martes, abril 12, 2005

DEP

Pasado, presente y futuro. A menudo tan consensuada y cronológica ordenación se revela errada. Hay quien vive pensando únicamente en el tercer elemento, tal y como el primero es capaz de regresar con sorprendente violencia e inundar el segundo, aquel al que conferíamos carácter de realidad y al que, por tanto, creíamos poder aferrarnos en caso de emergencia. Los años de escuela constituyen un magma disperso, una base llena de fisuras sobre la que, no obstante, se asienta gran parte de lo que somos. Podemos haber odiado, haber permanecido indiferentes o haber tenido en alta estima a los encargados de nuestra formación, pero desde luego no estamos en condiciones de renunciar a la impronta que en nosotros dejaron. Sirvan estas líneas para reconocer la decisiva influencia que sobre un servidor tuvo Joan Brescó.
Quizá demasiado pronto descansa, pero hágalo en paz.


PD: Debía ser sexto o séptimo de EGB. Jugábamos a fútbol durante el recreo de la tarde y yo, como de costumbre, revoloteaba cual buitre sobre el área rival a la caza de alguna asistencia perdida. En eso el equipo contrario inició un rápido contraataque y un servidor, solidario como pocos, corrió cual poseso tras la pelota. Alguien llegó hasta la línea de fondo y sacó un pase de la muerte a la frontal del área. Justo por donde llegaba yo en estampida para asistir a la defensa. Tenía una sola opción, el gol prácticamente se mascaba. Me lancé con el pie izquierdo por delante. Impacté el balón. Lo introduje por toda la escuadra de mi propia portería. Brescó, que vigilaba aquel patio y sin duda había llegado tarde a la jugada (o por lo menos ignoraba quién integraba qué equipo) estalló en aplausos: "¡Vaya golazo, Milo, vaya golazo!" Aunque la ausencia de celebración por mi parte le debió hacer intuir que las cosas no eran tan simples como pintaban. No suelen serlo, ¿verdad?

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