viernes, mayo 13, 2005

Götterdämmerung

La Fortaleza de la Soledad. Así bautizó Supermán su refugio ártico, como si la condición de Hombre de Acero en un mundo de carne y hueso no fuera ya motivo de suficiente aislamiento. No recuerdo qué contemporáneo deconstructor de la mentalidad del súper-héroe, quizá Kevin Smith (*), observó la pobre opinión de Supermán para con la humanidad. Clark Kent sería a sus ojos el terráqueo tipo: patoso y desgarbado, una suerte de mascota inútil a la que solamente toleramos porque nos cae simpática. Le caemos simpáticos, por eso nos salva. Por eso, porque no le cuesta gran cosa y porque nobleza obliga, claro. Y, cuando está hasta las narices de nuestro mundo de rateros y psicópatas, se escapa al Polo Norte en busca de la Soledad Absoluta. Allí, reflejado en las imponentes masas de hielo, se reconoce tal cual es: el sueño pre-mortem de un genio llamado Jor-El. La fantasía última de Nietzsche despojada de romanticismo. Porque Supermán jamás escribiría un poema. Supermán, en cambio, sería un excelente corrector de estilo. Supermán es la perfección. Su cerebro, al igual que su músculo, es de una pieza. Jamás duda. La clausura para él es una obligación que cumple no ya con gesto marcial, sino con satisfacción incluso. Supermán, de por sí oculto los días hábiles a la sociedad de los hombres, pasa las vacaciones como el Supremo Anacoreta que es.

Por su parte, la distancia se tiñe de misantropía en Batman, un héroe que por demasiado humano no sabe encontrar simpático al género humano. Batman no lucha desde el deber, sino desde la rabia. En ella radica su disciplina, de ella brota su fuerza. Engullido por un trauma infantil, Batman es la identidad real del farsante Bruce Wayne. Batman quiere creer que, caso de que el crimen y la muerte no se cruzaran constantemente en nuestro camino, todos podríamos llegar a ser millonarios de sonrisa Profidén y mandíbula cuadrada, hombres y mujeres de bien que dan fiestas de alto copete y que apadrinan niños del tercer mundo. Batman odia al maleante, claro. Pero también desprecia a la víctima. Por su debilidad. Por no ser como él. Por no ayudarle en su Cruzada. Y siente repugnancia por sí mismo. Por ser lo que es. Por no tener nada más que su Cruzada. A la hora de recluirse, Batman se sumerge en las entrañas de la tierra. De su subconsciente. Busca la oscuridad total de la Batcueva, no le gusta la imagen que le devolvería el espejo. Batman es una criatura de Jean Genet, el homosexual resentido y reprimido, blasfemando a gritos desde el interior del armario, dispuesto a abandonarlo para contagiar su dolor. Batman quiere dudar pero no puede permitírselo. Batman sigue adelante porque no encuentra ningún otro lugar al que ir.

De ahí, de todo ello, el acierto de Frank Miller al oponer a uno y otro en las páginas de su legendario El regreso del Señor de la Noche. Batman ha cruzado la raya de la psicopatía. Supermán lucha de incógnito al servicio de los intereses imperialistas de Ronald Reagan. Batman se convierte en una amenaza para el statu quo. Supermán se debe encargar de erradicarlo. ¿Tiene alguna opción un simple murciélago ante la fuerza más poderosa de este universo? La respuesta es sí. De algún perverso modo, cuando los dioses se revuelcan por el lodo es el más cercano a aquella bajeza, el más terreno, quien prevalece.

Levanta la vista hacia el cielo, lector crepuscular. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Supermán, que vuela lo más lejos posible de nosotros. Siempre por encima, siempre en otra dimensión. Mira ahora a lado y lado. Detrás de cada mueca hay un Batman en potencia. Todos, absolutamente todos podemos llegar a ser Señores de la Noche. Tiempo ha que aprendimos a caer.

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(*) Me recuerda el amigo Graps que esta interpretación se la debemos a Quentin Tarantino, autor del guión de Kill Bill 2, y no a Smith.

miércoles, mayo 11, 2005

El juego de los muertos

Mientras Alemania sigue purgando su pasado genocida con un monumento tan dudoso estéticamente como moralmente interesante, nuestro Mariano Rajoy regresa a las cavernas del PP y, saltándose pactos antiterroristas varios y cualquier asomo de decencia política, lanza un envite de sangre y vísceras en la mano por recuperar el liderazgo de su partido y, si cae, la presidencia del gobierno. José Luis Rodríguez Zapatero "ha traicionado a los muertos de ETA", señala. Aunque deleznable no es mala táctica la demagogia a vueltas con el terrorismo, que se lo pregunten si no a José María Aznar. Rajoy no presenta en su currículo el plus de haber sobrevivido a un atentado, pero es sabido que la porquería bien esparcida siembra dudas y obnubila percepciones. Claro que una cosa son los GAL y otra casi cuarenta años de despedazamiento y tiros en la nuca. Parece que el amigo no ha aprendido del 11-M, ignora aún que con los muertos no se juega. Y ahí lo tenemos, mentando a las víctimas con fines eminentemente partidistas. Él, que nunca ha sido ni será verdugo, comienza a sembrar de losas el futuro de su conciencia.

La memoria es una losa

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2711, concretamente.

lunes, mayo 09, 2005

Famous last words

"Si no vamos a llegar a ninguna parte, ¿para qué seguir avanzando?".
Tales fueron las últimas palabras de Sonam Gyarma instantes antes de despeñarse por uno de los desfiladeros del Manaslu. Pero no entraré a discutir la posibilidad de un suicidio. Quien conociera a Sonam sabrá a la perfección que todo género de violencia (y especialmente la que uno puede ejercer contra sí mismo) distaba años luz de su carácter.
A continuación reproduzco la última instantánea de mi amigo. Ahí lo tienes, lector crepuscular, escoltando a dos conocidos de nuestro círculo parisino que habían aceptado sus reiteradas invitaciones para visitar el Tíbet (el Manaslu pertenece en realidad a Nepal, pero era una de las cumbres preferidas de Sonam). La foto fue realizada el pasado 23 de abril por Jean-Claude Rigadeau, y a unos cincuenta metros a la espalda de Sonam podemos ver a Nadia Rigadeau.

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viernes, mayo 06, 2005

Dormir, tal vez hablar

Cuando de veras has dormido acompañado, eres consciente de lo bien que se duerme solo. Cuando de veras has dormido solo, echas de menos la incomodidad de dormir acompañado. La posibilidad de tender puentes de piel a piel para cruzar la noche con garantías. Es quizá la mayor de las intimidades, la prueba definitiva: no te ruborices, lector crepuscular, si confieso que renuncié a alguna relación altamente satisfactoria en lo físico por no sentirme capaz de dormir al lado de esa persona.
En cierta ocasión, una amiga me sugirió que solventara las emergencias abrazándome a un cojín. Pero yo ya sabía de lo efectivo de tal solución cuando tu subconsciente se presta a dejarse engañar por una mera disposición de los brazos. Y, desde luego, los cojines no hablan.
Hay noches en las que todo cuanto necesitas es una voz a tu lado. No una voz cualquiera, eso ya lo sabemos. Y, porque el dormir esconde la mayor de las intimidades, te muestras dispuesto a cambiar de escenario, a renunciar a la tibia complicidad de la inconsciencia. Una cerveza en un bar serviría. Sin ánimo de grandes confesiones, simplemente un encauzar la oscuridad con dos o tres anécdotas y opiniones intrascendentes. Alguna broma privada, como mucho.
Pero quién eres tú para reclamar la voz y la mirada de otra persona. No, sin duda reclamar no. Ni, en el otro extremo del espectro emocional, suplicar. Sugieres, si acaso. Y cruzas los dedos.
Y puede perfectamente suceder que la noche jamás te dé respuesta.
Así que, en el mayor de los silencios, procedes a meterte en la cama. Cómodamente solo, el estado que nos resulta más natural. No es ningún drama. Habrá muchas como ésta. Pero, con razonable disimulo, echas de menos el tender puentes de piel. Y todas esas simples palabras que no has podido lanzar, todas aquellas que no has logrado escuchar... Bueno, de algún modo permanecen ahí. Flotan a tu alrededor. Son las sombras que se proyectan contra el techo de la habitación.
Tan sólo quieres dormir, y en verdad duermes tan solo...

