sábado, abril 30, 2005

Jammin'

Tres días, treinta y siete páginas. Ando reescribiendo El tiempo de los sueños, mi tercera novela juvenil. En su momento fue rechazada por La Galera (editora de las dos anteriores) por su temática fantástica. Buscaban costumbrismo adolescente, me dijeron. O algo por el estilo. Hoy, seis años más tarde, parece que El tiempo... encontrará acomodo en un interesante sello del Grupo Planeta. Me gusta la atención que han prestado al texto. Me gusta el trabajo de edición que han desarrollado, que me marquen los puntos débiles, que me inviten a mejorar. Así que intento mejorar. Y reescribo.
Reescribir es lo más cercano, en términos literarios, a la improvisación musical. Hay una base, aquello que reza la página, que sigues fielmente. Hasta que, de repente, comienzas a corregir la puntuación. Alteras un adjetivo que no acaba de funcionar. Borras uno de esos adverbios que ralentizan la narración. Y, antes de poder darte cuenta, estás volando. Pueden ser dos, tres frases las que añadas de una tacada (si la cosa llega a un párrafo entero, relees una y otra vez presa de la inseguridad, sin duda habrás incurrido en alguna cacofonía, el placer se esfuma). Pero has trascendido la versión original. Le has regalado una imagen inédita, un par de jugosas líneas de diálogo. Sientes que tus dedos son capaces de modelar la partitura, de conducirla allí donde nunca había estado antes. Claro que el lector no conocerá la magia del instante, tu solo será para él la única versión posible. Pero ya sabíamos que la nuestra era una disciplina donde las bromas, caso de haberlas, son privadas. Y no siempre sonríe uno de esa manera cuando hace las cosas cual asceta. Sigamos con ello, pues... 3-37 y punteando, amigos...

Un hombre sabio

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Was it wrong, what I just said?
If it was wrong, I don't wanna be right(*).
Will Johnson

(*) "¿Es un error lo que acabo de decir? Si es un error, no quiero acertar."

miércoles, abril 27, 2005

Ha vuelto...

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Take your wings outside, you can't fly in here
Besides, a purple sky is better soaring for you my angel
You're an angel, you little devil
As for me I'll stay inside
I'll be just fine and I'll watch from the window.

Sir Gawain y la mujer lapidada

Cuentan que sucedió en Afganistán, no hace mucho, algunas horas apenas: una mujer fue lapidada hasta la muerte por adulterio. Su marido, ausente del país durante cinco años, supo a su regreso que ella había mantenido relaciones sexuales con un vecino. A él le propinaron cien latigazos y quedó libre. Ella fue víctima de una lluvia de pedruscos, el primero lanzado (no se sabe a qué distancia, pero se intuye que con la pericia que presta la ira ciega) por el cornudo esposo.

Cuentan que sucedió en Camelot, en tiempos remotos, se ha perdido ya la cuenta de los días transcurridos desde aquel envite: un inmenso Caballero Verde se presentó en la corte de Arturo buscando quien le golpeara con un hacha. Claro que, pasados doce meses y un día, el voluntario habría de prestarse a ser pagado con la misma moneda. Avergonzado por el silencio de sus muchachos, el monarca dio un paso al frente. Y a punto estaba de aceptar el reto cuando Sir Gawain interpuso estas palabras:

Would you grant me the grace,
To be gone from this bench and stand by you there,
If I without discourtesy might quit this board...
I am the weakest, well I know, and of wit feeblest;
And the loss of my life would be least of any;
That I have you for uncle is my only praise;
My body, but for your blood, is barren of worth;
And for that this folly befits not a king,
And 'tis I that have asked it, it ought to be mine,
And if my claim be not comely let all this court judge, in sight.
(*)

Long story short: Gawain golpeó al verde intruso y durante cerca de doce meses pasó por ser el más noble y valeroso de entre los que se sentaban a la Mesa Redonda. Cuando se acercaba la fecha acordada, el caballero partió al castillo del rey Bertilak. Y allí, acosado durante tres noches por la reina, vio puestos a prueba su honor y la lealtad que debía a su anfitrión. Gawain supo capear la tentación pero no así el miedo a la muerte, pues acabó aceptando de la mujer un cinto de seda verde dotado con la mágica propiedad de proteger la vida a su portador. Camino de la Capilla Verde, Gawain renunció a la última posibilidad de escape que le ofrecía un sirviente. Y, una vez ante su antagonista, descubrió que éste no era otro que Bertilak, orquestador asimismo de todas las pruebas a las que había sido expuesto durante los últimos días. Gawain se supo entonces un mal caballero, pues había mentido por omisión sobre el regalo de la dama del castillo. A causa de aquella afrenta recibió un corte en el cuello. Y el cinto verde le sirvió desde entonces para cubrir la cicatriz resultante.

