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viernes, marzo 03, 2006

From the Vaults of QUE LEER - Bret Easton Ellis 1

BRET EASTON ELLIS - Todo glamour
Su rostro alargado -de cejas caídas, frente amplia y una de esas narices irlandesas condenadas a degenerar en tubérculo-, dista mucho de evocar palabras tales como polémica, desmembramiento o nihilismo. Sin embargo, Bret Easton Ellis parece abonado a ellas, instalado -que no precisamente cómodo- en el ojo del huracán: de nuevo salinger a apóstol de la vacuidad, este es el recorrido que desemboca en Glamourama, que en España publicará próximamente Ediciones B.

Sólo 21 años contaba el joven Ellis cuando Menos que cero (1985) golpeó los cimientos del panorama literario norteamericano para, ósmosis mediante, devenir una de las principales y más devastadoras influencias de la narrativa de finales de los '80 y principios de esta década. Imitada hasta la saciedad en esas contradictorias señas de primera persona de presente y brutal distanciamiento emocional respecto a la acción, la novela propone un preámbulo de manual: tras un primer trimestre de universidad en el Este, Clay regresa a LA por Navidad. A partir de entonces, Ellis se empeña en dar lustre a la vieja máxima del you can't go home; gélido es el reencuentro con la novia y la familia, el protagonista descubre que su mejor amigo se vende por droga y nada puede hacer salvo pulular de fiesta en fiesta, de borrachera en borrachera, entre subidones y polvos de diseño.

Ambientada en Watts o South Central, Menos que cero se hubiera adecuado con carácter de anécdota a la lógica de la América reaganiana; no obstante, tal ejercicio de depravación afectaba a la flor y nata de Beverly Hills, a una generación de hijos de productores de cine y de ejecutivos discográficos idiotizada por la MTV y por la cocaína. Valores familiares en entredicho y el escándalo estaba servido.

Jóvenes y ociosos
Mas no había juicio de valor o voluntad moralista; siguiendo las huellas de Hemingway, Ellis buscó que la aparente desnudez narrativa girara sobre sí misma, se concentrara de tal modo que acabara oprimiendo, ahogando al lector. Aún no se daba la obsesión por el detalle que convirtió a American Psycho (1991) en bocado de cargante digestión, pero sí un ánimo de atmósferas áridas y ventosas, de fríos colores y televisores emitiendo sin pausa. Con el final del receso navideño, Clay se dispone a volar a New Hampshire; nada ha cambiado y la historia, en eterno retorno de recreos, se repetirá con la próxima pausa primaveral.

Pero, ¿cuál es la actitud del héroe de Ellis? Se le quiso emparentar con el Holden Caulfield de El guardián entre el centeno pese a que ambos parecen bastante lejanos; donde Holden se rebela contra todo y contra todos, la perspectiva derivada de tres meses de ausencia convierte a Clay en observador distante, consumido por un hastío que, sospechamos, debe afectar al total de facetas de su vida. Las leyes de la atracción (1987) se encargó de confirmar este apartado.

Localizada consecuentemente en un college de la Costa Este, la segunda andanada de Ellis es una obra coral compuesta en base a monólogos acerca de fiestas, sexo y deseos insatisfechos; Sean, Roxanne, Mary -que poco antes de suicidarse se muestra fascinada por un tal ¡Bateman!-, Stuart... Demasiados nombres para que no sonaran los consabidos calificativos generacionales. Y el autor, que en absoluto reniega de ellos, se regodea en su microcosmos de incomunicación y amoralidad, destila un particular humor macabro para, de nuevo, dejarlo todo tan jodido como al principio. Las cacareadas leyes del título obedecían, en realidad, a los dictados del caos.

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Menos que cero fue llevada al cine por Marek Kanievska.

jueves, marzo 09, 2006

Bret Easton Ellis (y 3)

Moda y terrorismo
Ante el agotamiento de la fórmula, dispersión –o, cuando menos, variedad. Narra Glamourama (1998) las andanzas de Victor, top model que se ve envuelto en una conspiración terrorista ideada por un grupo de ex-compañeros de profesión. Así, la frivolidad y el humor planean sobre la primera parte de la obra, mientras que la segunda se torna oscura, regresa al gore gracias a, por ejemplo, la descripción de los restos, humanos y materiales, de un 747 que ha estallado en pleno vuelo. Y, guste o no, Ellis vuelve a mostrarse coherente.