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To dream the impossible dream...

jueves, mayo 05, 2005

Ética balompédica

No he podido ver las imágenes, hablo de oídas (o, en honor a la exactitud, escribo de leídas). Fue durante el Werder Bremen-Arminia Bielefeld del domingo pasado. Miroslav Klose, delantero del equipo de casa, entró en el área rival y se fue al suelo ante la entrada del portero Matthias Hain. El árbitro, Herbert Fandel, marcó el punto de penalti. Y aquí las versiones difieren. Según El País de este martes, Fandel fue llamado a consultas por su juez de línea y, toda vez sembrada la duda sobre lo justo de la señalización de aquella pena máxima, acabó preguntando directamente a Klose si Hain le había derribado. Y el jugador contestó honestamente que no. Otras fuentes rezan que fue Klose quien desde el principio intentó sacar al colegiado de su error, que incluso corrió hacia él para indicárselo. Sea como fuere, Fandel revocó la decisión inicial y mandó reanudar el juego con un bote neutral. El resultado era de 0-0, y el Werder Bremen tenía sesenta minutos para obtener un triunfo imprescindible a la hora de seguir optando a una plaza europea. Si añado que el partido acabó 3-0 y que Klose firmó uno de los tantos, ¿estaré sugiriendo que su buena acción obtuvo debida recompensa?
Nada más lejos de mi intención.
Así que citaré un segundo caso de ética futbolera acaecido durante la misma jornada y mucho más notable si cabe. El Eibar se jugaba sus opciones de ascenso a primera en el estadio del Lleida. Con 1-1 en el marcador y ya en el minuto 92 de partido, el joven David Jiménez Silva (19 años) se encontró solo en el área, cara a cara frente al cancerbero local. Y, al entender que tan privilegiada posición se debía a la lesión de uno de los defensas, en aquel momento tendido sobre el césped, lanzó el balón fuera. El encuentro terminó con empate y es bastante probable que el Eibar no suba esta temporada a la división de honor.
El caso es que tanto Klose como Jiménez Silva antepusieron su personal sentido de la justicia al interés corporativo, algo que los medios han ensalzado bajo la etiqueta de "fair play" pero que se me antoja flagrantemente erróneo. Porque los árbitros se equivocan bien sin mirar a quién, y la balanza suele equilibrarse tarde o temprano. Y ningún equipo del mundo se desprenderá de uno de sus jugadores para competir en igualdad de condiciones si has realizado los tres cambios y se rompe uno de los tuyos. ¿O acaso hay una medalla especial para el marathoniano que desfallece a un quilómetro de la meta, para la gimnasta que sufre una contractura durante las finales de suelo? Todo ello son gajes del deporte, y lo del juego limpio dista bastante de tales ejercicios de vanidad personal, me temo.

Sorbiendo, como quien no quiere la cosa...

Mientras me llueven sugerencias sobre cómo titular una hipotética segunda parte de Sorbed mi sexo (Rasgadme el himen si opto por un femenino punto de vista; Con la boca llena no se habla / ¿Quién te ha dicho que pararas? caso de permanecer fiel a Boissel), aparece en www.dosdoce.com la primera crítica al libro. Crítica que procedo a reproducir aquí con ánimo menos vanidoso que testimonial y celebratorio:

"Ni siquiera sabemos si es biografía, patraña o novela. Así nos preparan, desde la contraportada del libro, para lo que vamos a encontrar en sus páginas. Y lo cierto es que el relato pasa por momentos que aseguraríamos que responden a una biografía real y por otros donde brilla claramente la imaginación del autor.
Un periodista, encarnado en el libro por el propio autor, lo que potencia la veracidad del relato, decide escribir la biografía de Paul Boissel, célebre cocinero francés fallecido en 1992, famoso tanto por lo exquisito e innovador de sus platos como por su extravagancia y las connotaciones sexuales de su cocina. Obsesionado con el sexo, se nos revela como un poeta y filósofo de su propia vida, escribiendo en sus "Cuadernos" sus pensamientos, sentimientos, temores y teorías. Su obra está plagada de metáforas, al igual que su cocina. Serán famosas sus "comidas sexuales", cargadas de simbolismos, que sirve en su pequeño y famoso restaurante "La Chatte", al que acude el París con intención de estar a la última, así como personalidades y políticos extranjeros (por allí pasarían Franco y el rey Juan Carlos), además de escritores, actores, músicos, pintores y artistas en general.
Diseccionando su vida sexual y su propia existencia (nueve años de carne, diez años de pasión,…) y utilizando cuatro personajes metafóricos (Cristo, Hitler, el biógrafo y el payaso) para establecer diferentes formas de pensar y posturas ante la vida, Boissel decide buscar la redención; para ello, analiza desde varias perspectivas su pasado, presente y futuro e intenta liberar culpas con el fin de acallar la conciencia, llegando a la conclusión de que la solución a todos sus males se encuentra en la amputación de su propio pene.
En el libro se establece una comunión entre periodista y cocinero; el espíritu del segundo va apoderándose del primero, de manera que a veces es difícil diferenciar quién es quién. El relato concluye con una recreación del cierre del restaurante al más puro estilo de "El Club de la Comedia" donde Boissel, sobre el escenario en "La Chatte" y con un foco iluminándolo, se despide de sus clientes y amigos, incluso del biógrafo Krmpotic, allí sentado, y tras repasar anécdotas e historias da por concluida la vida del local y la suya propia.
Milo J. Krmpotic nos acerca a través de una interesante labor de investigación al personaje del cocinero Boissel. La estructura del libro nos trae a la memoria El libro de las ilusiones, de Paul Auster, y aunque en el que nos ocupa se echa de menos una mayor profundización en los personajes principales, se ve compensado con la faceta de escritor de Boissel que compite y se complementa con el propio trabajo de Krmpotic. Ciertamente original es la cronología sobre la vida y los hechos de Paul Boissel que aparece al final del libro. Real o ficticia, es lo de menos. Una obra elegante, interesante y bien escrita
."

martes, mayo 03, 2005

Devoción y muerte: la carne en Lucian Freud

Cincuenta años de edad separan a los dos modelos de El pintor sorprendido por una admiradora desnuda. Y alberga uno la intuición de que, al margen de las notabilísimas virtudes estéticas y conceptuales del lienzo, es dicha anécdota la que ha alimentado la rabia (falsa, siempre con fines estrictamente comerciales) de la prensa amarillo-británica. Lucian Freud, el pintor, cuenta 83. Y ahora sabemos que la admiradora desnuda responde al nombre y rasgos de Alexandra Williams-Wynn, una mujer hecha y derecha de 32. Imposible por tanto comulgar con los titulares que, desde las islas, clamaron contra el cuadro en cuanto “apología de la pederastia”. Pero sí, quizá, podríamos escarbar ligeramente en la vertiente menos pueril del profundo malestar generado por la obra en esta sociedad occidental que, por haberlo visto todo, se suele creer a salvo de la influencia del arte.
Nada hay en El pintor sorprendido… que resulte novedoso en la trayectoria de Freud. El estudio es el de tantos otros retratos: tablones de madera, sábanas retorcidas por el suelo, un magma pictórico que brota tridimensional de las paredes… Y mucho menos destacaremos la presencia del desnudo o lo macilento (cuando no corrupto) del tratamiento de la humana carne. Ahora bien, prestemos atención a los actores. Él, completamente vestido, parece en disposición de pintar, eleva el brazo derecho en dirección al cuadro y gira tres cuartos la cabeza, quizá buscando el reflejo de un espejo situado fuera de campo, quizá molesto al verse distraído (“sorprendido”) por ella. Ella, completamente desnuda, se aferra a una de las piernas del artista; sentada tras él, parece atraparlo entre sus rodillas mientras, con gesto de libidinosa devoción, lanza una mano como a la caza del genital masculino. Ambos se hallan situados en el centro mismo de la composición, pero a una irrazonable distancia del espectador. Ecos de Las Meninas, el artista que se cuela en el retrato y reclama con radical modernidad su cuota de protagonismo creador. Pero no hay aquí infantas y mascotas que rellenen la escena: pintor y modelo parecen extraviados; ceden gustosos el primer plano a una silla alta, el segundo al cuadro dentro del cuadro, se conforman con ese tercer nivel lleno de dudas. Porque la vacilación y el enfrentamiento brotan incómodos. El vacío del tercio inferior frente al amasijo de la superficie restante. Las actitudes contrapuestas y la tensión sexual que de ellas se deduce. Todo cuanto separa a Freud de su “work in progress”: no sólo un espacio imposible de atravesar cuando alguien te sujeta la pierna, también una silla tan violenta en sus colores como dueña de agresivas diagonales.
El nieto del padre del psicoanálisis se las arregla para contarnos de modo perversamente original una historia recurrente, tan antigua como la humanidad misma. Adán y Eva. El cuerpo femenino y la devoción eléktrica cual manzana. La inútil protesta de un hombre que se sabe apartado de su deber: la taza con pinceles que se tambalea, el pecho hinchado que contra toda lógica se cuela entre los listones y travesaños del asiento. Claro que Freud consigue al fin rematar la faena, ahí está, expuesta en la National Portrait Gallery de Londres. Pero es una gloria efímera. Una suerte de punto y aparte. Un testamento. Frivolidad y estulticia al margen, El pintor sorprendido… nos produce desazón en su inclemente retrato de la amargura erótica y la omnipresencia de la muerte. Intelectual pero directo a las entrañas, nos enfrenta a un Eros que corretea bajo la sombra de Thanatos. La carne que nos da la vida es la misma materia cuya corrupción nos borrará de este mundo. Tal es la dicotomía a la que Freud ha dedicado casi toda su carrera. Tal es la espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas. Y, puesto que a nadie le gusta que se lo recuerden, de repente el artista se vuelve imprescindible.
Una vez más. Quién lo iba a decir, a estas alturas del partido…