Pongámonos moralistas, cuando menos en el mejor de los sentidos... Tienen las responsabilidades mal imponer. Ni el más valeroso caballero se encuentra en condiciones de lanzar la primera piedra. Pero cuán honesto y glorioso aceptar las propias culpas y obrar en consecuencia.
Eran otros tiempos, sin duda.


(*) Dadme licencia, mi noble señor, para abandonar mi asiento y acercarme a vos, a fin de que pueda dejar la mesa sin caer en gran descortesía… Yo soy el más débil, lo sé; y el menos asistido de sabiduría. En cuanto a mi vida, si la pierdo, será la menos lamentada. Mi único honor está en teneros por tío, y ningún mérito hay en toda mi persona salvo vuestra sangre. Y puesto que este lance es demasiado insensato para que recaiga en vos, y soy yo el primero en solicitarlo, os ruego que me lo concedáis a mí; pero si juzgáis que mi petición no es justa y correcta, dejad que opine esta corte.

martes, abril 26, 2005

jueves, abril 21, 2005

Un Papa llamado Joe

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Aunque en su momento critiqué el bombardeo informativo a vueltas con la muerte de Karol Wojtyla, creo justo reconocer la interesante contribución que las últimas dos vaticanas semanas han aportado al vocabulario popular. Espléndido, en ese sentido, el sketch del programa de Andreu Buenafuente ayer noche: un papable derrotado ofrecía una rueda de prensa en la que sostenía que “en el Vaticano no hay rival pequeño. Yo he sudado la casulla pero no ha podido ser. Ya sabéis que no me gusta opinar sobre los camarlengos, pero los he visto mejores en tercera división…”. Casullas, camarlengos, fumatas negras y blancas… ¡Si hasta los hay que se han dado al latinajo con devoción de converso! Y, por si fuera poco, el asunto de la transición papal ha permitido recolocar a varios ex ministros del PP en un puesto muy acorde a sus condiciones: el de tertuliano tan ultrarreligioso como viperino.
Totus meus, urbi et orbi.

martes, abril 19, 2005

El circo de los pianistas felices

“¿Y si las cosas no fueran como son?”, se preguntó Zach Braff tras visionar por decimoctava vez Beautiful Girls, obra magna del malogrado Ted Demme. Acto seguido, el chico sacó punta a una docena de lápices del número dos y, compulsivo él, se puso a rellenar cuartillas con lo que habría de convertirse en el guión de Garden State, su bien lograda opera prima. Nada como corregir la vida misma, por más que se trate de una vida de ficción alterada igualmente en y desde la ficción.
¿Me explico? Me explico:
Tras asistir recientemente a un pase de Closer, el amigo D.R. me llamó entusiasmado: “¡Por fin podemos erotizarnos con Natalie Portman sabiendo que nuestros instintos no nos llevarían a la cárcel!”. El comentario, claro está, venía a cuento de aquellos años en que películas como la citada BG o Léon, el profesional convirtieron a la actriz en la Lolita más deseada del globo. Natalie Portman ha crecido. Pero difiero de mi amigo: uno ve BG y vuelve a ser víctima de esa jovencita de 13 primaveras que menta con cándida soltura a Hamlet y que promete un lustro de fidelidad al pianista melancólico-treintañero interpretado por Timothy Hutton. Uno ve BG y de nuevo le asalta la duda: ¿caemos de cuatro patas en la fantasía adolescente o ingresamos en la madurez casándonos con esa aseada abogada neoyorquina con sonrisa Profidén? El personaje de Hutton responde por nosotros, pero su expresión satisfecha no nos conduce a engaño: difícilmente sus pasos acabarán en el circo, hábitat natural de los tocateclas felices.
Momento en que Zach Braff le da al “stop” y se lanza a rellenar cuartillas con lo que habrá de convertirse en Garden State.
Las constantes: el joven conflictuado que abandona la gran ciudad para regresar a su pueblo natal, la ausencia de la madre, la incomunicación con el padre, el gesto pendenciero de los amigos que quedaron atrás y, de repente, Natalie Portman. Igual de verborreica, igual de encantadora. Solo que, aquí, mayor de edad. Y con el añadido realista de algún desajuste psicológico, que no hay hijo de vecino que salga incólume de la adolescencia. Braff, el Braff de celuloide, no presenta mayor compromiso que aquel que le une a una más que dudosa carrera como actor. Elegir a Portman en detrimento de su existencia urbana es renunciar a la fantasía, pero también optar por la magia. Sin la amenaza de ir a la cárcel por ello.
Garden State no es Beautiful Girls. The Shins no son The Afghan Whigs. Ian Holm y Peter Sarsgaard suman enteros, desde luego, pero no hay lugar a engaño. Demme entra en cabeza, con un cuerpo de ventaja. Y, por su parte, al joven y noble Braff le agradeceremos eternamente el voluntarioso homenaje.
También, el (ficticio) conocimiento de que, en ocasiones, las cosas no tienen por qué ser necesariamente como son.
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¿Y si las cosas no fueran como son?