Si bien el mundo de la moda podría antojarse un remedo del Wall Street de American Psycho, lo cierto es que tolera en su absurdidad un argumento que aplicado a otros ámbitos hubiera resultado descabellado. Innumerables apariciones de personajes famosos pueblan unas páginas que, a la postre, podrían no ser más que un delirio del protagonista, incluso la trama de una película en pleno rodaje -esto es, un delirio del autor. En cuanto a la conexión fashion-terrorismo, Ellis lo tiene claro: "ambos se alimentan de nuestras inseguridades". De fondo, sendas citas de Krishna y Hitler para potenciar la idea de dualidad. ¿Ha sido este un trayecto hacia lo kitsch? ¿Dedicará Kate Moss sus ratos libres a plantar bombas en centros comerciales? ¿Es el culto al cuerpo el verdadero mal que atenaza a nuestra sociedad? Tales preguntas no requieren, por ahora, respuesta.

Bret Easton Ellis dirigió su mirada al abismo y a la vez quiso huir de él, definió así un estilo que desde España a Japón -sin olvidar a los caníbales italianos-, ha sido reivindicado por numerosos autores con la entrañable convicción que otorga la juventud. Ahora el maestro parece dispuesto a abrazar nuevos campos, a experimentar. Y, como tantos otros novelistas que sentaron su punto de vista con increíble precocidad, el mayor peligro que le acecha es el de aburrir. A fin de cuentas, esa sí sería una emoción acorde a sus alargadas y abúlicas facciones.

lunes, marzo 06, 2006

Bret Easton Ellis (2)

Cuidado con el yuppie
Enumeradas ya las bondades del hogar post high-school y del college, la progresión conducían en buena lógica a... Patrick Bateman; esto es, al corazón de la América laboral. De bronceado insultante e impecable vestimenta, Bateman constituye el yuppie prototípico: exitoso, atractivo, residente en Manhattan y con un punto de neurosis que le lleva, entre otras veleidades, a decorar las paredes de su apartamento con una lengua recién rebanada.

Mucho más extensa que las anteriores, American Pscyho cae a menudo en su propia trampa; la sucesión de descripciones intrascendentes, pese a remarcar la obsesión consumista del personaje principal, repele con mayor eficacia que los pasajes gore. Estos, no obstante, convirtieron a Bret Easton Ellis en el autor más polémico del final de siglo bajo parámetros occidentales (Rushdie, como sabemos, domina el Medio Oriente). La trilogía había concluido y se mostraba compacta merced a una serie de pautas; entre ellas, toda vez establecido su carácter lineal, la más notable radica en la gradual introducción de la violencia como paso inevitable de unos sujetos cuya insulsa existencia pide más que ir de compras o cambiar de compañero sexual cada noche. Así, sólo en American Psycho aparece el sadismo narrativo, el relato del dolor infringido; antes, las víctimas yacían inconscientes o embotadas, se les hacía sufrir por simple, ingenua y aterradora curiosidad. La frase final de la novela -"ESTO NO ES UNA SALIDA"-, se convirtió en declaración de principios para la generación grunge, además de presagiar las dificultades que el autor debería afrontar a continuación.

Tras la muerte de su padre y una no muy a cuento confesión televisiva acerca de su homosexualidad, Ellis publicó Los confidentes (1995), libro de narraciones cortas que nada nuevo añadía salvo presentar diferentes puntos de vista sobre lo ya expuesto, otra vuelta de tuerca centrada en los progenitores de las criaturas de Menos que cero y Las leyes de la atracción.

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miércoles, enero 05, 2011

Una tarde en Ámsterdam con Bret Easton Ellis


(Este artículo fue publicado en el número de noviembre de Qué Leer. Aquí, por cierto, todos los ladridos crepusculares que he dedicado a Bret Easton Ellis, incluyendo la entrevista que me concedió en Madrid en 2006 con motivo de la aparición de Lunar Park.)

miércoles, agosto 31, 2005

From the Vaults...