sábado, abril 30, 2005

Jammin'

Tres días, treinta y siete páginas. Ando reescribiendo El tiempo de los sueños, mi tercera novela juvenil. En su momento fue rechazada por La Galera (editora de las dos anteriores) por su temática fantástica. Buscaban costumbrismo adolescente, me dijeron. O algo por el estilo. Hoy, seis años más tarde, parece que El tiempo... encontrará acomodo en un interesante sello del Grupo Planeta. Me gusta la atención que han prestado al texto. Me gusta el trabajo de edición que han desarrollado, que me marquen los puntos débiles, que me inviten a mejorar. Así que intento mejorar. Y reescribo.
Reescribir es lo más cercano, en términos literarios, a la improvisación musical. Hay una base, aquello que reza la página, que sigues fielmente. Hasta que, de repente, comienzas a corregir la puntuación. Alteras un adjetivo que no acaba de funcionar. Borras uno de esos adverbios que ralentizan la narración. Y, antes de poder darte cuenta, estás volando. Pueden ser dos, tres frases las que añadas de una tacada (si la cosa llega a un párrafo entero, relees una y otra vez presa de la inseguridad, sin duda habrás incurrido en alguna cacofonía, el placer se esfuma). Pero has trascendido la versión original. Le has regalado una imagen inédita, un par de jugosas líneas de diálogo. Sientes que tus dedos son capaces de modelar la partitura, de conducirla allí donde nunca había estado antes. Claro que el lector no conocerá la magia del instante, tu solo será para él la única versión posible. Pero ya sabíamos que la nuestra era una disciplina donde las bromas, caso de haberlas, son privadas. Y no siempre sonríe uno de esa manera cuando hace las cosas cual asceta. Sigamos con ello, pues... 3-37 y punteando, amigos...

Un hombre sabio

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Was it wrong, what I just said?
If it was wrong, I don't wanna be right(*).
Will Johnson

(*) "¿Es un error lo que acabo de decir? Si es un error, no quiero acertar."

miércoles, abril 27, 2005

Ha vuelto...

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Take your wings outside, you can't fly in here
Besides, a purple sky is better soaring for you my angel
You're an angel, you little devil
As for me I'll stay inside
I'll be just fine and I'll watch from the window.

Sir Gawain y la mujer lapidada

Cuentan que sucedió en Afganistán, no hace mucho, algunas horas apenas: una mujer fue lapidada hasta la muerte por adulterio. Su marido, ausente del país durante cinco años, supo a su regreso que ella había mantenido relaciones sexuales con un vecino. A él le propinaron cien latigazos y quedó libre. Ella fue víctima de una lluvia de pedruscos, el primero lanzado (no se sabe a qué distancia, pero se intuye que con la pericia que presta la ira ciega) por el cornudo esposo.

Cuentan que sucedió en Camelot, en tiempos remotos, se ha perdido ya la cuenta de los días transcurridos desde aquel envite: un inmenso Caballero Verde se presentó en la corte de Arturo buscando quien le golpeara con un hacha. Claro que, pasados doce meses y un día, el voluntario habría de prestarse a ser pagado con la misma moneda. Avergonzado por el silencio de sus muchachos, el monarca dio un paso al frente. Y a punto estaba de aceptar el reto cuando Sir Gawain interpuso estas palabras:

Would you grant me the grace,
To be gone from this bench and stand by you there,
If I without discourtesy might quit this board...
I am the weakest, well I know, and of wit feeblest;
And the loss of my life would be least of any;
That I have you for uncle is my only praise;
My body, but for your blood, is barren of worth;
And for that this folly befits not a king,
And 'tis I that have asked it, it ought to be mine,
And if my claim be not comely let all this court judge, in sight.
(*)

Long story short: Gawain golpeó al verde intruso y durante cerca de doce meses pasó por ser el más noble y valeroso de entre los que se sentaban a la Mesa Redonda. Cuando se acercaba la fecha acordada, el caballero partió al castillo del rey Bertilak. Y allí, acosado durante tres noches por la reina, vio puestos a prueba su honor y la lealtad que debía a su anfitrión. Gawain supo capear la tentación pero no así el miedo a la muerte, pues acabó aceptando de la mujer un cinto de seda verde dotado con la mágica propiedad de proteger la vida a su portador. Camino de la Capilla Verde, Gawain renunció a la última posibilidad de escape que le ofrecía un sirviente. Y, una vez ante su antagonista, descubrió que éste no era otro que Bertilak, orquestador asimismo de todas las pruebas a las que había sido expuesto durante los últimos días. Gawain se supo entonces un mal caballero, pues había mentido por omisión sobre el regalo de la dama del castillo. A causa de aquella afrenta recibió un corte en el cuello. Y el cinto verde le sirvió desde entonces para cubrir la cicatriz resultante.

Pongámonos moralistas, cuando menos en el mejor de los sentidos... Tienen las responsabilidades mal imponer. Ni el más valeroso caballero se encuentra en condiciones de lanzar la primera piedra. Pero cuán honesto y glorioso aceptar las propias culpas y obrar en consecuencia.
Eran otros tiempos, sin duda.


(*) Dadme licencia, mi noble señor, para abandonar mi asiento y acercarme a vos, a fin de que pueda dejar la mesa sin caer en gran descortesía… Yo soy el más débil, lo sé; y el menos asistido de sabiduría. En cuanto a mi vida, si la pierdo, será la menos lamentada. Mi único honor está en teneros por tío, y ningún mérito hay en toda mi persona salvo vuestra sangre. Y puesto que este lance es demasiado insensato para que recaiga en vos, y soy yo el primero en solicitarlo, os ruego que me lo concedáis a mí; pero si juzgáis que mi petición no es justa y correcta, dejad que opine esta corte.

martes, abril 26, 2005

The End of Silence?

