sábado, abril 30, 2005
Jammin'
Un hombre sabio
miércoles, abril 27, 2005
Ha vuelto...
Take your wings outside, you can't fly in here
Besides, a purple sky is better soaring for you my angel
You're an angel, you little devil
As for me I'll stay inside
I'll be just fine and I'll watch from the window.
Sir Gawain y la mujer lapidada
Cuentan que sucedió en Camelot, en tiempos remotos, se ha perdido ya la cuenta de los días transcurridos desde aquel envite: un inmenso Caballero Verde se presentó en la corte de Arturo buscando quien le golpeara con un hacha. Claro que, pasados doce meses y un día, el voluntario habría de prestarse a ser pagado con la misma moneda. Avergonzado por el silencio de sus muchachos, el monarca dio un paso al frente. Y a punto estaba de aceptar el reto cuando Sir Gawain interpuso estas palabras:
Would you grant me the grace,
To be gone from this bench and stand by you there,
If I without discourtesy might quit this board...
I am the weakest, well I know, and of wit feeblest;
And the loss of my life would be least of any;
That I have you for uncle is my only praise;
My body, but for your blood, is barren of worth;
And for that this folly befits not a king,
And 'tis I that have asked it, it ought to be mine,
And if my claim be not comely let all this court judge, in sight.(*)
Long story short: Gawain golpeó al verde intruso y durante cerca de doce meses pasó por ser el más noble y valeroso de entre los que se sentaban a la Mesa Redonda. Cuando se acercaba la fecha acordada, el caballero partió al castillo del rey Bertilak. Y allí, acosado durante tres noches por la reina, vio puestos a prueba su honor y la lealtad que debía a su anfitrión. Gawain supo capear la tentación pero no así el miedo a la muerte, pues acabó aceptando de la mujer un cinto de seda verde dotado con la mágica propiedad de proteger la vida a su portador. Camino de la Capilla Verde, Gawain renunció a la última posibilidad de escape que le ofrecía un sirviente. Y, una vez ante su antagonista, descubrió que éste no era otro que Bertilak, orquestador asimismo de todas las pruebas a las que había sido expuesto durante los últimos días. Gawain se supo entonces un mal caballero, pues había mentido por omisión sobre el regalo de la dama del castillo. A causa de aquella afrenta recibió un corte en el cuello. Y el cinto verde le sirvió desde entonces para cubrir la cicatriz resultante.
Pongámonos moralistas, cuando menos en el mejor de los sentidos... Tienen las responsabilidades mal imponer. Ni el más valeroso caballero se encuentra en condiciones de lanzar la primera piedra. Pero cuán honesto y glorioso aceptar las propias culpas y obrar en consecuencia. Eran otros tiempos, sin duda.
(*) Dadme licencia, mi noble señor, para abandonar mi asiento y acercarme a vos, a fin de que pueda dejar la mesa sin caer en gran descortesía… Yo soy el más débil, lo sé; y el menos asistido de sabiduría. En cuanto a mi vida, si la pierdo, será la menos lamentada. Mi único honor está en teneros por tío, y ningún mérito hay en toda mi persona salvo vuestra sangre. Y puesto que este lance es demasiado insensato para que recaiga en vos, y soy yo el primero en solicitarlo, os ruego que me lo concedáis a mí; pero si juzgáis que mi petición no es justa y correcta, dejad que opine esta corte.
martes, abril 26, 2005
The End of Silence?
viernes, abril 22, 2005
jueves, abril 21, 2005
Un Papa llamado Joe
Aunque en su momento critiqué el bombardeo informativo a vueltas con la muerte de Karol Wojtyla, creo justo reconocer la interesante contribución que las últimas dos vaticanas semanas han aportado al vocabulario popular. Espléndido, en ese sentido, el sketch del programa de Andreu Buenafuente ayer noche: un papable derrotado ofrecía una rueda de prensa en la que sostenía que “en el Vaticano no hay rival pequeño. Yo he sudado la casulla pero no ha podido ser. Ya sabéis que no me gusta opinar sobre los camarlengos, pero los he visto mejores en tercera división…”. Casullas, camarlengos, fumatas negras y blancas… ¡Si hasta los hay que se han dado al latinajo con devoción de converso! Y, por si fuera poco, el asunto de la transición papal ha permitido recolocar a varios ex ministros del PP en un puesto muy acorde a sus condiciones: el de tertuliano tan ultrarreligioso como viperino.