Suelo escribir sobre lo que es, sobre lo que ha sido. Catarsis, lo llamó algún griego antiguo. ¿O fue un barbudo psicólogo vienés? Tanto da. Imito la realidad y ansío que esa realidad hecha papel, traspapelada, se erija en depositaria de las pequeñas tristezas y grandes ansiedades de mi vida.
Solo que a veces no basta.
De otro modo no me hallaría aquí, a las dos de la mañana, con media botella de vino en el estómago y otra media, expectante, frente al ratón.
(Es vino malo, tampoco sube gran cosa.)
El caso es que hace cinco minutos estaba en la cama, dando vueltas. Pensando que me he cansado de escribir sobre las ausencias y los vacíos, sobre las culpas y los incumplimientos.
Pensando que me he cansado de camuflar esas ausencias y esos vacíos, esas culpas y esos incumplimientos.
Sonam Gyarma ha muerto, ¿lo sabíais? Encontraron su cuerpo despeñado, al pie de una montaña tibetana cuyo nombre no acierto a recordar. Sheslia no se encontraba a su lado: bien por ella.
Y entonces se me ha ocurrido.
¿Dónde si no iba a hallar debida salida a mis sentimientos?
Cuatro meses después, creo que éste es el único refugio que me queda.
Bienvenidos a Perfection, población 2 habitantes.
Él, nuestro héroe, no sentía ya culpa ninguna hacia aquella a la que había dejado de amar. Tampoco ante la posibilidad de haber fallado o de estar fallando a los suyos. Él, nuestro héroe, había extraviado por el camino el aspecto dictatorial de su superego. Era un espíritu nietzscheano sin las ansias de destrucción. Era un cuerpo materialista que jamás había oído hablar de la exquisitez de las ideas platónicas. La suya era una razón pura, lanzada al corazón de los días y protegida, en consecuencia, de todo viaje al fin de la noche. Sus pensamientos jamás danzaban sobre los fragmentos de cuanto había dicho o hecho. Su memoria no era una trampa. Confiar en el mañana poco tenía de ilusión. Un ser en paz con su estar: casi nada.
Echémosle un vistazo ahora a ella, nuestra heroína. Lo que ansiaba, oh, sin duda era él. Lo que necesitaba, desde luego era él. El tempo de su encuentro había sido medido espléndidamente: ¡grazie, Maestro! Cuántos desencuentros había evitado esta hábil dirección de actores (actrices, actriz). Cada pequeño esfuerzo se traducía en una inmensa recompensa. Las situaciones se habían dado, los hechos se sucedían. Nadie se había visto abocado a los laberintos de una solitaria noche en vela, todos esos callejones sin salida que a veces dibuja el ir y venir sobre una sábana.
Él, nuestro héroe, se plantó frente a la casa de ella, nuestra heroína, a una hora que desafiaba toda razón o lógica.
(A su favor diremos que era víspera de festivo.)
Ella, nuestra heroína, según lo pactado minutos antes por teléfono, bajó a su encuentro.
Él, nuestro héroe, la miró a los ojos sintiéndose un Madelman. ¿O era un gentleman? En realidad, maldita la falta que le hacía pensar en tales símiles.
Ella, nuestra heroína, le miró a los ojos sin comprender, por más que lentamente comprendía.
-¿Qué haces aquí? –quiso saber.
-Necesitaba verte.
-No creo que lo necesitaras de veras.
-Es posible que no. Hubiera seguido respirando. La sangre hubiera seguido corriendo por mis venas. Deseaba verte.
-No lo entiendo.
-No hay nada que entender.
-Apenas me conoces.
-...
(Él, nuestro héroe, sabía desconfiar de tales calibraciones gnósticas).
-¿Qué es lo que quieres?
-Un beso.
-¿Un beso?
(Ella, nuestra heroína, sabía enrojecer según dictan los cánones.)
-No. Quizá más de uno. Varios besos. Muchos. Alguna que otra caricia y toda tu piel y su reverso cuando sea posible. Y cuantas palabras quieras decirme. Abrazos los que consideres necesarios, no les he hecho nunca ascos. Y compañía, tu compañía, porque en verdad la disfruto. Y dormir a tu lado y despertarte con un mordisco en el hombro. Esas cosas. Pero no tengo prisa. Que se vayan dando. Lo del beso era por resumir.
-Me confundes.
-Pues dejémoslo en un beso. Dame un beso y tiremos de él, a ver qué sale.
-No puedo creer que...
-Shhhhh...
(Él, nuestro héroe, había visto muchas películas. Incluso había leído algunos libros.)
El dedo que él había colocado sobre sus labios, los de ella, nuestra heroína, fue apartándose lentamente. No hubo espacio para la duda en sus acciones. No hubo un triste “y si...” con que alimentar históricas inseguridades. Sus labios, los de él, nuestro héroe, cruzaron el espacio que separaba sus rostros con extrema lentitud. Ella, nuestra heroína, deseaba correr, pero deseaba aún más quedarse quieta.
Él cerró los ojos.
Ella abrió mucho los suyos.
Él encontró sus labios. Su suavidad le desconcertó brevemente.
Momento que ella aprovechó para sonreír hacia sus adentros.
A lo lejos, un coche atravesó la avenida vacía. Su conductor, soñoliento, pensó: “All happy piano players are at the Circus”.