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If you could see the you that I see when I see you seeing me you’d see yourself so differently, believe me

jueves, abril 21, 2005

Un Papa llamado Joe

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Aunque en su momento critiqué el bombardeo informativo a vueltas con la muerte de Karol Wojtyla, creo justo reconocer la interesante contribución que las últimas dos vaticanas semanas han aportado al vocabulario popular. Espléndido, en ese sentido, el sketch del programa de Andreu Buenafuente ayer noche: un papable derrotado ofrecía una rueda de prensa en la que sostenía que “en el Vaticano no hay rival pequeño. Yo he sudado la casulla pero no ha podido ser. Ya sabéis que no me gusta opinar sobre los camarlengos, pero los he visto mejores en tercera división…”. Casullas, camarlengos, fumatas negras y blancas… ¡Si hasta los hay que se han dado al latinajo con devoción de converso! Y, por si fuera poco, el asunto de la transición papal ha permitido recolocar a varios ex ministros del PP en un puesto muy acorde a sus condiciones: el de tertuliano tan ultrarreligioso como viperino.
Totus meus, urbi et orbi.

martes, abril 19, 2005

El circo de los pianistas felices

“¿Y si las cosas no fueran como son?”, se preguntó Zach Braff tras visionar por decimoctava vez Beautiful Girls, obra magna del malogrado Ted Demme. Acto seguido, el chico sacó punta a una docena de lápices del número dos y, compulsivo él, se puso a rellenar cuartillas con lo que habría de convertirse en el guión de Garden State, su bien lograda opera prima. Nada como corregir la vida misma, por más que se trate de una vida de ficción alterada igualmente en y desde la ficción.
¿Me explico? Me explico:
Tras asistir recientemente a un pase de Closer, el amigo D.R. me llamó entusiasmado: “¡Por fin podemos erotizarnos con Natalie Portman sabiendo que nuestros instintos no nos llevarían a la cárcel!”. El comentario, claro está, venía a cuento de aquellos años en que películas como la citada BG o Léon, el profesional convirtieron a la actriz en la Lolita más deseada del globo. Natalie Portman ha crecido. Pero difiero de mi amigo: uno ve BG y vuelve a ser víctima de esa jovencita de 13 primaveras que menta con cándida soltura a Hamlet y que promete un lustro de fidelidad al pianista melancólico-treintañero interpretado por Timothy Hutton. Uno ve BG y de nuevo le asalta la duda: ¿caemos de cuatro patas en la fantasía adolescente o ingresamos en la madurez casándonos con esa aseada abogada neoyorquina con sonrisa Profidén? El personaje de Hutton responde por nosotros, pero su expresión satisfecha no nos conduce a engaño: difícilmente sus pasos acabarán en el circo, hábitat natural de los tocateclas felices.
Momento en que Zach Braff le da al “stop” y se lanza a rellenar cuartillas con lo que habrá de convertirse en Garden State.
Las constantes: el joven conflictuado que abandona la gran ciudad para regresar a su pueblo natal, la ausencia de la madre, la incomunicación con el padre, el gesto pendenciero de los amigos que quedaron atrás y, de repente, Natalie Portman. Igual de verborreica, igual de encantadora. Solo que, aquí, mayor de edad. Y con el añadido realista de algún desajuste psicológico, que no hay hijo de vecino que salga incólume de la adolescencia. Braff, el Braff de celuloide, no presenta mayor compromiso que aquel que le une a una más que dudosa carrera como actor. Elegir a Portman en detrimento de su existencia urbana es renunciar a la fantasía, pero también optar por la magia. Sin la amenaza de ir a la cárcel por ello.
Garden State no es Beautiful Girls. The Shins no son The Afghan Whigs. Ian Holm y Peter Sarsgaard suman enteros, desde luego, pero no hay lugar a engaño. Demme entra en cabeza, con un cuerpo de ventaja. Y, por su parte, al joven y noble Braff le agradeceremos eternamente el voluntarioso homenaje.
También, el (ficticio) conocimiento de que, en ocasiones, las cosas no tienen por qué ser necesariamente como son.
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¿Y si las cosas no fueran como son?

Suelo escribir sobre lo que es, sobre lo que ha sido. Catarsis, lo llamó algún griego antiguo. ¿O fue un barbudo psicólogo vienés? Tanto da. Imito la realidad y ansío que esa realidad hecha papel, traspapelada, se erija en depositaria de las pequeñas tristezas y grandes ansiedades de mi vida.
Solo que a veces no basta.
De otro modo no me hallaría aquí, a las dos de la mañana, con media botella de vino en el estómago y otra media, expectante, frente al ratón.
(Es vino malo, tampoco sube gran cosa.)
El caso es que hace cinco minutos estaba en la cama, dando vueltas. Pensando que me he cansado de escribir sobre las ausencias y los vacíos, sobre las culpas y los incumplimientos.
Pensando que me he cansado de camuflar esas ausencias y esos vacíos, esas culpas y esos incumplimientos.
Sonam Gyarma ha muerto, ¿lo sabíais? Encontraron su cuerpo despeñado, al pie de una montaña tibetana cuyo nombre no acierto a recordar. Sheslia no se encontraba a su lado: bien por ella.
Y entonces se me ha ocurrido.
¿Dónde si no iba a hallar debida salida a mis sentimientos?
Cuatro meses después, creo que éste es el único refugio que me queda.
Bienvenidos a Perfection, población 2 habitantes.
Él, nuestro héroe, no sentía ya culpa ninguna hacia aquella a la que había dejado de amar. Tampoco ante la posibilidad de haber fallado o de estar fallando a los suyos. Él, nuestro héroe, había extraviado por el camino el aspecto dictatorial de su superego. Era un espíritu nietzscheano sin las ansias de destrucción. Era un cuerpo materialista que jamás había oído hablar de la exquisitez de las ideas platónicas. La suya era una razón pura, lanzada al corazón de los días y protegida, en consecuencia, de todo viaje al fin de la noche. Sus pensamientos jamás danzaban sobre los fragmentos de cuanto había dicho o hecho. Su memoria no era una trampa. Confiar en el mañana poco tenía de ilusión. Un ser en paz con su estar: casi nada.
Echémosle un vistazo ahora a ella, nuestra heroína. Lo que ansiaba, oh, sin duda era él. Lo que necesitaba, desde luego era él. El tempo de su encuentro había sido medido espléndidamente: ¡grazie, Maestro! Cuántos desencuentros había evitado esta hábil dirección de actores (actrices, actriz). Cada pequeño esfuerzo se traducía en una inmensa recompensa. Las situaciones se habían dado, los hechos se sucedían. Nadie se había visto abocado a los laberintos de una solitaria noche en vela, todos esos callejones sin salida que a veces dibuja el ir y venir sobre una sábana.
Él, nuestro héroe, se plantó frente a la casa de ella, nuestra heroína, a una hora que desafiaba toda razón o lógica.
(A su favor diremos que era víspera de festivo.)
Ella, nuestra heroína, según lo pactado minutos antes por teléfono, bajó a su encuentro.
Él, nuestro héroe, la miró a los ojos sintiéndose un Madelman. ¿O era un gentleman? En realidad, maldita la falta que le hacía pensar en tales símiles.
Ella, nuestra heroína, le miró a los ojos sin comprender, por más que lentamente comprendía.
-¿Qué haces aquí? –quiso saber.
-Necesitaba verte.
-No creo que lo necesitaras de veras.
-Es posible que no. Hubiera seguido respirando. La sangre hubiera seguido corriendo por mis venas. Deseaba verte.
-No lo entiendo.
-No hay nada que entender.
-Apenas me conoces.
-...
(Él, nuestro héroe, sabía desconfiar de tales calibraciones gnósticas).
-¿Qué es lo que quieres?
-Un beso.
-¿Un beso?
(Ella, nuestra heroína, sabía enrojecer según dictan los cánones.)
-No. Quizá más de uno. Varios besos. Muchos. Alguna que otra caricia y toda tu piel y su reverso cuando sea posible. Y cuantas palabras quieras decirme. Abrazos los que consideres necesarios, no les he hecho nunca ascos. Y compañía, tu compañía, porque en verdad la disfruto. Y dormir a tu lado y despertarte con un mordisco en el hombro. Esas cosas. Pero no tengo prisa. Que se vayan dando. Lo del beso era por resumir.
-Me confundes.
-Pues dejémoslo en un beso. Dame un beso y tiremos de él, a ver qué sale.
-No puedo creer que...
-Shhhhh...
(Él, nuestro héroe, había visto muchas películas. Incluso había leído algunos libros.)
El dedo que él había colocado sobre sus labios, los de ella, nuestra heroína, fue apartándose lentamente. No hubo espacio para la duda en sus acciones. No hubo un triste “y si...” con que alimentar históricas inseguridades. Sus labios, los de él, nuestro héroe, cruzaron el espacio que separaba sus rostros con extrema lentitud. Ella, nuestra heroína, deseaba correr, pero deseaba aún más quedarse quieta.
Él cerró los ojos.
Ella abrió mucho los suyos.
Él encontró sus labios. Su suavidad le desconcertó brevemente.
Momento que ella aprovechó para sonreír hacia sus adentros.
A lo lejos, un coche atravesó la avenida vacía. Su conductor, soñoliento, pensó: “All happy piano players are at the Circus”.

miércoles, abril 13, 2005

La lírica nipona crea adicción

Y pocas veces había sentido tamaña identificación con un poema...