martes, abril 19, 2005
El circo de los pianistas felices
Tras asistir recientemente a un pase de Closer, el amigo D.R. me llamó entusiasmado: “¡Por fin podemos erotizarnos con Natalie Portman sabiendo que nuestros instintos no nos llevarían a la cárcel!”. El comentario, claro está, venía a cuento de aquellos años en que películas como la citada BG o Léon, el profesional convirtieron a la actriz en la Lolita más deseada del globo. Natalie Portman ha crecido. Pero difiero de mi amigo: uno ve BG y vuelve a ser víctima de esa jovencita de 13 primaveras que menta con cándida soltura a Hamlet y que promete un lustro de fidelidad al pianista melancólico-treintañero interpretado por Timothy Hutton. Uno ve BG y de nuevo le asalta la duda: ¿caemos de cuatro patas en la fantasía adolescente o ingresamos en la madurez casándonos con esa aseada abogada neoyorquina con sonrisa Profidén? El personaje de Hutton responde por nosotros, pero su expresión satisfecha no nos conduce a engaño: difícilmente sus pasos acabarán en el circo, hábitat natural de los tocateclas felices.
Momento en que Zach Braff le da al “stop” y se lanza a rellenar cuartillas con lo que habrá de convertirse en Garden State.
Las constantes: el joven conflictuado que abandona la gran ciudad para regresar a su pueblo natal, la ausencia de la madre, la incomunicación con el padre, el gesto pendenciero de los amigos que quedaron atrás y, de repente, Natalie Portman. Igual de verborreica, igual de encantadora. Solo que, aquí, mayor de edad. Y con el añadido realista de algún desajuste psicológico, que no hay hijo de vecino que salga incólume de la adolescencia. Braff, el Braff de celuloide, no presenta mayor compromiso que aquel que le une a una más que dudosa carrera como actor. Elegir a Portman en detrimento de su existencia urbana es renunciar a la fantasía, pero también optar por la magia. Sin la amenaza de ir a la cárcel por ello.
Garden State no es Beautiful Girls. The Shins no son The Afghan Whigs. Ian Holm y Peter Sarsgaard suman enteros, desde luego, pero no hay lugar a engaño. Demme entra en cabeza, con un cuerpo de ventaja. Y, por su parte, al joven y noble Braff le agradeceremos eternamente el voluntarioso homenaje.
¿Y si las cosas no fueran como son?
Solo que a veces no basta.
De otro modo no me hallaría aquí, a las dos de la mañana, con media botella de vino en el estómago y otra media, expectante, frente al ratón.
(Es vino malo, tampoco sube gran cosa.)
El caso es que hace cinco minutos estaba en la cama, dando vueltas. Pensando que me he cansado de escribir sobre las ausencias y los vacíos, sobre las culpas y los incumplimientos.
Pensando que me he cansado de camuflar esas ausencias y esos vacíos, esas culpas y esos incumplimientos.
Sonam Gyarma ha muerto, ¿lo sabíais? Encontraron su cuerpo despeñado, al pie de una montaña tibetana cuyo nombre no acierto a recordar. Sheslia no se encontraba a su lado: bien por ella.
Y entonces se me ha ocurrido.
¿Dónde si no iba a hallar debida salida a mis sentimientos?
Cuatro meses después, creo que éste es el único refugio que me queda.
Bienvenidos a Perfection, población 2 habitantes.
Él, nuestro héroe, no sentía ya culpa ninguna hacia aquella a la que había dejado de amar. Tampoco ante la posibilidad de haber fallado o de estar fallando a los suyos. Él, nuestro héroe, había extraviado por el camino el aspecto dictatorial de su superego. Era un espíritu nietzscheano sin las ansias de destrucción. Era un cuerpo materialista que jamás había oído hablar de la exquisitez de las ideas platónicas. La suya era una razón pura, lanzada al corazón de los días y protegida, en consecuencia, de todo viaje al fin de la noche. Sus pensamientos jamás danzaban sobre los fragmentos de cuanto había dicho o hecho. Su memoria no era una trampa. Confiar en el mañana poco tenía de ilusión. Un ser en paz con su estar: casi nada.
