domingo, agosto 30, 2009

Una trilogía del Mal - Apostilla a Alvy

En respuesta a dos posts del amigo Alvy Singer (éste y éste), referidos ambos a la Trilogía del Mal de Ricardo Menéndez Salmón (la que integran La ofensa, Derrumbe y El corrector, obras publicadas todas ellas por Seix Barral), se me ocurren un par de breves reflexiones.

1) Ante todo, quizá se incide demasiado poco en la formación filosófica del escritor asturiano. Tanto en su sentido de lo trágico en general como en su uso particular de ciertas imágenes que, más que mccarthyanas, calificaría de nietzscheanas. Sucede que Nietzsche ha sido asumido por el imaginario colectivo como personaje literario. Y Menéndez Salmón es un autor del todo contemporáneo con el que, por decir algo, podemos compartir unas cañas en una terraza sevillana durante un congreso de "jóvenes escritores". De ahí la sensación de anacronismo, que no pocas veces ha sido catalogada de "afectación".

2) La Trilogía del Mal es una obra de símbolos -no se puede abordar de otro modo, cuando menos desde la narrativa de ficción, un concepto tan absoluto-. Celebramos su ambición, pero no podemos dejar de reconocer que la cosa funciona mejor desde lo tangencial que cuando se zambulle de lleno en el asunto.
La ofensa, el más acertado título de los tres, obra que Alvy califica como "per-fec-ta", reproduce el horror nazi a partir de un único suceso, la quema de una iglesia llena de gente, y con gran inteligencia le añade un efecto espiral en la psicología del protagonista (testigo en lo moral pero ejecutor en lo estético), con una última parte ambientada en Londres que, entre ecos de David Lynch, nos transmite el horror conradiano a la par que nos permite amplificar la tragedia gracias a la perspectiva y distancia cronológica que de ella nos separa.
Derrumbe, por el contrario, da voz de primera persona a todo un asesino en serie; un personaje que, carente del sentido del absurdo que redimía a Patrick Bateman, arrastra consigo a los demás protagonistas por una senda difícilmente transitable: de lo que no es no se puede hablar, dijo Wittgenstein, y el Mal Absoluto difícilmente nos resultará comprensible como entidad (sí como atmósfera; de ahí que la novela crezca en su segunda parte, con ese atentado que anticipa el tercer título de la serie).
El corrector, término medio entre las dos obras precedentes, regresa a lo tangencial a través del carácter testimonial de su protagonista y el tono doméstico de la narración. El Mal es lo que se cuela en nuestras casas a través de las noticias para envenenar nuestra existencia: el demonio que nos convierte en endemoniados. De nuevo la reacción particular permite que amplifiquemos el desastre colectivo. Y, una vez más, la propuesta cojea cuando recurre a una voz empantanada en el 11-M, la del amigo a cuyo dolor extremo el corrector del título no hace más que contestar con sus propias disquisiciones filosóficas: error de humanidad que define un fin de saga tan interesante como imperfecto.

Falling in Love is Hard on the Knees (42)


The Fixer, por Pearl Jam. Dirige Cameron Crowe. Lo cual, hoy día, significa más bien poco. Pero cualquier nueva pieza de Eddie Vedder y compañía es motivo de celebración en Can Ladrador Crepuscular.

miércoles, agosto 26, 2009

Viajar, comprar, leer...

Al precio que va la vida sueca, no es que uno pueda elevarse gran cosa a lomos de un billete de veinte coronas. Pero encontrar en él a Selma Lagerlöf, madre literaria de ese Nils Holgersson cuyas peripecias tanto disfruté en su día (aquí cabe confesar que llegué al libro de mano de la serie animada de televisión), me alegró notablemente el desembolso...

lunes, agosto 24, 2009

My Own Private Top-5 Stockholm Sites

5) Norr Malarstrand - Esta suerte de paseíto marítimo en la parte baja de Kungsholmen comienza abierto al baño y termina en la Stadshuset. Si uno se olvida de los mosquitos, resulta ideal para cualquier atardecer que se las dé de entrañable.
4) Vasamuseet - Un museo para un barco, un barco para un museo... En 1628, el flamante Vasa se hundió tras una travesía de trescientos metros, palmo más palmo menos. Redescubierto tres siglos después, fue devuelto a la superficie, secado (durante nueve largos años, con cañones de aire caliente), reconstruido y, por fin, exhibido. No hace falta ser gran fan de las aventuras marítimas: su tamaño y majestuosidad imponen (impresión que las exposiciones sobre la vida marinera de la época no hacen más que confirmar).
3) Vasterbron - El puente que cruza de Södermalm a Marieberg (o viceversa), pasando por encima de Langholmen, invita al éxtasis con sus vistas, su altura y los vientos que lo azotan (Note to self: Repetir el trayecto en invierno para recuperar el sentido de la helada maravilla que sin duda debieron de experimentar los primeros exploradores del Polo Norte).
2) Djurgarden - Suena a versión inglesa de "tu jardín" y verde no le falta, pero harían falta un porrón de coronas suecas para hacer el posesivo realidad. Este inmenso parque natural, que no obstante forma parte de la ciudad, fue sede de las casas de verano de la alta burguesía (en la actualidad más repartida por el archipiélago) pero permite a los ciudadanos lumpen unos largos y bucólicos paseos en bicicleta junto al mar o campo a través.
1) Langholmen - La presencia de dos simpáticos centros penitenciarios logró que esta islita a tiro de albóndiga de Södermalm no fuera urbanizada. Las prisiones son a día de hoy museos y el resto, un hermoso bosquecillo con un hotelito de tres estrellas donde no nos importaría ladrar crepuscularmente algun día.

domingo, agosto 23, 2009

Estampitas para disimular que nos hemos ido de vacaciones (y 14)

(Ninguna de las últimas catorce fotografías ha sido obra de este ladrador crepuscular, recopilador cibernético cuya compulsión le impidió referenciarlas debidamente en su día y, por tanto, dar cuenta del nombre de cada uno de sus autores durante la presentación de esta serie. Con suerte, el verano que viene no caeremos en la misma trampa...)