Wa ga yado no
isasamuratake
fuku kaze no
oto no kasokeki
kono yube ka mo

Yu saraba
yado ake makete
ware matamu
ime ni aimi ni
komu tou hito o

Otomo No Yakamochi (718-785)

PD: Desde el exterior de mi casa / sólo el débil, lejano sonido / de suaves brisas / que atraviesan las hojas de bambú / en el silencio del largo atardecer.
El crepúsculo por fin / llega: abro la puerta / y plácidamente / espero a aquella / que me reciba en mis sueños.

martes, abril 12, 2005

DEP

Pasado, presente y futuro. A menudo tan consensuada y cronológica ordenación se revela errada. Hay quien vive pensando únicamente en el tercer elemento, tal y como el primero es capaz de regresar con sorprendente violencia e inundar el segundo, aquel al que conferíamos carácter de realidad y al que, por tanto, creíamos poder aferrarnos en caso de emergencia. Los años de escuela constituyen un magma disperso, una base llena de fisuras sobre la que, no obstante, se asienta gran parte de lo que somos. Podemos haber odiado, haber permanecido indiferentes o haber tenido en alta estima a los encargados de nuestra formación, pero desde luego no estamos en condiciones de renunciar a la impronta que en nosotros dejaron. Sirvan estas líneas para reconocer la decisiva influencia que sobre un servidor tuvo Joan Brescó.
Quizá demasiado pronto descansa, pero hágalo en paz.


PD: Debía ser sexto o séptimo de EGB. Jugábamos a fútbol durante el recreo de la tarde y yo, como de costumbre, revoloteaba cual buitre sobre el área rival a la caza de alguna asistencia perdida. En eso el equipo contrario inició un rápido contraataque y un servidor, solidario como pocos, corrió cual poseso tras la pelota. Alguien llegó hasta la línea de fondo y sacó un pase de la muerte a la frontal del área. Justo por donde llegaba yo en estampida para asistir a la defensa. Tenía una sola opción, el gol prácticamente se mascaba. Me lancé con el pie izquierdo por delante. Impacté el balón. Lo introduje por toda la escuadra de mi propia portería. Brescó, que vigilaba aquel patio y sin duda había llegado tarde a la jugada (o por lo menos ignoraba quién integraba qué equipo) estalló en aplausos: "¡Vaya golazo, Milo, vaya golazo!" Aunque la ausencia de celebración por mi parte le debió hacer intuir que las cosas no eran tan simples como pintaban. No suelen serlo, ¿verdad?

Los poemas de Sonam Gyarma II

Hombre que vivía la intimidad con particular humildad, con la idea de que la propia experiencia no dejaba de ser anecdótica y que, por tanto, debía ser despojada de sus principales detalles para una acertada transmisión, Sonam Gyarma jamás abundó en la narración de su historia con Sheslia; al contrario, buscó prescindir de contextos y de situaciones, eliminó lugares y fechas, recurrió con frecuencia a enojosas generalizaciones que sólo la fuerza de su poesía lograba trascender. El hecho de que marchara a Occidente, abandonando a su familia y amigos –pero también el marco en que se desarrollaban sus recuerdos junto a ella, la constante presencia de su ausencia-, invita a humanizarlo: en una época de idealización de diferentes culturas orientales, principalmente a cargo de una clase medio-alta lúdicamente dotada para la búsqueda filosófica y/o de auto-realización, Sonam Gyarma se nos aparece capaz de los mismos errores que cualquier adolescente –o no tanto-, en cualquiera de las calles de cualquiera de nuestras ciudades. Extraño resultaba el carácter de sus intenciones, una vital amalgama de primordial sabiduría tibetana e insospechada ingenuidad personal, la variedad de estados en que se mostró ante nosotros. Quede claro, por tanto, que la intención de este escrito dista mucho de la mera exaltación del personaje; persigue la introducción establecer ciertos parámetros para la mejor comprensión de los Poemas, claves que acompañan toda obra poética, en tanto que cifrada, a comentar.
Sonam Gyarma llegó a París con cuarenta y tres años recién cumplidos; sabemos que Sheslia Madpa contaba trece menos, que su relación se prolongó a lo largo de seis años y medio con una primera separación de seis meses tras los primeros dos; sabemos que hubo entre sus familias diversos roces, si bien éstos no tuvieron especial relevancia en el traumático final; sabemos, por último, de la especial personalidad de ella, de la expresividad, sinceridad y sencillez que tan a menudo Sonam Gyarma exaltaría con la consiguiente, casi inevitable idealización que por la condición infantil presentan muchos de sus poemas. Pero al igual que a menudo repetimos un nombre con hipnótica cadencia, renunciamos a su contenido en pos de la magia relativa al signo, tal y como una fotografía en concreto nos puede abocar a uno o decenas de recuerdos necesarios, imprescindibles en el interminable lapso de un segundo, Sonam Gyarma volvía la vista atrás para revelar un todo de bordes indiscernibles, arqueaba la memoria su entrecejo como si algo en su interior pugnara por separar palabras, contextos, lugares, imágenes y sueños de otras palabras, contextos, lugares, imágenes y sueños –quizá la distancia que había, que siempre hubo, entre los que a él pertenecían y los que ella había escogido para abandonarle.
Era Sonam Gyarma hombre de sueños que solía, tras la jornada laboral, sentarse entre nosotros para rememorarlos, y poco importaba que hubieran acontecido la noche anterior o varios meses atrás; sólo de ese modo nos permitió conocer detalles referentes a su infancia, a la casa familiar y al exigente carácter de su padre. Precisamente, cierta compañera habitual a estos encuentros, aún admitiendo haber desarrollado un interés emocional por Sonam Gyarma, manifestaba con pretendida objetividad que muchos de los sueños referidos aún no habían tenido lugar, que más que soñados habían sido anticipados: tal era su capacidad de sugestión. Por otro lado, quien en base a la experiencia onírica pretenda historiar debe saberse a merced de la inexactitud; por mucho que luchemos contra ello, en definitiva sólo los Poemas deben hablar por si mismos, el que no cejemos en la intención de enmarcarlos debidamente, la contextualización es un rasgo cultural prácticamente ineludible pero etéreo, quizá fútil.
¿Por qué escogió Sonam Gyarma París como destino de su exilio? Bromeara o no al respecto, quienes le conocimos coincidimos en señalar su explicación como causa altamente probable: un hombre como él siempre se sentiría atraído por la ciudad que presentara el epígrafe de “de la luz”.


Soy un camino de tiempo
devorado por el tiempo,
soy un camino de arcilla
moldeado por sus manos:
parto del mañana en busca de su caricia
parto de su caricia en busca del mañana.
* * *
En esta tierra de engaño
seré fatuo,
mas cuando a mis oídos llegue una voz sincera
sabré reconocerla
descansaré a la sombra de su hablar.
* * *
Cada vez que te alejas
bajo al mar y pido consejo a las olas;
cada vez que te alejas
la marea se desvanece
en fragmentos de tu recuerdo.
* * *
El verdadero amor es un lago calmo.
¿Cómo serle infiel a un lago
cómo renunciar a un lago
cómo olvidar un lago
cuando la naturaleza te lo ha puesto delante?
Eres una maestra del engaño.
* * *
Esa música que llena mis oídos...
¿Quién la ha escogido para mi?
* * *
Se ensucian mis manos al escribir
(nunca al pensar),
he ahí la verdad de mi compromiso:
simples manchas de tinta.
* * *
Cuando miro a occidente
me sorprende su calidez,
cuando miro al hogar
echo de menos su austeridad.
* * *
Numerar los días
numerar las horas
(como si el tiempo
no fuera una emoción).