Echémosle un vistazo ahora a ella, nuestra heroína. Lo que ansiaba, oh, sin duda era él. Lo que necesitaba, desde luego era él. El tempo de su encuentro había sido medido espléndidamente: ¡grazie, Maestro! Cuántos desencuentros había evitado esta hábil dirección de actores (actrices, actriz). Cada pequeño esfuerzo se traducía en una inmensa recompensa. Las situaciones se habían dado, los hechos se sucedían. Nadie se había visto abocado a los laberintos de una solitaria noche en vela, todos esos callejones sin salida que a veces dibuja el ir y venir sobre una sábana.
Él, nuestro héroe, se plantó frente a la casa de ella, nuestra heroína, a una hora que desafiaba toda razón o lógica.
(A su favor diremos que era víspera de festivo.)
Ella, nuestra heroína, según lo pactado minutos antes por teléfono, bajó a su encuentro.
Él, nuestro héroe, la miró a los ojos sintiéndose un Madelman. ¿O era un gentleman? En realidad, maldita la falta que le hacía pensar en tales símiles.
Ella, nuestra heroína, le miró a los ojos sin comprender, por más que lentamente comprendía.
-¿Qué haces aquí? –quiso saber.
-Necesitaba verte.
-No creo que lo necesitaras de veras.
-Es posible que no. Hubiera seguido respirando. La sangre hubiera seguido corriendo por mis venas. Deseaba verte.
-No lo entiendo.
-No hay nada que entender.
-Apenas me conoces.
-...
(Él, nuestro héroe, sabía desconfiar de tales calibraciones gnósticas).
-¿Qué es lo que quieres?
-Un beso.
-¿Un beso?
(Ella, nuestra heroína, sabía enrojecer según dictan los cánones.)
-No. Quizá más de uno. Varios besos. Muchos. Alguna que otra caricia y toda tu piel y su reverso cuando sea posible. Y cuantas palabras quieras decirme. Abrazos los que consideres necesarios, no les he hecho nunca ascos. Y compañía, tu compañía, porque en verdad la disfruto. Y dormir a tu lado y despertarte con un mordisco en el hombro. Esas cosas. Pero no tengo prisa. Que se vayan dando. Lo del beso era por resumir.
-Me confundes.
-Pues dejémoslo en un beso. Dame un beso y tiremos de él, a ver qué sale.
-No puedo creer que...
-Shhhhh...
(Él, nuestro héroe, había visto muchas películas. Incluso había leído algunos libros.)
El dedo que él había colocado sobre sus labios, los de ella, nuestra heroína, fue apartándose lentamente. No hubo espacio para la duda en sus acciones. No hubo un triste “y si...” con que alimentar históricas inseguridades. Sus labios, los de él, nuestro héroe, cruzaron el espacio que separaba sus rostros con extrema lentitud. Ella, nuestra heroína, deseaba correr, pero deseaba aún más quedarse quieta.
Él cerró los ojos.
Ella abrió mucho los suyos.
Él encontró sus labios. Su suavidad le desconcertó brevemente.
Momento que ella aprovechó para sonreír hacia sus adentros.
A lo lejos, un coche atravesó la avenida vacía. Su conductor, soñoliento, pensó: “All happy piano players are at the Circus”.
miércoles, abril 13, 2005
La lírica nipona crea adicción
El crepúsculo por fin / llega: abro la puerta / y plácidamente / espero a aquella / que me reciba en mis sueños.
martes, abril 12, 2005
DEP
PD: Debía ser sexto o séptimo de EGB. Jugábamos a fútbol durante el recreo de la tarde y yo, como de costumbre, revoloteaba cual buitre sobre el área rival a la caza de alguna asistencia perdida. En eso el equipo contrario inició un rápido contraataque y un servidor, solidario como pocos, corrió cual poseso tras la pelota. Alguien llegó hasta la línea de fondo y sacó un pase de la muerte a la frontal del área. Justo por donde llegaba yo en estampida para asistir a la defensa. Tenía una sola opción, el gol prácticamente se mascaba. Me lancé con el pie izquierdo por delante. Impacté el balón. Lo introduje por toda la escuadra de mi propia portería. Brescó, que vigilaba aquel patio y sin duda había llegado tarde a la jugada (o por lo menos ignoraba quién integraba qué equipo) estalló en aplausos: "¡Vaya golazo, Milo, vaya golazo!" Aunque la ausencia de celebración por mi parte le debió hacer intuir que las cosas no eran tan simples como pintaban. No suelen serlo, ¿verdad?