miércoles, abril 13, 2005

La lírica nipona crea adicción

Y pocas veces había sentido tamaña identificación con un poema...

Wa ga yado no
isasamuratake
fuku kaze no
oto no kasokeki
kono yube ka mo

Yu saraba
yado ake makete
ware matamu
ime ni aimi ni
komu tou hito o

Otomo No Yakamochi (718-785)

PD: Desde el exterior de mi casa / sólo el débil, lejano sonido / de suaves brisas / que atraviesan las hojas de bambú / en el silencio del largo atardecer.
El crepúsculo por fin / llega: abro la puerta / y plácidamente / espero a aquella / que me reciba en mis sueños.

martes, abril 12, 2005

DEP

Pasado, presente y futuro. A menudo tan consensuada y cronológica ordenación se revela errada. Hay quien vive pensando únicamente en el tercer elemento, tal y como el primero es capaz de regresar con sorprendente violencia e inundar el segundo, aquel al que conferíamos carácter de realidad y al que, por tanto, creíamos poder aferrarnos en caso de emergencia. Los años de escuela constituyen un magma disperso, una base llena de fisuras sobre la que, no obstante, se asienta gran parte de lo que somos. Podemos haber odiado, haber permanecido indiferentes o haber tenido en alta estima a los encargados de nuestra formación, pero desde luego no estamos en condiciones de renunciar a la impronta que en nosotros dejaron. Sirvan estas líneas para reconocer la decisiva influencia que sobre un servidor tuvo Joan Brescó.
Quizá demasiado pronto descansa, pero hágalo en paz.


PD: Debía ser sexto o séptimo de EGB. Jugábamos a fútbol durante el recreo de la tarde y yo, como de costumbre, revoloteaba cual buitre sobre el área rival a la caza de alguna asistencia perdida. En eso el equipo contrario inició un rápido contraataque y un servidor, solidario como pocos, corrió cual poseso tras la pelota. Alguien llegó hasta la línea de fondo y sacó un pase de la muerte a la frontal del área. Justo por donde llegaba yo en estampida para asistir a la defensa. Tenía una sola opción, el gol prácticamente se mascaba. Me lancé con el pie izquierdo por delante. Impacté el balón. Lo introduje por toda la escuadra de mi propia portería. Brescó, que vigilaba aquel patio y sin duda había llegado tarde a la jugada (o por lo menos ignoraba quién integraba qué equipo) estalló en aplausos: "¡Vaya golazo, Milo, vaya golazo!" Aunque la ausencia de celebración por mi parte le debió hacer intuir que las cosas no eran tan simples como pintaban. No suelen serlo, ¿verdad?