Diez libros procedentes de mi adolescencia (bien, de las diversas que he atravesado) que rescaté ayer tarde de las catacumbas de casa de mi padre:

10. Conjuración de Catilina, de Salustio (Gredos) - Siempre se me dio razonablemente bien la lengua del imperio romano. Mi profesor de Latín en primero de BUP insistía en que era cuestión de sentido común. Yo, en cambio, me enfrentaba a las traducciones como si de operaciones numéricas se tratara: no conozco otro idioma tan deliciosamente matemático...

9. Escribir en el tiempo, de Andrei Tarkovski (Rialp) – La sola mención del apellido del realizador ruso estimulaba el punto G de mis profesores de Dirección de Cine en el CECC (no entro ya, lector crepuscular, en la descripción de sus reacciones físicas ante el visionado de alguno de sus eternos travellings). Fan yo mismo de Stalker y de Solaris, su autobiografía me acompañó en el avión que en 1994 me depositó en Nueva York; también, en el Greyhound que me condujo a Denver. Pero once meses después regresé a España sin haber logrado pasar de la página 11.

8. Encuentros en la tercera fase, de Steven Spielberg (Círculo de Lectores) – Novelizada por su propio realizador, esta es una de las películas extraterrestres que jalonan mis primeras memorias cinematográficas. Lógico que me aferrara al libro cuando lo vi en aquella tienda de cómics de segunda mano de la calle Zaragoza, a mediados de los años 1980, y que me lo agenciara, prestación monetaria paterna mediante, junto al Tiburón de Peter Benchley.

7. Bestiario, de Julio Cortázar (Ediciones B) – Un tío materno me contagió su pasión por Cortázar, de la que la adquisición de este volumen de bolsillo fue ejemplo/resultado. Leí el cuento inicial, Casa tomada, en los Ferrocarriles de la Generalitat, de regreso a una casa que, en efecto, por aquellos años andaba tomada.

6. Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís (Planeta Argentina) – Regalo postal de una vieja penpal del cono sur, recuerdo tanto la ilusión que me hizo recibirlo como el placer erótico-costumbrista que me produjo leerlo.

5. Las leyes de la atracción, de Bret Easton Ellis (Anagrama) – Durante largo tiempo, y como para tantos otros a lo largo y ancho del lustro 1987-1992, Easton Ellis fue lo más. La portada negra de esta edición (en la colección Downtown) me sigue turbando poderosamente.

4. 2001: Una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke (Orbis) – El número dos de la Biblioteca de la Ciencia Ficción de Orbis (se vendió en quioscos acompañado de El fin de la eternidad de Isaac Asimov) me permitió saldar cuentas con la versión fílmica de Stanley Kubrick, que había visionado con parejo nivel de fascinación y confusión allá por 1985.

3. Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato (Seix Barral) – Jamás será Libro del Mes en los boletines de la ONCE (es más, dudo mucho que se haya traducido al braille), pero a quién le importa lo políticamente incorrecto cuando la locura se vuelve verbo... Ahora que lo pienso, hay mucho del personaje de Alejandra en toda mi producción literaria. Mucho.

2. El nacimiento de la tragedia, de Friedrich Nietzsche (Alianza) – Dado el gesto pedante-avanzadillo con que decoré mis días escolares, una profesora que en el futuro habría de impartir Filosofía me sugirió que leyera, un año antes que el resto de la clase, la opera prima de cierto filósofo alemán. Y, quizá por su tono filológico (aunque más probablemente a raíz de su carácter vitalista), sigue encontrándose entre mis títulos de cabecera.

1. Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain (Juventud) – Este ejemplar, ilustrado con los dibujos de Walter Trier, sabe a verano de 1988, a tardes de lectura en la playa de Castelldefels, a las hijas de la familia holandesa con que trabamos cierta amistad, a las noches en que no sabía si habría de ponerme a limpiar vasos tras la barra de la Cervecería Jordi (que regentaban mi madre y mi padrastro y uno de cuyos cuartuchos nos acogió a mis hermanos y a mí durante un largo mes y medio). Contiene toda la aventura a la que yo raramente me presté. Pero, gracias a esa aventura prestada, un período tontorrón de mi vida resultó no solo más llevadero: en ocasiones fue incluso mágico.

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viernes, diciembre 05, 2008

Tyler, Lord Vader, el bromista...