lunes, abril 11, 2005

Hitchcock 1 - Chabrol 0

Sin duda hay otros mundos, y desde luego están en éste. Que confluyamos con ellos es mera cuestión de azar. Si uno tiene suerte, jamás sabrá de la rabia homicida de los asesinos en serie más que a través de los periódicos o de la pantalla de cine: la sangre no le salpicará, podrá vivir tranquilo. En paralelo, al otro lado del espejo, si uno no se deja tentar por el Destino difícilmente tendrá acceso a esas tierras de nadie donde realidad y fantasía protagonizan su diaria escaramuza, donde en ocasiones la imaginación triunfa y pone patas arriba el orden establecido. Pero no es de tales magias que quiero hablarte, lector crepuscular...
Alfred Hitchcock, maestro del suspense y tal y tal, definió como nadie (hasta la llegada de David Lynch) el proceso de que se sirve lo tenebroso para infiltrarse en nuestra inocente cotidianeidad. Conocedor de que “lo normal” presenta componentes dictatoriales en lo que a su proyección sobre el espectador se refiere, el británico cineasta solía justificar “lo anormal” de sus guiones delimitando una suerte de tiempos muertos argumentales. Me explico: Janet Leigh roba una suma de dinero a su empresa y se lanza a la carretera, sabedora de que tiene todo el fin de semana para poner tierra de por medio antes de que su jefe descubra el asunto. Sábado y domingo son el limbo del que la ambiciosa secretaria se sirve para cometer su fechoría con visos de éxito, pero a su vez representan la rendija a través de la cual la muerte se colará en su ducha. Leigh acaba asesinada en el Motel Bates no como castigo a su crimen, sino a raíz de la mucho más inocente decisión de abandonar lo usual y, en vez de irse al cine con una amiga, apostar por lo desconocido. El James Stewart de La ventana indiscreta es testigo de un asesinato por culpa del (prolongado, monótono, exasperante) periodo de reposo a que le obliga una lesión en la pierna. Y podríamos convenir que, en De entre los muertos, el trauma derivado de la secuencia inicial se va repitiendo a lo largo del metraje, y que esos ecos fantasmales que arrebatan a Stewart del sentido común garantizan una cierta credibilidad a situaciones por otro lado francamente descabelladas. El viaje, la enfermedad y la alucinación, entre otros “accidentes”, son premisa sine qua non que expone a los personajes y les enfrenta a cuanto sucederá a continuación, sea una charla en tren donde acabas pactando un doble asesinato con tu vecino de asiento, sea una rebelión homicida por parte de la fauna voladora local. Toda vez perdidos los horarios y demás referentes propios de la monotonía, el espectador ignora a qué asirse y se ve abocado a aceptar casi cualquier extrañeza.
El caso es que soy penosamente consciente del buen hacer hitchcockiano tras visionar La Demoiselle d’honneur, apenas correcta adaptación de una novela de Ruth Rendell que ha llevado a cabo don Claude Chabrol. Da la impresión de que, pese a sus muchas tablas en el más negro género, Chabrol sacrifique la lógica intra-narrativa por prestar mayor atención a su también recurrente obsesión por flagelar los usos y costumbres de la burguesía. Philippe (Benoît Magimel) lleva una existencia del todo ordenada hasta que conoce, en la boda de su hermana, a la dama de honor Senta (Laura Smet). Nace entonces el amour fou entre los dos pero, si bien ella se había mostrado tirando a peculiar desde el principio, el proceso que debe conducirle a él más allá de la razón jamás queda establecido. Lo intenta Chabrol a través de la fascinación del chaval por una estatua llamada Flora, pero tan petrofílica relación acaba, más que nada, sumando nuevos interrogantes a la ecuación. Quizá un tiempo muerto, una tierra de nadie que arrebatara a Philippe de su estricta dedicación laboral y familiar, nos hubiera permitido creer en la evolución del personaje. No sucede así, y las turbias aguas que prometía La Demoiselle d’honneur acaban apenas en marejadilla.
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jueves, abril 07, 2005

21st Century Love Story

Pornografía, del griego “pornea” (fornicio, prostitución) y “graphia” (escritura). Por tanto, escribir sobre la fornicación, sobre el “ayuntamiento o cópula carnal fuera del matrimonio”. No hallo en esta etimológica revisión un componente básico del sentido moderno de “pornografía”: la explicitud. ¿Es 9 Songs, pues, una película pornográfica? Sí según la acepción clásica, ya que no consta que las diversas uniones físicas entre Kieran O’Brien y Margot Stilley se hayan producido en el seno del sacramento matrimonial. Sí según el sentido contemporáneo, ya que tales uniones son narradas con todo detalle. Y sin embargo…
9 Songs no deja de representar una aproximación poco convencional a un tema ciertamente tradicional, el del auge-decadencia-caída de una pareja. Estructurado en base a nueve actuaciones musicales, el film se limita a invertir los esquemas habituales de este tipo de historias: el sexo omnipresente se convierte en motor de la acción, mientras que el elemento de contraste, la típica secuencia de alcoba, se da aquí en exteriores, con los protagonistas completamente vestidos y sin que se produzca el menor intercambio de fluidos entre ellos. 9 Songs complementa, pues, la “love story” de toda la vida; la coge de la mano para, con una sensibilidad inédita en el terreno de la exhibición genital, transportarla de golpe al siglo XXI. De paso, Michael Winterbottom devuelve a la tierra un género tradicionalmente asociado a los pechos insultantemente recauchutados, al pene de veintipico centímetros y al gemido dislocado. Y el resultado es nada más y nada menos que cine. Esto es, movimiento. Esto es, cuando las cosas se hacen bien, emoción.
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Los poemas de Sonam Gyarma I

Al abandonar su tierra por una mujer, Sonam Gyarma avanzó en sentido contrario a las agujas del reloj cultural de la mayoría de sus contemporáneos. En una época en que las mentes más abiertas, las personalidades más reconocidas dirigían su atención hacia Oriente en busca del conocimiento que la paranoia occidental les negaba, este hombre pequeño, de mirada poco severa, con aspecto de constante interrogación, encaminó sus pasos hacia el corazón del tumulto, buscó la clave de sus sentimientos en el ojo mismo del huracán. Siente uno la tentación de ilustrar cada frase de este instintivo prólogo, redactado a la sombra de lo que le sigue con la insoportable impresión de haber olvidado tantos hechos y emociones, de cuando menos haber obviado voluntariamente muchos de ellos en aras de la concreción… siente uno la tentación de ilustrar cada frase, digo, con alguno de los cientos de pequeños poemas que su visita nos legó. Sonam Gyarma escribía de forma compulsiva, lo que hacía dificultoso mantener una conversación con él. La distancia a la que se encaminaba cuando las palabras acudían a su mente –y las palabras acudían a su mente con asombrosa fidelidad-, contradecía la cercanía de sus rasgos, se abstraía su interés en un instante y por completo, como si algo en su interior regresara a la lejanía en que había nacido y había sido criado para extraer de ella una nueva y sutil respuesta. Se podrá aquí objetar que el mesianismo es deporte nacional en el Tíbet, afirmación que realizo con afecto y paciencia; sea como fuere, la fuerza de cuanto Sonam Gyarma escribía, la sencillez de sus opiniones respecto a los más afilados temas de actualidad, todo cuanto transmitía invita a prescindir de prejuicios nacionales, a dejar de lado ese otro gran deporte propio a nuestra cultura, el cinismo, para sumergirnos en la calidez de su obra literaria. Sirvan estas páginas introductorias y los versos que las invitaron a nacer como marco de entrada a una cultura de la que Sonam Gyarma jamás pretendió escapar; al igual que tantos otros en sus antípodas, Sonam Gyarma sólo quiso huir de sí mismo.


Rompe un espejo y en él te verás diez veces
recoge un pedazo para verte una única vez
pero con los demás
no seas espejo roto ni fragmento
sino la imagen que tu cuerpo proyecta hacia dentro:
espíritu.
* * *
Si cortaras una hoja
de aquel árbol al que da el sol
no tendrías árbol
ni tendrías sol,
sino la mano verde
y la mirada entristecida.
(Tal es la nostalgia
que me acecha)
* * *
Soy de arena,
no de arena que pueda llevarse el viento
sino arena de la playa:
una, ondulante
hermana del agua.
* * *
Como la cera de una vela
me derramo junto a ella,
como el cuenco del candelabro
me recoge con ternura,
mas para ser yo de nuevo
requiero de frío, tiempo y distancia.
* * *
Son los ojos de la mujer pozos de agua helada:
sacían la sed
pero congelan mis heridas.
Aún al sol de tu abrazo,
necesitaré regresar a la soledad.
* * *
Tu ausencia se eleva como la montaña más alta:
frío, me falta el aire, no avanzan mis pies...
Pero una vez alcance la cima
seré dueño de cuanto me rodea.
* * *
En la noche tus palabras me confunden
(dulce confusión),
en la mañana el sol me aturde
(dulce claridad).
* * *
Creo recordarme de ayer
(si bien ayer no dije lo mismo);
creo recordarme de mañana
(si bien mañana no diré lo mismo).
Hoy no debo olvidarme.