Los poemas de Sonam Gyarma II

Hombre que vivía la intimidad con particular humildad, con la idea de que la propia experiencia no dejaba de ser anecdótica y que, por tanto, debía ser despojada de sus principales detalles para una acertada transmisión, Sonam Gyarma jamás abundó en la narración de su historia con Sheslia; al contrario, buscó prescindir de contextos y de situaciones, eliminó lugares y fechas, recurrió con frecuencia a enojosas generalizaciones que sólo la fuerza de su poesía lograba trascender. El hecho de que marchara a Occidente, abandonando a su familia y amigos –pero también el marco en que se desarrollaban sus recuerdos junto a ella, la constante presencia de su ausencia-, invita a humanizarlo: en una época de idealización de diferentes culturas orientales, principalmente a cargo de una clase medio-alta lúdicamente dotada para la búsqueda filosófica y/o de auto-realización, Sonam Gyarma se nos aparece capaz de los mismos errores que cualquier adolescente –o no tanto-, en cualquiera de las calles de cualquiera de nuestras ciudades. Extraño resultaba el carácter de sus intenciones, una vital amalgama de primordial sabiduría tibetana e insospechada ingenuidad personal, la variedad de estados en que se mostró ante nosotros. Quede claro, por tanto, que la intención de este escrito dista mucho de la mera exaltación del personaje; persigue la introducción establecer ciertos parámetros para la mejor comprensión de los Poemas, claves que acompañan toda obra poética, en tanto que cifrada, a comentar.
Sonam Gyarma llegó a París con cuarenta y tres años recién cumplidos; sabemos que Sheslia Madpa contaba trece menos, que su relación se prolongó a lo largo de seis años y medio con una primera separación de seis meses tras los primeros dos; sabemos que hubo entre sus familias diversos roces, si bien éstos no tuvieron especial relevancia en el traumático final; sabemos, por último, de la especial personalidad de ella, de la expresividad, sinceridad y sencillez que tan a menudo Sonam Gyarma exaltaría con la consiguiente, casi inevitable idealización que por la condición infantil presentan muchos de sus poemas. Pero al igual que a menudo repetimos un nombre con hipnótica cadencia, renunciamos a su contenido en pos de la magia relativa al signo, tal y como una fotografía en concreto nos puede abocar a uno o decenas de recuerdos necesarios, imprescindibles en el interminable lapso de un segundo, Sonam Gyarma volvía la vista atrás para revelar un todo de bordes indiscernibles, arqueaba la memoria su entrecejo como si algo en su interior pugnara por separar palabras, contextos, lugares, imágenes y sueños de otras palabras, contextos, lugares, imágenes y sueños –quizá la distancia que había, que siempre hubo, entre los que a él pertenecían y los que ella había escogido para abandonarle.
Era Sonam Gyarma hombre de sueños que solía, tras la jornada laboral, sentarse entre nosotros para rememorarlos, y poco importaba que hubieran acontecido la noche anterior o varios meses atrás; sólo de ese modo nos permitió conocer detalles referentes a su infancia, a la casa familiar y al exigente carácter de su padre. Precisamente, cierta compañera habitual a estos encuentros, aún admitiendo haber desarrollado un interés emocional por Sonam Gyarma, manifestaba con pretendida objetividad que muchos de los sueños referidos aún no habían tenido lugar, que más que soñados habían sido anticipados: tal era su capacidad de sugestión. Por otro lado, quien en base a la experiencia onírica pretenda historiar debe saberse a merced de la inexactitud; por mucho que luchemos contra ello, en definitiva sólo los Poemas deben hablar por si mismos, el que no cejemos en la intención de enmarcarlos debidamente, la contextualización es un rasgo cultural prácticamente ineludible pero etéreo, quizá fútil.
¿Por qué escogió Sonam Gyarma París como destino de su exilio? Bromeara o no al respecto, quienes le conocimos coincidimos en señalar su explicación como causa altamente probable: un hombre como él siempre se sentiría atraído por la ciudad que presentara el epígrafe de “de la luz”.


Soy un camino de tiempo
devorado por el tiempo,
soy un camino de arcilla
moldeado por sus manos:
parto del mañana en busca de su caricia
parto de su caricia en busca del mañana.
* * *
En esta tierra de engaño
seré fatuo,
mas cuando a mis oídos llegue una voz sincera
sabré reconocerla
descansaré a la sombra de su hablar.
* * *
Cada vez que te alejas
bajo al mar y pido consejo a las olas;
cada vez que te alejas
la marea se desvanece
en fragmentos de tu recuerdo.
* * *
El verdadero amor es un lago calmo.
¿Cómo serle infiel a un lago
cómo renunciar a un lago
cómo olvidar un lago
cuando la naturaleza te lo ha puesto delante?
Eres una maestra del engaño.
* * *
Esa música que llena mis oídos...
¿Quién la ha escogido para mi?
* * *
Se ensucian mis manos al escribir
(nunca al pensar),
he ahí la verdad de mi compromiso:
simples manchas de tinta.
* * *
Cuando miro a occidente
me sorprende su calidez,
cuando miro al hogar
echo de menos su austeridad.
* * *
Numerar los días
numerar las horas
(como si el tiempo
no fuera una emoción).