Como no tenían nada mejor a lo que dedicar el tiempo, en la revista Empire han elaborado un ranking con los cien mejores personajes de la historia del séptimo arte. Y, desde aquí, previa reproducción de los veinticinco primeros, les agradecemos que nos ayuden a poner un poco de polémica e impúdica subjetividad en esta mañana de viernes.

1. Tyler Durden (Fight Club)
2. Darth Vader (Star Wars trilogy)
3. The Joker (The Dark Knight)
4. Han Solo (Star Wars trilogy)
5. Hannibal Lecter (Silence of the Lambs)
6. Indiana Jones
7. The Dude (The Big Lebowski)
8. Captain Jack Sparrow (Pirates of the Caribbean Trilogy)
9. Ellen Ripley (Alien Quadrology)
10. Vito Corleone (The Godfather)
11. James Bond
12. John McClane (Die Hard)
13. Gollum (The Lord of the Rings)
14. The Terminator
15. Ferris Bueller (Ferris Bueller’s Day Off)
16. Neo (The Matrix trilogy)
17. Hans Gruber (Die Hard)
18. Travis Bickle (Taxi Driver)
19. Jules Winnfield (Pulp Fiction)
20. Forrest Gump (Forrest Gump)
21. Michael Corleone (The Godfather)
22. Ellis “Red” Redding (The Shawshank Redemption)
23. Harry Callahan (Dirty Harry)
24. Ash (Evil Dead)
25. Yoda (The Empire Strikes Back)

Tyler, satisfecho tras la victoria, comentaba: "El Club de la Lucha es asín".

jueves, febrero 18, 2010

My Own Private Top-5 "The Wire"'s 5th Season Characters

5) Melvin "Cheese" Wagstaff - En una serie tan poco dada a la catarsis, el sobrino bala perdida de Proposition Joe acabará encontrando unos gramos de sentido común en su sesera. No deberíamos, nos sentimos mal al hacerlo, pero aún así le aplaudimos el hallazgo...
4) Augustus Haynes - Desde que la asociaron con el beneficio comercial (no con el interés corporativo, que siempre estuvo ligado a un estamento no en vano conocido como "el cuarto poder"), la prensa se encuentra herida de muerte. Allí, lo mismo que aquí, el barco se hunde lentamente. Pero si uno debe irse a pique, que sea a las íntegras órdenes de un capitán como el City Editor de The Baltimore Sun, por favor.
3) Reginald "Bubbles" Cousins - Ha sido un largo camino, jalonado de viales rotos y algún que otro cadáver. Pero nuestro homeless favorito está a punto de llegar a casa. Y nosotros con él, claro.
2) Ellis Carver y Thomas "Herc" Hauk - Comenzaron como pareja profesional con mucho trabajo y pocas luces, y han acabado erigiéndose en el ying y el yang de la justicia en sus variantes social y criminal: nadie como ellos para testimoniar cuán ondulada es la frontera que separa la ley del crimen, la estulticia de la genialidad.
1) Jimmy McNulty - Nunca te fíes de un irlandés. Nunca te fíes de un irlandés alcohólico. Nunca te fíes de un irlandés alcohólico que lleve placa y pistola, especialmente si eres su jefe o su esposa. Podríamos seguir, porque el amigo riza el rizo y la lía como nunca. A un extremo, cierto es, que comienza a resultar indicativo del cansancio acumulado ya por la mejor serie de la historia de la televisión. Pero, tras cinco temporadas, por si no lo habíamos pillado aún, la secuncia final del último capítulo viene a clarificarlo: McNulty es Baltimore, Baltimore es McNulty. Ergo, McNulty es The Wire. Tan sencillo y grandioso como eso.

miércoles, febrero 24, 2010

Para no creer una sola palabra

Henry Sutton ha escogido para The Guardian a los diez narradores menos dignos de confianza de la literatura anglosajona moderna y contemporánea, lista con la que este ladrador crepuscular comulga en un noventa por ciento:

