colega suizo? Una crítica de Accidente (Errata Naturae), de Max Frisch y Uwe Johnson (aquí).
* El Gran Apocalipsis como metáfora de nuestros "pequeños" apocalipsis cotidianos: una crítica de Últimos días en el Puesto del Este (Salto de Página) de Cristina Fallarás (aquí).
* La pasión de Ignacio del Valle, un tipo muy profesional, por James Salter, un tipo que solía volar, podría valer un Príncipe de Asturias (aquí).
* Gracias a su Pose (La Uña Rota) entendemos un poco más a Alberto Olmos. A su vez, hacemos un poco de historia porque nosotros también deseamos ser comprendidos (aquí).
* Ulrich Beck le toma el pulso a Una Europa alemana (Paidós) y un servidor se lo toma a él (aquí).
* Se pueden decir muchas cosas del panorama editorial español. Entre ellas, este post acerca de un mini-Delibes y una maxi-Moss.
* Stephenie Meyer no está, Stephenie Meyer... ¿se fue? (aquí)
* Es posible que Philip Roth haya dejado la escritura (que no, no exactamente, pero bueno). Lo que no podemos hacer nosotros, desde luego, es dejar de leer a Philip Roth (aquí).

martes, enero 08, 2013

My Own Private Musical 2012



1) Bitter Drink, Bitter Moon de Murder By Death
2) Handwritten de The Gaslight Anthem
3) Port of Morrow de The Shins
4) Scorpion de Will Johnson 
5) Wrecking Ball de Bruce Springsteen
6) Blues Funeral de Mark Lanegan Band
7) Burn. Flicker. Die de American Aquarium
8) Born to Die de Lana del Rey
9) Psychedelic Pill de Neil Young and Crazy Horse
10) Mirage Rock de Band of Horses
11) Leaving All Behind de Partido
12) King Animal de Soundgarden 
13) Something de Chairlift
14) The 2nd Law de Muse

lunes, noviembre 19, 2012

Un sueño, cinco apostillas

Bajo por la calle Major de Sarrià (1) y me detengo ante una panadería que hay a mano derecha (2). La persiana se encuentra a medio bajar, pero veo que están aún atendiendo a gente así que me agacho y entro. Las paredes son blancas, los muebles son blancos, incluso la luz tiende al blanco (3). Cuando llega mi turno, señalo una de las pastas en exposición, una especie de coca de brioche, y pregunto si la tienen con pera por encima. En ese momento, la dependienta me señala asustada. Bajo la mirada y veo que mi camisa blanca luce un tremendo manchurrón de sangre en la zona del esternón y que el líquido está incluso goteando al suelo. "Me han disparado", pienso, y miro hacia la calle vacía buscando la procedencia de la bala. Al levantar la tela, no obstante, constato que se trata de una herida superficial, absurdamente aparatosa. Aún así me echo atrás, me apoyo contra la pared y me deslizo hasta sentarme en el suelo, ligeramente mareado. Nadie viene a socorrerme, pero eso no me produce la menor angustia. Por el contrario, ante la alarma del niño de 7 u 8 años que esperaba turno junto a su madre (ella queda en un segundo plano, borrosa, imposible determinar sus rasgos), me pongo a bromear, le digo que no tiene por qué asustarse, que todo está bien (4). Despierto (y 5).

(1) Uno de los escenarios recurrentes de mi infancia. Vivía a cinco minutos y bajaba por ella a diario cuando regresaba de la escuela. Últimamente forma parte también de mis recorridos de footing.
(2) Lo comprobé anteayer: ese local exacto está ocupado a día de hoy por una sucursal del BBVA. No me consta que haya sido jamás una panadería.
(3) Como si de un hospital se tratara, sí.
(4) Hace algunos días, en un muro facebookiano ajeno, comenté que, caso de regresar al pasado y encontrarme con mi yo de 10 años de edad, le diría aquello de que todo irá bien, y añadía: "No porque sea cierto necesariamente (que tampoco me quejo), sino porque no he encontrado mejor cosa que pensar en la vida y me ahorraría muchas ansias".
(5) La tarde anterior a este sueño leí los últimos dos capítulos de Mortalidad (Debate), recopilación de los artículos donde Christopher Hitchens contó para Vanity Fair su año y pico como enfermo del cáncer que al final se lo llevó a la tumba. Tras mucho pensarlo, intuyo que el niño de la panadería es mi yo emocional tal y como el protagonista era mi yo intelectual (o quizá hedonista: los placeres de la comida y tal), y que el segundo, tras un momento de pánico inicial, aceptaba el fin de las cosas (quizá incluso de la vida) e intentaba hacérselo más llevadero al primero.