lunes, abril 11, 2005

Hitchcock 1 - Chabrol 0

Sin duda hay otros mundos, y desde luego están en éste. Que confluyamos con ellos es mera cuestión de azar. Si uno tiene suerte, jamás sabrá de la rabia homicida de los asesinos en serie más que a través de los periódicos o de la pantalla de cine: la sangre no le salpicará, podrá vivir tranquilo. En paralelo, al otro lado del espejo, si uno no se deja tentar por el Destino difícilmente tendrá acceso a esas tierras de nadie donde realidad y fantasía protagonizan su diaria escaramuza, donde en ocasiones la imaginación triunfa y pone patas arriba el orden establecido. Pero no es de tales magias que quiero hablarte, lector crepuscular...
Alfred Hitchcock, maestro del suspense y tal y tal, definió como nadie (hasta la llegada de David Lynch) el proceso de que se sirve lo tenebroso para infiltrarse en nuestra inocente cotidianeidad. Conocedor de que “lo normal” presenta componentes dictatoriales en lo que a su proyección sobre el espectador se refiere, el británico cineasta solía justificar “lo anormal” de sus guiones delimitando una suerte de tiempos muertos argumentales. Me explico: Janet Leigh roba una suma de dinero a su empresa y se lanza a la carretera, sabedora de que tiene todo el fin de semana para poner tierra de por medio antes de que su jefe descubra el asunto. Sábado y domingo son el limbo del que la ambiciosa secretaria se sirve para cometer su fechoría con visos de éxito, pero a su vez representan la rendija a través de la cual la muerte se colará en su ducha. Leigh acaba asesinada en el Motel Bates no como castigo a su crimen, sino a raíz de la mucho más inocente decisión de abandonar lo usual y, en vez de irse al cine con una amiga, apostar por lo desconocido. El James Stewart de La ventana indiscreta es testigo de un asesinato por culpa del (prolongado, monótono, exasperante) periodo de reposo a que le obliga una lesión en la pierna. Y podríamos convenir que, en De entre los muertos, el trauma derivado de la secuencia inicial se va repitiendo a lo largo del metraje, y que esos ecos fantasmales que arrebatan a Stewart del sentido común garantizan una cierta credibilidad a situaciones por otro lado francamente descabelladas. El viaje, la enfermedad y la alucinación, entre otros “accidentes”, son premisa sine qua non que expone a los personajes y les enfrenta a cuanto sucederá a continuación, sea una charla en tren donde acabas pactando un doble asesinato con tu vecino de asiento, sea una rebelión homicida por parte de la fauna voladora local. Toda vez perdidos los horarios y demás referentes propios de la monotonía, el espectador ignora a qué asirse y se ve abocado a aceptar casi cualquier extrañeza.
El caso es que soy penosamente consciente del buen hacer hitchcockiano tras visionar La Demoiselle d’honneur, apenas correcta adaptación de una novela de Ruth Rendell que ha llevado a cabo don Claude Chabrol. Da la impresión de que, pese a sus muchas tablas en el más negro género, Chabrol sacrifique la lógica intra-narrativa por prestar mayor atención a su también recurrente obsesión por flagelar los usos y costumbres de la burguesía. Philippe (Benoît Magimel) lleva una existencia del todo ordenada hasta que conoce, en la boda de su hermana, a la dama de honor Senta (Laura Smet). Nace entonces el amour fou entre los dos pero, si bien ella se había mostrado tirando a peculiar desde el principio, el proceso que debe conducirle a él más allá de la razón jamás queda establecido. Lo intenta Chabrol a través de la fascinación del chaval por una estatua llamada Flora, pero tan petrofílica relación acaba, más que nada, sumando nuevos interrogantes a la ecuación. Quizá un tiempo muerto, una tierra de nadie que arrebatara a Philippe de su estricta dedicación laboral y familiar, nos hubiera permitido creer en la evolución del personaje. No sucede así, y las turbias aguas que prometía La Demoiselle d’honneur acaban apenas en marejadilla.
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jueves, abril 07, 2005

21st Century Love Story

Pornografía, del griego “pornea” (fornicio, prostitución) y “graphia” (escritura). Por tanto, escribir sobre la fornicación, sobre el “ayuntamiento o cópula carnal fuera del matrimonio”. No hallo en esta etimológica revisión un componente básico del sentido moderno de “pornografía”: la explicitud. ¿Es 9 Songs, pues, una película pornográfica? Sí según la acepción clásica, ya que no consta que las diversas uniones físicas entre Kieran O’Brien y Margot Stilley se hayan producido en el seno del sacramento matrimonial. Sí según el sentido contemporáneo, ya que tales uniones son narradas con todo detalle. Y sin embargo…
9 Songs no deja de representar una aproximación poco convencional a un tema ciertamente tradicional, el del auge-decadencia-caída de una pareja. Estructurado en base a nueve actuaciones musicales, el film se limita a invertir los esquemas habituales de este tipo de historias: el sexo omnipresente se convierte en motor de la acción, mientras que el elemento de contraste, la típica secuencia de alcoba, se da aquí en exteriores, con los protagonistas completamente vestidos y sin que se produzca el menor intercambio de fluidos entre ellos. 9 Songs complementa, pues, la “love story” de toda la vida; la coge de la mano para, con una sensibilidad inédita en el terreno de la exhibición genital, transportarla de golpe al siglo XXI. De paso, Michael Winterbottom devuelve a la tierra un género tradicionalmente asociado a los pechos insultantemente recauchutados, al pene de veintipico centímetros y al gemido dislocado. Y el resultado es nada más y nada menos que cine. Esto es, movimiento. Esto es, cuando las cosas se hacen bien, emoción.
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Los poemas de Sonam Gyarma I