10) Huck Finn en The Adventures of Huckelberry Finn de Mark Twain
9) Eva en We Have to Talk About Kevin de Lionel Shriver
8) El preso en The End of Alice de A.M. Homes
7) Holden Caulfield en The Catcher in the Rhye de J.D. Salinger
6) Lou Ford en The Killer Inside Me de Jim Thompson
5) Patrick Bateman en American Psycho de Bret Easton Ellis
4) John Self en Money: A Suicide Note de Martin Amis
3) Marlow en The Heart of Darkness de Joseph Conrad
2) La institutriz en The Turn of the Screw de Henry James
1) Humbert Humbert en Lolita de Vladimir Nabokov

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sábado, septiembre 12, 2009

Azarosa sesión doble


La del jueves por la noche. Hasta aquí, lo más o menos buscado: sendas adaptaciones literarias de autores en algún u otro momento de cabecera para este ladrador crepuscular, Michael Chabon y Bret Easton Ellis. A partir de entonces, las simpáticas casualidades: ambientadas ambas en 1983, protagonizadas ambas por Jon Foster, relacionadas ambas con la bisexualidad a tres bandas, fotografiadas ambas maravillosamente, decoradas ambas con actores particularmente intensos en los papeles paternos (Nick Nolte, Billy Bob Thornton y Chris Isaak)... Y con unas Sienna Miller y Amber Heard emperradas en lucir palmitos similares.

viernes, julio 04, 2008

"Todavía no me quieres" de Jonathan Lethem

Nada debe desinflar más que escribir la novela de tu vida. O será que, a fin de escapar a su pegajosa complejidad, quizá a la caza de cierta perspectiva y novedad, el autor recula paso tras paso, se aleja de sí mismo al punto de acabar pareciendo otro. Así las cosas, en lo que a Lethem respecta, La fortaleza de la soledad era Nueva York donde Todavía no me quieres es Los Ángeles. El territorio mítico de la infancia da paso a la parsimoniosa cotidianeidad de una “madurez” de aquí y ahora. El guiño de la novela de género palidece frente al lánguido suspirar de la fábula pseudo-romántica. Las bandas primordiales del hip hop pierden protagonismo ante un grupito indie del montón... No hay que ser una lumbrera para intuir que, lo mismo que Michael Jordan cuando se dio al golf, el amigo pierde con el cambio. ¿Lethem menor, pues, o Lethem sencillamente fallido? De ambos hay algo. Ahí está la relación entre la bajista Lucinda y el creador de eslóganes Carl, que recorre caminos similares a los del amor adolescente de Paisaje con muchacha. Y los encuentros y desencuentros de la protagonista con su secuestrador de canguros no dejan de remitir al absurdo rosa de Cuando Alice se subió a la mesa. Pero el descenso a los infiernos del arte contemporáneo y la cultura cool, parámetros de los que Bret Easton Ellis extraería petróleo, tiende aquí a cojear, nos recuerda dolorosamente que Lethem es hombre de melancolía antes que de ironía y acidez. Aunque todavía lo queremos, claro.

(Esta reseña ha aparecido en el número de verano de Go Mag)

jueves, septiembre 16, 2010

La inocencia de la mujer angelina

"The amazed smile seems innocent only because something else is always lurking along its borders."
Bret Easton Ellis en Imperial Bedrooms

viernes, enero 12, 2007

My Own Private (Literary) 2006

1. “Elegía” de Philip Roth (Mondadori)
2. “Historias de Nueva York” de Enric González (RBA)
3. “El astrónomo” de Loren Long, Walt Whitman (Serres)
4. “Damas chinas” de Mario Bellatín (Anagrama)
5. “Lunar Park” de Bret Easton Ellis (Mondadori)
6. “Ice Haven” de Daniel Clowes (Reservoir Books)
7. “El camino del Norte” de Horacio Vázquez-Rial (Belacqva)
8. “Sexo, mentiras y Hollywood” de Peter Biskind (Anagrama)
9. “La historia del amor” de Nicole Krauss (Salamandra)
10. “La medición del mundo” de Daniel Kehlmann (Maeva)
11. “Bobby Fischer se fue a la guerra” de David Edmons, John Eldinow (Debate)
12. “El secreto de las fiestas” de Francisco Casavella (Mondadori)
13. “Acerca de Roderer” de Guillermo Martínez (Destino)
14. “Monty Python, la autobiografía” (Global Rhythm Press)
15. "La suela de mis zapatos" de Gonzalo Suárez (Seix Barral)