Los poemas de Sonam Gyarma II
Sonam Gyarma llegó a París con cuarenta y tres años recién cumplidos; sabemos que Sheslia Madpa contaba trece menos, que su relación se prolongó a lo largo de seis años y medio con una primera separación de seis meses tras los primeros dos; sabemos que hubo entre sus familias diversos roces, si bien éstos no tuvieron especial relevancia en el traumático final; sabemos, por último, de la especial personalidad de ella, de la expresividad, sinceridad y sencillez que tan a menudo Sonam Gyarma exaltaría con la consiguiente, casi inevitable idealización que por la condición infantil presentan muchos de sus poemas. Pero al igual que a menudo repetimos un nombre con hipnótica cadencia, renunciamos a su contenido en pos de la magia relativa al signo, tal y como una fotografía en concreto nos puede abocar a uno o decenas de recuerdos necesarios, imprescindibles en el interminable lapso de un segundo, Sonam Gyarma volvía la vista atrás para revelar un todo de bordes indiscernibles, arqueaba la memoria su entrecejo como si algo en su interior pugnara por separar palabras, contextos, lugares, imágenes y sueños de otras palabras, contextos, lugares, imágenes y sueños –quizá la distancia que había, que siempre hubo, entre los que a él pertenecían y los que ella había escogido para abandonarle.
Era Sonam Gyarma hombre de sueños que solía, tras la jornada laboral, sentarse entre nosotros para rememorarlos, y poco importaba que hubieran acontecido la noche anterior o varios meses atrás; sólo de ese modo nos permitió conocer detalles referentes a su infancia, a la casa familiar y al exigente carácter de su padre. Precisamente, cierta compañera habitual a estos encuentros, aún admitiendo haber desarrollado un interés emocional por Sonam Gyarma, manifestaba con pretendida objetividad que muchos de los sueños referidos aún no habían tenido lugar, que más que soñados habían sido anticipados: tal era su capacidad de sugestión. Por otro lado, quien en base a la experiencia onírica pretenda historiar debe saberse a merced de la inexactitud; por mucho que luchemos contra ello, en definitiva sólo los Poemas deben hablar por si mismos, el que no cejemos en la intención de enmarcarlos debidamente, la contextualización es un rasgo cultural prácticamente ineludible pero etéreo, quizá fútil.
¿Por qué escogió Sonam Gyarma París como destino de su exilio? Bromeara o no al respecto, quienes le conocimos coincidimos en señalar su explicación como causa altamente probable: un hombre como él siempre se sentiría atraído por la ciudad que presentara el epígrafe de “de la luz”.
devorado por el tiempo,
soy un camino de arcilla
moldeado por sus manos:
parto del mañana en busca de su caricia
parto de su caricia en busca del mañana.
* * *
En esta tierra de engaño
seré fatuo,
mas cuando a mis oídos llegue una voz sincera
sabré reconocerla
descansaré a la sombra de su hablar.
* * *
Cada vez que te alejas
bajo al mar y pido consejo a las olas;
cada vez que te alejas
la marea se desvanece
en fragmentos de tu recuerdo.
* * *
El verdadero amor es un lago calmo.
¿Cómo serle infiel a un lago
cómo renunciar a un lago
cómo olvidar un lago
cuando la naturaleza te lo ha puesto delante?
Eres una maestra del engaño.
* * *
Esa música que llena mis oídos...
¿Quién la ha escogido para mi?
* * *
Se ensucian mis manos al escribir
(nunca al pensar),
he ahí la verdad de mi compromiso:
simples manchas de tinta.
* * *
Cuando miro a occidente
me sorprende su calidez,
cuando miro al hogar
echo de menos su austeridad.