Al abandonar su tierra por una mujer, Sonam Gyarma avanzó en sentido contrario a las agujas del reloj cultural de la mayoría de sus contemporáneos. En una época en que las mentes más abiertas, las personalidades más reconocidas dirigían su atención hacia Oriente en busca del conocimiento que la paranoia occidental les negaba, este hombre pequeño, de mirada poco severa, con aspecto de constante interrogación, encaminó sus pasos hacia el corazón del tumulto, buscó la clave de sus sentimientos en el ojo mismo del huracán. Siente uno la tentación de ilustrar cada frase de este instintivo prólogo, redactado a la sombra de lo que le sigue con la insoportable impresión de haber olvidado tantos hechos y emociones, de cuando menos haber obviado voluntariamente muchos de ellos en aras de la concreción… siente uno la tentación de ilustrar cada frase, digo, con alguno de los cientos de pequeños poemas que su visita nos legó. Sonam Gyarma escribía de forma compulsiva, lo que hacía dificultoso mantener una conversación con él. La distancia a la que se encaminaba cuando las palabras acudían a su mente –y las palabras acudían a su mente con asombrosa fidelidad-, contradecía la cercanía de sus rasgos, se abstraía su interés en un instante y por completo, como si algo en su interior regresara a la lejanía en que había nacido y había sido criado para extraer de ella una nueva y sutil respuesta. Se podrá aquí objetar que el mesianismo es deporte nacional en el Tíbet, afirmación que realizo con afecto y paciencia; sea como fuere, la fuerza de cuanto Sonam Gyarma escribía, la sencillez de sus opiniones respecto a los más afilados temas de actualidad, todo cuanto transmitía invita a prescindir de prejuicios nacionales, a dejar de lado ese otro gran deporte propio a nuestra cultura, el cinismo, para sumergirnos en la calidez de su obra literaria. Sirvan estas páginas introductorias y los versos que las invitaron a nacer como marco de entrada a una cultura de la que Sonam Gyarma jamás pretendió escapar; al igual que tantos otros en sus antípodas, Sonam Gyarma sólo quiso huir de sí mismo.


Rompe un espejo y en él te verás diez veces
recoge un pedazo para verte una única vez
pero con los demás
no seas espejo roto ni fragmento
sino la imagen que tu cuerpo proyecta hacia dentro:
espíritu.
* * *
Si cortaras una hoja
de aquel árbol al que da el sol
no tendrías árbol
ni tendrías sol,
sino la mano verde
y la mirada entristecida.
(Tal es la nostalgia
que me acecha)
* * *
Soy de arena,
no de arena que pueda llevarse el viento
sino arena de la playa:
una, ondulante
hermana del agua.
* * *
Como la cera de una vela
me derramo junto a ella,
como el cuenco del candelabro
me recoge con ternura,
mas para ser yo de nuevo
requiero de frío, tiempo y distancia.
* * *
Son los ojos de la mujer pozos de agua helada:
sacían la sed
pero congelan mis heridas.
Aún al sol de tu abrazo,
necesitaré regresar a la soledad.
* * *
Tu ausencia se eleva como la montaña más alta:
frío, me falta el aire, no avanzan mis pies...
Pero una vez alcance la cima
seré dueño de cuanto me rodea.
* * *
En la noche tus palabras me confunden
(dulce confusión),
en la mañana el sol me aturde
(dulce claridad).
* * *
Creo recordarme de ayer
(si bien ayer no dije lo mismo);
creo recordarme de mañana
(si bien mañana no diré lo mismo).
Hoy no debo olvidarme.