lunes, enero 10, 2011

My Own Private (Literary) 2010


1. Sukkwan Island de David Vann (Alfabia)
2. Verano. Escenas de una vida de provincias III de J.M. Coetzee (Mondadori)
3. Punto omega de Don DeLillo (Seix Barral)
4. La humillación de Philip Roth (Mondadori)
5. Los pichiciegos de Fogwill (Periférica)
6. Homer y Langley de E.L. Doctorow (Miscelánea)
7. Todo arrasado, todo quemado de Wells Tower (Seix Barral)
8. Los infinitos de John Banville (Anagrama)
9. La luz es más antigua que el amor de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral)
10. Suomenlinna de Javier Calvo (Alpha Decay)
11. Cuentos carnívoros de Bernard Quiriny (Acantilado)
12. Salvatierra de Pedro Mairal (El Aleph)
13. Los imperfeccionistas de Tom Rachman (Plata)
14. Corona de flores de Javier Calvo (Mondadori)
15. Alba Cromm de Vicente Luis Mora (Seix Barral)
16. Pájaros en la boca de Samanta Schweblin (Lumen)
17. Los muertos de Jorge Carrión (Mondadori)
18. Correr de Jean Echenoz (Anagrama)
19. El año de la plaga de Marc Pastor (La Magrana)
20. Suites imperiales de Bret Easton Ellis (Mondadori)
21. Bestias de Joyce Carol Oates (Papel de liar)
22. Nocturnos de Kazuo Ishiguro (Anagrama)
23. Historia de un ladrón de Mercedes Álvarez (Caballo de Troya)
24. Jan Karski de Yannick Haenel (El Aleph)
25. Marcos Montes de David Monteagudo (Acantilado)

Listas pasadas:
2005 * 2006 * 2007 * 2008 * 2009

lunes, marzo 13, 2006

What a writer does

“As a writer you slant all evidence in favor of the conclusions you want to produce and you rarely tilt in favor of the truth. (…) But this is what a writer does: his life is a maelstrom of lying. Embellishment is his focal point. This is what we do to please others. The is what we do in order to flee ourselves. A writer’s physical life is basically one of stasis, and to combat this constraint, an opposite world and another self have to be constructed daily. (…) defeat is good for art: if it was day we made it night, if it was love we made it hate, serenity became chaos, kindness became viciousness, God became the devil, a daughter became a whore.”

De Lunar Park, Bret Easton Ellis.

jueves, marzo 09, 2006

Intertextualidad

En su momento no fue la madre de todas las apreciaciones, pero tampoco la catalogaría de obviedad (aunque he colgado el texto al completo hace muy poco, la recupero aquí a efectos básicamente contrastivos):

"Estos, no obstante, convirtieron a Bret Easton Ellis en el autor más polémico del final de siglo bajo parámetros occidentales (Rushdie, como sabemos, domina el Medio Oriente)."

El caso es que leo la crítica que Ernest Farrés Junyent ha dedicado a Lunar Park en el cultura/s de La Vanguardia y no puedo dejar de preguntarme si no habrá tirado un poquito de hemeroteca al observar:

"...escandalizó (con razón) a Occidente en 1991 con American Psycho (en Oriente, quien escandalizaba era Salman Rushdie con Los versos satánicos)..."

martes, septiembre 13, 2005

Mes Amis (y 3)

El inglés americano
Pese al lapsus de las cartas no conservadas, pese a que Kingsley le llamara "mierdecilla" frente a Philip Larkin (lo que sucedía, recordemos, en una mordaz pero íntima relación epistolar), Martin Amis parece salir airoso de la tan edípica acusación de patricidio; en lo cultural, no obstante, más de uno le ha creído digno de patíbulo. Sus intereses norteamericanos, mal vistos de por sí, acabaron estallando con el famoso asunto Wylie: el escritor dejó a su agente, Pat Kavanagh (perdiendo, de paso, la amistad de Julian Barnes, esposo de aquélla) para ingresar en la agencia de Andrew Wylie, "el chacal", por un avance que él describe con una separación de dos centímetros entre el pulgar y el índice, apenas un poco más grande de lo habitual. A juzgar por lo publicado en la prensa, el país se sintió agredido. Entonces apareció La información, el que muchos consideran su mejor trabajo (No del todo. Aún no...), novela acerca de la relación entre dos escritores. Piensan que redacté un libro de quinientas páginas en tres meses... Lo que me molestó es que la novela resultara incomprendida y malentendida, profundamente malentendida. Fue como si hubiera ganado la batalla, como si significara una señal de mi éxito, y la novela de lo que trataba era del fracaso. Lo mismo que Éxito o Dinero... Sí, pero ésta era una historia sobre Inglaterra, me cuesta explicársela a quien no sea inglés. Es muy corrosiva. Tanto ombliguismo le obligó a cruzar el charco y, a bordo de un expreso de medianoche, fijarse de nuevo en el modelo yanqui: Tren nocturno es un libro completamente americano, un thriller tomado del revés. Fue americano hasta en el estilo ortográfico, pero es que Estados Unidos es el hogar del noir, un lugar muy oscuro en el que ambientar la novela.