* * *
Numerar los días
numerar las horas
(como si el tiempo
no fuera una emoción).
lunes, abril 11, 2005
Hitchcock 1 - Chabrol 0
Alfred Hitchcock, maestro del suspense y tal y tal, definió como nadie (hasta la llegada de David Lynch) el proceso de que se sirve lo tenebroso para infiltrarse en nuestra inocente cotidianeidad. Conocedor de que “lo normal” presenta componentes dictatoriales en lo que a su proyección sobre el espectador se refiere, el británico cineasta solía justificar “lo anormal” de sus guiones delimitando una suerte de tiempos muertos argumentales. Me explico: Janet Leigh roba una suma de dinero a su empresa y se lanza a la carretera, sabedora de que tiene todo el fin de semana para poner tierra de por medio antes de que su jefe descubra el asunto. Sábado y domingo son el limbo del que la ambiciosa secretaria se sirve para cometer su fechoría con visos de éxito, pero a su vez representan la rendija a través de la cual la muerte se colará en su ducha. Leigh acaba asesinada en el Motel Bates no como castigo a su crimen, sino a raíz de la mucho más inocente decisión de abandonar lo usual y, en vez de irse al cine con una amiga, apostar por lo desconocido. El James Stewart de La ventana indiscreta es testigo de un asesinato por culpa del (prolongado, monótono, exasperante) periodo de reposo a que le obliga una lesión en la pierna. Y podríamos convenir que, en De entre los muertos, el trauma derivado de la secuencia inicial se va repitiendo a lo largo del metraje, y que esos ecos fantasmales que arrebatan a Stewart del sentido común garantizan una cierta credibilidad a situaciones por otro lado francamente descabelladas. El viaje, la enfermedad y la alucinación, entre otros “accidentes”, son premisa sine qua non que expone a los personajes y les enfrenta a cuanto sucederá a continuación, sea una charla en tren donde acabas pactando un doble asesinato con tu vecino de asiento, sea una rebelión homicida por parte de la fauna voladora local. Toda vez perdidos los horarios y demás referentes propios de la monotonía, el espectador ignora a qué asirse y se ve abocado a aceptar casi cualquier extrañeza.
El caso es que soy penosamente consciente del buen hacer hitchcockiano tras visionar La Demoiselle d’honneur, apenas correcta adaptación de una novela de Ruth Rendell que ha llevado a cabo don Claude Chabrol. Da la impresión de que, pese a sus muchas tablas en el más negro género, Chabrol sacrifique la lógica intra-narrativa por prestar mayor atención a su también recurrente obsesión por flagelar los usos y costumbres de la burguesía. Philippe (Benoît Magimel) lleva una existencia del todo ordenada hasta que conoce, en la boda de su hermana, a la dama de honor Senta (Laura Smet). Nace entonces el amour fou entre los dos pero, si bien ella se había mostrado tirando a peculiar desde el principio, el proceso que debe conducirle a él más allá de la razón jamás queda establecido. Lo intenta Chabrol a través de la fascinación del chaval por una estatua llamada Flora, pero tan petrofílica relación acaba, más que nada, sumando nuevos interrogantes a la ecuación. Quizá un tiempo muerto, una tierra de nadie que arrebatara a Philippe de su estricta dedicación laboral y familiar, nos hubiera permitido creer en la evolución del personaje. No sucede así, y las turbias aguas que prometía La Demoiselle d’honneur acaban apenas en marejadilla.
jueves, abril 07, 2005
21st Century Love Story
9 Songs no deja de representar una aproximación poco convencional a un tema ciertamente tradicional, el del auge-decadencia-caída de una pareja. Estructurado en base a nueve actuaciones musicales, el film se limita a invertir los esquemas habituales de este tipo de historias: el sexo omnipresente se convierte en motor de la acción, mientras que el elemento de contraste, la típica secuencia de alcoba, se da aquí en exteriores, con los protagonistas completamente vestidos y sin que se produzca el menor intercambio de fluidos entre ellos. 9 Songs complementa, pues, la “love story” de toda la vida; la coge de la mano para, con una sensibilidad inédita en el terreno de la exhibición genital, transportarla de golpe al siglo XXI. De paso, Michael Winterbottom devuelve a la tierra un género tradicionalmente asociado a los pechos insultantemente recauchutados, al pene de veintipico centímetros y al gemido dislocado. Y el resultado es nada más y nada menos que cine. Esto es, movimiento. Esto es, cuando las cosas se hacen bien, emoción.