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Sonam Gyarma en una fotografía no fechada.

miércoles, abril 06, 2005

Los trece de Juan Pablo II

Pocas distancias más saludables que la establecida en algunos países, padres de la democracia ellos, entre manejo del estado y uso de la religión. Las banderas francesas ondean a media asta en señal de respeto hacia el Papa muerto, y voces no menos francesas claman que dicha medida atenta contra la ley de exhibición de símbolos religiosos. Con razón, posiblemente: la niña que se ve obligada a desprenderse del chador para acceder a una educación tiene derecho a protestar si las instituciones que la representan incurren en ese mismo religionismo que a ella le prohíben. ¿O se trata de una mera demostración de respeto? En tal caso, ¿es Wojtyla merecedor de dicho respeto? Y, de serlo, ¿lo sería estrictamente en cuanto Papa o por su desempeño como tal?
Aquí dedica El Mundo su fotografía de portada a los diputados de nuestro Congreso que optaron por no ponerse en pie durante el minuto de silencio acordado ayer por la cámara: una parlamentaria del PSOE, tres del PSC, seis de ERC y tres de IU. Los rojos, vamos. O “los trece de Juan Pablo II”, como quizá se les conozca a partir de ahora. Hombres y mujeres que cuando acceden al hemiciclo sacrifican parte de su individualidad para convertirse en símbolos, representantes de aquellos que les votaron. ¿Deben sacrificar por ello sus más íntimas convicciones? Declara Joan Tardà, de Esquerra, que “un minuto me parece excesivo”. Un minuto frente a toda una vida... No, Joan. El minuto está bien. Sólo que quizá debería haber tenido lugar en otro ámbito, en un contexto menos oficial, que al Congreso se va a trabajar. ¿No hay por ahí una capilla, multiconfesional, ya que estamos? ¿Cruzarse la calle hasta una iglesia cercana? De una vez por todas convendría devolver el culto a la privacidad más absoluta. ¿O nos pondremos masivamente en pie cuando fallezcan el Dalai Lama y el Gran Patriarca de Todas las Rusias? ¿Se guardó acaso un minuto de silencio cuando la muerte de Copito de Nieve, principal símbolo zoológico de la Barcelona olímpica? Para muchos este Papa no era más que eso (y creo que le debo la analogía a un viejo editorial de Rodrigo Fresán en el rotativo argentino Página 12): un tipo sempiternamente de blanco, encerrado tras los barrotes de una institución, cuyas palabras nos resultaban ininteligibles, que en efecto nos caía simpático, pero al que no hubiéramos invitado a comer a casa. Bien por los trece de Juan Pablo II, pues. Por no abandonar su puesto de trabajo.
Por no caer en la irrespetuosidad. Pero también por su ejercicio de laicismo.

PD: Los funerales de Wojtyla obligan a que la principesca boda entre Charles y Camilla se retrase veinticuatro horas. Y la ceremonia civil se fija a primera hora de la mañana del sábado, porque otras tres parejas (plebeyas ellas) tienen alquilado el ayuntamiento a partir de las doce. Charles madrugará porque en Inglaterra el futuro rey y un John Smith cualquiera tienen idénticos derechos a la hora de casarse, porque allí la razón de estado y un contrato de alquiler pueden llegar a valer lo mismo. Ay, Charles, si hubieras dejado la organización del evento en las escoriales manos de nuestro Aznar…

lunes, abril 04, 2005

Wojtyla bye bye...

La gente se muere. Los octogenarios, más. No veo por qué este Papa iba a ser menos. El sábado por la noche, hasta cinco canales de televisión emitían en directo desde San Pedro. La noticia se había dado a las 21:37. Un buen documental hubiera sido de agradecer. Pero todos ellos optaron por entregarse a una sesión de luctuoso onanismo, las lágrimas de los fieles a modo de insistente eyaculación. Respeto su dolor, pero no creo que tenga la envergadura como para justificar tamaño asedio informativo. El Papa ha muerto. Vale. Añadir que, si las decisiones fueron suyas, le pudo la soberbia del mártir. Y si en efecto se le rebatió la posibilidad de una jubilación no-tan-anticipada, lamentar que no expirara en un chalet con vistas a la primavera polaca. Las buenas noticias, que fue un Papa trabajador, viajero y voluntarioso. Las malas, que fue Papa, símbolo principal de una institución anacrónica cuyas arbitrarias consignas siguen anclando a mil millones de creyentes a un pasado mítico y un presente neoplatónico de negación de la materia y, por tanto, de la vida misma.
Sentado lo cual, la pirueta: me parece fantástico el acuerdo alcanzado por los tres capos religiosos de Jerusalén al alinearse contra la celebración de un desfile gay en la ciudad santa. Dicho festival se ha venido celebrando sin mayores problemas en otras urbes de Israel; trasladarlo a los aledaños del kilómetro cuadrado más espiritual del mundo es un rizar el rizo tan exhibicionista como innecesario. La flagrante homofobia de los cultos monoteístas no disminuirá confrontando zapatos de plataforma y plumíferas boas a las barbas ortodoxas. Tampoco es de recibo la amenaza bíblica (“podría correr la sangre”, sostuvo alguno de los tres iluminados), pero incluso las posturas más retrógradas deben ser respetadas en la intimidad de sus iglesias / sinagogas / mezquitas.

jueves, marzo 31, 2005

Aznar a través del espejo

Prosigue la tiñosa pataleta aznarial con un vídeo de catorce minutos sobre el 14-M, obra que ha promovido la FAES (Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales) y que lleva el dramático título de Tras la masacre. Cabe decir que servidor no lo ha visionado, y que ha sabido de su existencia y contenido a través de los medios de comunicación. Cabe añadir que nada novedosas parecen sus tesis, pues nada sumarían al discurso con que el PP lleva machacando nuestros oídos desde hace más de un año. Que la sombra de ETA es tan alargada que bien podría cubrir también los sucesos del 11-M. Que el PSOE aprovechó (cuando no organizó) el peor atentado de nuestra historia para hacerse con el poder. Que los entonces gobernantes no escondieron datos a la opinión pública, que jamás marearon la perdiz, que de lo ajustado de su actuación es prueba el que en menos de sesenta horas se produjeran las primeras detenciones de sospechosos. Etcétera.
Pero dejemos la bilis de lado, al menos por un rato.
Centrémonos en un aspecto de aquellas jornadas que quizá convendría clarificar.
Pocas semanas antes de las elecciones presidenciales, José Luis Rodríguez Zapatero I, el Iluminado, anunció que no gobernaría en caso de sumar menos votos que su rival directo. Recordemos las críticas que aquella justa declaración le valió. Parecía un suicidio político. Y es que, por más que el Partido Socialista venía recortando distancia en las encuestas, todo apuntaba a que sería el Partido Popular quien obtendría una mayor cantidad de papeletas. Zapatero cerraba las puertas a un pacto como el que había entregado la Generalitat de Catalunya a Pasqual Maragall I, el Metafórico, y buena parte de la izquierda puso el grito en el cielo.
A una semana vista, el PP era ganador por puntos.
Entonces llegó la tragedia.
Y, tres días después, el PSOE obtenía una victoria clara, por cerca de 1.300.000 sufragios.
La fe del futuro presidente en sus posibilidades había sido digna de alabanza, pero no puede ni debe conducirnos a engaño: algo sucedió entre el 8 y el 14 de marzo, algo que alteró drásticamente la intención de voto de un gran número de españoles.
Hasta aquí, José María Aznar I, el Resentido, tiene algo de razón.
Ahora bien, escoger la opción más espectacular demuestra un grave desconocimiento de la sociedad española. El mismo desconocimiento de su propio pueblo en que suelen incurrir aquellos gobernantes que, endiosados y pretendidamente infalibles, pasan a no ver más allá de sus bigotes. Jamás, en tres décadas largas de terrorismo vasco (más alguna que otra incursión del horror islámico-integrista, amén de GALes y grapos varios), la opinión pública se declaró en contra de sus mandatarios de forma tan rápida y evidente. Por un lado, eso no hay ni Dios que lo orqueste. Por otro, el respeto que esa misma opinión pública ha demostrado hacia las etnias de las que procedían los asesinos del 11-M deja bien claro que algo tuvo que hacer el partido en el poder para ganarse tamaña tunda democrática.
Los “trenes de la muerte” alteraron el resultado de las elecciones, claro que sí. Admitirlo no nos hará daño. Porque no lo hicieron de forma directa, sino en sus ramificaciones. Pese a que nuestra participación en la guerra de Irak había sido una arbitrariedad pepera, una actitud menos oscurantista y atrincherada en el manejo de la información hubiera servido para que los populares se mantuvieran en el poder. Sólo tendrían que haber admitido lo que cualquier observador con dos dedos de frente sabía a las nueve de la mañana del 11 de marzo. Que el modus operandi era de corte alqaediano. Que ETA no tenía la infraestructura para acometer una empresa de tales características. Que no era la Constitución lo que debía unirnos en aquellos momentos, sino el dolor y la repulsa.
En períodos de crisis se tiende a hacer piña. ¿O acaso no se temía, ante las elecciones norteamericanas de noviembre, un atentado que decantara claramente la balanza a favor de George Bush II, el Alelado?
José María Aznar sigue equivocando el enemigo. Pero debe ser difícil enfrentarse a ese enemigo cada vez que uno se mira al espejo…