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A principios de los ochenta, a raíz de la publicación de Dinero, Amis fue englobado en una suerte de posmodernismo urbano junto a dos autores a la sazón norteamericanos, Bret Easton Ellis y Jay MacInerney. Bret ha encontrado un gran público, gente que siente su prosa como algo muy directo, y eso es indiscutible, pero para mí es excesivamente pop. Jay tiene muy buen oído, pero no veo hacia dónde se dirige como escritor, afirma sobre unos compañeros de generación a los que no tardó en superar. Guste o no en su país, Martin Amis pertenece a otro escalafón literario. Mucha gente desconfía del estilo, piensan que se debería escribir de forma simple, clara como un arroyo de montaña en palabras de Truman Capote. Pero eso siempre me ha parecido señal de pobreza. Me gusta el estilo, el gran estilo (otro motivo de afinidad, según dice, con su amigo Salman Rushdie). La escritura debe basarse en lo que se ha leído. Y Amis ha leído mucho, siempre bajo la idea de que Bellow es Dios y Nabokov su profeta: Alguien me dijo que Nabokov recibió una carta en la que un lector le decía “no entiendo cómo puede estar al lado de Bellow sin besarle las manos y pedir perdón por sus pecados...". Saul Bellow es el más notable novelista del planeta, es inigualable, con una voz tan propia como única. Después de Ravelstein la literatura del siglo XXI va cuesta abajo.

En efecto, sólo restaba el apunte metafísico para cuadrar el círculo. Tras el ventanal continúa lloviznando; al igual que en las entrevistas consultadas en la hemeroteca, Isabel Fonseca entra en el estudio acompañada de las pequeñas Clio y Fernanda, las dos hijas de la pareja, lo que representa un familiar y, por ello, entrañable canto del cisne para la conversación. Un chándal azul no precisamente lustroso, el tabaco de liar sobre la mesa, dos cuadros de Bruno Fonseca y el inevitable libro sobre su obra en la repisa de la chimenea... Martin Amis, el cabello en revuelta decadencia y la mirada aún traviesa, entre el orgullo y la sutil inseguridad que son signo de quien ha sobrevivido a más de una tormenta, nos despide amablemente en la puerta de su casa pareada al norte de Regent's Park. Una vez fuera, el laberinto crece en amplitud, lo vivido se transforma en recuerdo y pugna por imponerse sobre lo previamente referido, leído y anticipado. Con lentitud, la diferencia entre la memoria y el hoy comienza a establecerse, quizá sea la misma que separa a la literatura de la más vital experiencia...

(Las tres fotografías que han ilustrado esta serie fueron obra de Ivo Krmpotic).