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Sonam Gyarma en una fotografía no fechada.

miércoles, abril 06, 2005

Los trece de Juan Pablo II

Pocas distancias más saludables que la establecida en algunos países, padres de la democracia ellos, entre manejo del estado y uso de la religión. Las banderas francesas ondean a media asta en señal de respeto hacia el Papa muerto, y voces no menos francesas claman que dicha medida atenta contra la ley de exhibición de símbolos religiosos. Con razón, posiblemente: la niña que se ve obligada a desprenderse del chador para acceder a una educación tiene derecho a protestar si las instituciones que la representan incurren en ese mismo religionismo que a ella le prohíben. ¿O se trata de una mera demostración de respeto? En tal caso, ¿es Wojtyla merecedor de dicho respeto? Y, de serlo, ¿lo sería estrictamente en cuanto Papa o por su desempeño como tal?
Aquí dedica El Mundo su fotografía de portada a los diputados de nuestro Congreso que optaron por no ponerse en pie durante el minuto de silencio acordado ayer por la cámara: una parlamentaria del PSOE, tres del PSC, seis de ERC y tres de IU. Los rojos, vamos. O “los trece de Juan Pablo II”, como quizá se les conozca a partir de ahora. Hombres y mujeres que cuando acceden al hemiciclo sacrifican parte de su individualidad para convertirse en símbolos, representantes de aquellos que les votaron. ¿Deben sacrificar por ello sus más íntimas convicciones? Declara Joan Tardà, de Esquerra, que “un minuto me parece excesivo”. Un minuto frente a toda una vida... No, Joan. El minuto está bien. Sólo que quizá debería haber tenido lugar en otro ámbito, en un contexto menos oficial, que al Congreso se va a trabajar. ¿No hay por ahí una capilla, multiconfesional, ya que estamos? ¿Cruzarse la calle hasta una iglesia cercana? De una vez por todas convendría devolver el culto a la privacidad más absoluta. ¿O nos pondremos masivamente en pie cuando fallezcan el Dalai Lama y el Gran Patriarca de Todas las Rusias? ¿Se guardó acaso un minuto de silencio cuando la muerte de Copito de Nieve, principal símbolo zoológico de la Barcelona olímpica? Para muchos este Papa no era más que eso (y creo que le debo la analogía a un viejo editorial de Rodrigo Fresán en el rotativo argentino Página 12): un tipo sempiternamente de blanco, encerrado tras los barrotes de una institución, cuyas palabras nos resultaban ininteligibles, que en efecto nos caía simpático, pero al que no hubiéramos invitado a comer a casa. Bien por los trece de Juan Pablo II, pues. Por no abandonar su puesto de trabajo.
Por no caer en la irrespetuosidad. Pero también por su ejercicio de laicismo.

PD: Los funerales de Wojtyla obligan a que la principesca boda entre Charles y Camilla se retrase veinticuatro horas. Y la ceremonia civil se fija a primera hora de la mañana del sábado, porque otras tres parejas (plebeyas ellas) tienen alquilado el ayuntamiento a partir de las doce. Charles madrugará porque en Inglaterra el futuro rey y un John Smith cualquiera tienen idénticos derechos a la hora de casarse, porque allí la razón de estado y un contrato de alquiler pueden llegar a valer lo mismo. Ay, Charles, si hubieras dejado la organización del evento en las escoriales manos de nuestro Aznar

lunes, abril 04, 2005

Wojtyla bye bye...

La gente se muere. Los octogenarios, más. No veo por qué este Papa iba a ser menos. El sábado por la noche, hasta cinco canales de televisión emitían en directo desde San Pedro. La noticia se había dado a las 21:37. Un buen documental hubiera sido de agradecer. Pero todos ellos optaron por entregarse a una sesión de luctuoso onanismo, las lágrimas de los fieles a modo de insistente eyaculación. Respeto su dolor, pero no creo que tenga la envergadura como para justificar tamaño asedio informativo. El Papa ha muerto. Vale. Añadir que, si las decisiones fueron suyas, le pudo la soberbia del mártir. Y si en efecto se le rebatió la posibilidad de una jubilación no-tan-anticipada, lamentar que no expirara en un chalet con vistas a la primavera polaca. Las buenas noticias, que fue un Papa trabajador, viajero y voluntarioso. Las malas, que fue Papa, símbolo principal de una institución anacrónica cuyas arbitrarias consignas siguen anclando a mil millones de creyentes a un pasado mítico y un presente neoplatónico de negación de la materia y, por tanto, de la vida misma.
Sentado lo cual, la pirueta: me parece fantástico el acuerdo alcanzado por los tres capos religiosos de Jerusalén al alinearse contra la celebración de un desfile gay en la ciudad santa. Dicho festival se ha venido celebrando sin mayores problemas en otras urbes de Israel; trasladarlo a los aledaños del kilómetro cuadrado más espiritual del mundo es un rizar el rizo tan exhibicionista como innecesario. La flagrante homofobia de los cultos monoteístas no disminuirá confrontando zapatos de plataforma y plumíferas boas a las barbas ortodoxas. Tampoco es de recibo la amenaza bíblica (“podría correr la sangre”, sostuvo alguno de los tres iluminados), pero incluso las posturas más retrógradas deben ser respetadas en la intimidad de sus iglesias / sinagogas / mezquitas.