Los poemas de Sonam Gyarma I
recoge un pedazo para verte una única vez
pero con los demás
no seas espejo roto ni fragmento
sino la imagen que tu cuerpo proyecta hacia dentro:
espíritu.
* * *
Si cortaras una hoja
de aquel árbol al que da el sol
no tendrías árbol
ni tendrías sol,
sino la mano verde
y la mirada entristecida.
(Tal es la nostalgia
que me acecha)
* * *
Soy de arena,
no de arena que pueda llevarse el viento
sino arena de la playa:
una, ondulante
hermana del agua.
* * *
Como la cera de una vela
me derramo junto a ella,
como el cuenco del candelabro
me recoge con ternura,
mas para ser yo de nuevo
requiero de frío, tiempo y distancia.
* * *
Son los ojos de la mujer pozos de agua helada:
sacían la sed
pero congelan mis heridas.
Aún al sol de tu abrazo,
necesitaré regresar a la soledad.
* * *
Tu ausencia se eleva como la montaña más alta:
frío, me falta el aire, no avanzan mis pies...
Pero una vez alcance la cima
seré dueño de cuanto me rodea.
* * *
En la noche tus palabras me confunden
(dulce confusión),
en la mañana el sol me aturde
(dulce claridad).
* * *
Creo recordarme de ayer
(si bien ayer no dije lo mismo);
creo recordarme de mañana
(si bien mañana no diré lo mismo).
Hoy no debo olvidarme.
miércoles, abril 06, 2005
Los trece de Juan Pablo II
Aquí dedica El Mundo su fotografía de portada a los diputados de nuestro Congreso que optaron por no ponerse en pie durante el minuto de silencio acordado ayer por la cámara: una parlamentaria del PSOE, tres del PSC, seis de ERC y tres de IU. Los rojos, vamos. O “los trece de Juan Pablo II”, como quizá se les conozca a partir de ahora. Hombres y mujeres que cuando acceden al hemiciclo sacrifican parte de su individualidad para convertirse en símbolos, representantes de aquellos que les votaron. ¿Deben sacrificar por ello sus más íntimas convicciones? Declara Joan Tardà, de Esquerra, que “un minuto me parece excesivo”. Un minuto frente a toda una vida... No, Joan. El minuto está bien. Sólo que quizá debería haber tenido lugar en otro ámbito, en un contexto menos oficial, que al Congreso se va a trabajar. ¿No hay por ahí una capilla, multiconfesional, ya que estamos? ¿Cruzarse la calle hasta una iglesia cercana? De una vez por todas convendría devolver el culto a la privacidad más absoluta. ¿O nos pondremos masivamente en pie cuando fallezcan el Dalai Lama y el Gran Patriarca de Todas las Rusias? ¿Se guardó acaso un minuto de silencio cuando la muerte de Copito de Nieve, principal símbolo zoológico de la Barcelona olímpica? Para muchos este Papa no era más que eso (y creo que le debo la analogía a un viejo editorial de Rodrigo Fresán en el rotativo argentino Página 12): un tipo sempiternamente de blanco, encerrado tras los barrotes de una institución, cuyas palabras nos resultaban ininteligibles, que en efecto nos caía simpático, pero al que no hubiéramos invitado a comer a casa. Bien por los trece de Juan Pablo II, pues. Por no abandonar su puesto de trabajo. Por no caer en la irrespetuosidad. Pero también por su ejercicio de laicismo.
lunes, abril 04, 2005
Wojtyla bye bye...
Sentado lo cual, la pirueta: me parece fantástico el acuerdo alcanzado por los tres capos religiosos de Jerusalén al alinearse contra la celebración de un desfile gay en la ciudad santa. Dicho festival se ha venido celebrando sin mayores problemas en otras urbes de Israel; trasladarlo a los aledaños del kilómetro cuadrado más espiritual del mundo es un rizar el rizo tan exhibicionista como innecesario. La flagrante homofobia de los cultos monoteístas no disminuirá confrontando zapatos de plataforma y plumíferas boas a las barbas ortodoxas. Tampoco es de recibo la amenaza bíblica (“podría correr la sangre”, sostuvo alguno de los tres iluminados), pero incluso las posturas más retrógradas deben ser respetadas en la intimidad de sus iglesias / sinagogas / mezquitas.