martes, marzo 08, 2005

Sex Sex Sex

Existe un viejo dicho que todo aquel que haya ejercido el periodismo musical con dos dedos de conciencia debe tener grabado a fuego: “escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura”. Personalmente, he escrito bastante sobre música, casi siempre con notables dudas respecto a mi capacitación al respecto. Pero mucho más inseguro me he sentido cuando he abordado el mundo del sexo desde una perspectiva narrativa, propia de la ficción. Mi primera novela llevó por título Una sonrisa torcida, y fue una suerte de vómito catártico que: a) me permitió superar una difícil situación íntima, marcada por los desencuentros familiares y por una ruptura sentimental; y b) me hizo ver, al quedar entre las nueve finalistas del premio Herralde de 1997, que quizá tenía algo que decir en el terreno de la literatura. Una sonrisa torcida narraba en primera persona (y bajo la directa influencia de Bret Easton Ellis) la historia de Jorge, un universitario barcelonés que, abandonado por su novia, se adentra en una espiral de relaciones sexuales cada vez más descarnadas, agresivas e insatisfactorias, proceso retroalimentado que culmina con la violación de una compañera de clase y una extraña forma de redención, más debida al azar que al pertinente castigo legal. El sexo allí contundentemente narrado, no obstante, tenía una justificación contrastiva, debía representar un reflejo en negativo de los recuerdos de Jorge sobre su relación pasada (e idealizada, todo sea dicho). Pero no olvido que en más de una ocasión tuve que aclarar al lector de turno que: a) no se trataba de una novela completamente autobiográfica (pues sí había otros elementos modelados a mi imagen y semejanza, como por ejemplo la afición del protagonista al ajedrez y a tocar la guitarra); y b) tampoco constituía un reflejo de mi rabia vital, o una fantasía sobre lo que me hubiera gustado llevar a cabo en la vida real. Pasadas las primeras quince o veinte páginas, suele suceder que la historia comienza a cobrar su propia forma, y que son los mismos personajes los que dictan su destino, al margen de lo que el escritor tenga en mente para ellos.
Bien. Esta semana llegará a las librerías la primera de mis novelas adultas en ver la luz editorial, tras dos narraciones juveniles de las que me siento igualmente orgulloso. Lleva por título Sorbed mi sexo, y contiene quizá un veinte por ciento de las escenas subidas de tono que surcaban las torturadas venas de Una sonrisa torcida. El libro trata la historia del chef francés Paul Boissel, quien se dio a conocer mundialmente en los años 1970 por su cocina española de simbolismo sexual. Escogí este lema por considerar que conjugaba las vertientes genitales y gastronómicas de la historia, y porque constituye una de las líneas del adulterado padrenuestro que el protagonista recita en uno de sus capítulos principales. Desde el punto de vista creativo, me siento plenamente justificado y muy seguro de mi elección. Pero no negaré que a ratos me invade una suerte de temor timorato. Hasta la fecha todas las reacciones externas se han conducido entre lo jocoso y un asomo de curiosidad, y sé perfectamente que quien se acerque a este libro con intenciones morbosas quedará francamente decepcionado, cuando no mortalmente aburrido, ante unas veinte primeras páginas que, pese a las diferentes reescrituras, han quedado aún ligeramente crípticas. No es Sorbed mi sexo una obra para leer a una mano, me temo. Pero sigue suscitando mi incomodidad.
Pienso que el sexo es un arma excelente a la hora de definir a un personaje. Opino que se trata de un recurso muy útil, pero que debe ser dosificado con franca sabiduría. Comparo la brutal maquinalidad con que narré las andanzas de Jorge y la apasionada historia de Boissel para convencerme de haber ofrecido a cada historia exactamente lo que requería. Desde luego no soy yo quien en última instancia debe efectuar tales juicios, pero el quid de la cuestión radica en que contemplo todas estas cuestiones al poco rato de ver Kinsey, el convencional pero efectivo biopic del sexólogo norteamericano que ha dirigido Bill Condon y que protagoniza con maestría Liam Neeson. Hace escasas semanas, ya en pleno siglo XXI, el foro dedicado a la película en
www.imdb.com registraba una serie de ataques tan delirantes como decimonónicos contra la figura de Kinsey, agresiones verbales debidas a su bisexualidad y a sus estudios sobre el comportamiento íntimo de los “animales humanos”. Kinsey, al igual que Masters y Johnson, lo mismo que Shere Hite, estableció las bases para un estudio científico de nuestra sexualidad. Desde luego no había amor en sus tablas de porcentajes, pero tal acercamiento se ha acabado revelando básico para una mejor comprensión de la faceta física en la que a menudo se traducen nuestros instintos y emociones. En un mundo sin música no tendría sentido hablar de música, pero en un mundo privado de sexo sin duda seguiríamos hablando de sexo. Quizá aquí radique la gran diferencia. Y está visto que los Kinseys de turno siguen siendo tirando a imprescindibles. Yo, por lo pronto, les debo el título de mi última novela.
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