miércoles, marzo 30, 2005

Viejos nuevos poemas

Al no lograr conciliar el sueño, paseo casa arriba y casa abajo hasta acabar deteniéndome, sin saber muy bien por qué, ante uno de los armarios que utilizo a modo de fichero. De él extraigo dos cajas de zapatos, repletas ambas de los originales de Sonam Gyarma. Para quienes (en buena lógica) no estén familiarizados con mi trayectoria literaria, diré que, antes de publicar Sorbed mi sexo, prologué y edité una selección de 88 haikus amorosos de aquel autor tibetano, a quien conocí durante mis años de estancia en París y a quien, pese al lustro largo de silencio que nos separa ya, sigo considerando un amigo. Repaso uno tras otro esos breves textos, que Sonam escribió en su lengua de adopción, el francés, temo que a menudo saltándose las rígidas normas rítmico-silábicas del haiku (o quizá respetándolas en su tibetano original, traicionándolas simplemente en la traducción simultánea a los usos de Molière). La caja de los descartes representa una punzada tras otra, pues me pregunto cómo tal o cual pieza no halló acomodo en mi antología. Y el caso es que, aprovechando esta weblog, me decido a recuperar (y a traducir laboriosamente al castellano, que se me perdone esta nueva traición...) las siguientes tres composiciones:

A esta hora de calles lluviosas
bandidos que merodean las esquinas
mis sentidos robados al nacer el día.
* * *
No es en silencio, no
que el yak pasta con mayor paz
¿desde cuándo los niños comprendieron el amor?
* * *
Acierta quien claudica
y al abrir un ojo a la mañana
sigue repitiendo viejos nombres.


Y constato, una vez más, cuánto hay de Sonam en mí...

Definitivamente... Wilco

Sirva para completar una entrada de la semana pasada (“Posiblemente...”) este texto sobre “A Ghost Is Born” (Nonesuch / Warner) que escribí para el listado de los mejores discos de 2004 en el número de enero de GO:
No creo que Jeff Tweedy pretenda quedarse solo. Tampoco que su ego se haya hinchado desmesuradamente. Será, si acaso, que tiene cada vez más claro lo que quiere, y que el proyecto Wilco no acepta ya intromisiones. La accidentada grabación de “Yankee Hotel Foxtrot” y la expulsión del amigo Jay Bennett actuaron a modo de invocación; Jim O’Rourke mediante, todos nos llenamos la boca con la supuesta nueva orientación de la banda. Pero Tweedy apenas se había movido, un peldaño hacia arriba como mucho. Lo que Wilco debía ser quedó establecido en una fecha tan lejana como 1996, cuando “Being there”. El que Bennett se pretendiera McCartney no debe engañar a nadie: Tweedy lo toleró porque las prisas no van con su carácter. Pero la Santísima Dualidad había estado allí antes y no tardaría en regresar. Tweedy es Wilco, Wilco es Tweedy. A su alrededor, unos músicos soberbios entregados a transmitir el mensaje. Y dicho mensaje se ha liberado ya de lo terreno: más allá del tiempo (dos temas de “A ghost is born” superan los diez minutos) y de la musicalidad misma (difrútese el ruido final de “Less than you think”), el pop se trasciende a sí mismo. A Tweedy ni le va ni le viene el culto a Tweedy, eso es cosa nuestra. Lo suyo es, sencillamente, brindar su propia banda sonora a la esfera de las almas.

miércoles, marzo 23, 2005

Sobre Terri Schiavo...

Se reedita estos días, con notable perspicacia por parte de El Aleph, Johnny cogió su fusil de Dalton Trumbo, obra a vueltas con la eutanasia que ríete tú, lector crepuscular, de mares adentros y muchachas del millón de dólares. Tiene mal afirmar que uno está a favor de la eutanasia, cuando menos porque desconozco si lo estoy. Sé, y ya es algo, que no puedo posicionarme en su contra. Fe en la libertad individual (siempre moral) por encima de cualquier restricción ideológica o religiosa, claro…
Ignoro, en cualquier caso, si Terri Schiavo debe morir. Intuyo que poco y nada tiene que ver con la raíz etimológica de la palabra “eutanasia” el permitir una agonía de (pongamos) diez días a un cuerpo privado de alimentos y bebida. Y desconfío de una regulación que permite que el tutor de una persona discapacitada sea su ex marido (y digo ex porque, pese a no existir divorcio, Michael Schiavo vive con otra mujer y con los dos hijos que ésta le ha dado: es el “conflicto de intereses” al que se referían los sectores conservadores) antes que cualquier familiar directo.
Nuestro deambular por este mundo está marcado por la interrelación y el lazo emocional. Nadie puede saber si Terri Schiavo daría su visto bueno a la desconexión de las máquinas que la alimentan, si los cuidados que le dispensa su familia le producen aún alguna suerte de bienestar emocional y si esa hipotética dicha es un bien menor que justifica el vivir en estado vegetativo. Sí podemos deducir que su muerte generará angustia y dolor a sus padres y hermana. Es en ellos en quienes pienso, al margen de religiones e ideología. Quizá Terri Schiavo no debería aún conocer la paz que Trumbo le negaba a su Joe Bonham…

martes, marzo 22, 2005

Palabra de Ozon: ¿desmontando el amor?

Es desoladora y cínica, la visión que da François Ozon de la pareja en su 5 x 2 (Cinq fois deux) –pensaba a los pocos pasos de abandonar la sala. Cuando el caso particular se hincha hasta llenar toda la pantalla de cine (también cuando lo encuentras en forma de palabras y las lees y éstas pasan a ocupar las paredes internas de tu cabeza), multiplicas y proyectas, generalizas y pontificas. La pareja es esto, nos ha querido decir. El amor es lo otro. La felicidad, aquello que asoma más allá… En la última secuencia del film, la pareja protagonista mantiene un simbólico diálogo en su primer instante de intimidad:
- Me han dicho que esta playa es peligrosa –comenta ella.
- No lo parece, el agua se ve tranquila –contesta él.
- Hay corrientes muy fuertes…
Pero, pocos segundos después, vemos a ambos adentrarse largamente en ese mar de riesgo contrastado, el mar de la pareja y el mar de las emociones. Puesto que los cinco episodios de la película se han presentado de forma cronológicamente inversa, sabemos a la perfección que las citadas corrientes y mareas acabarán despedazando a los personajes, que al matrimonio le seguirán el adulterio y las dudas y el nacimiento de un hijo y las desilusiones y el divorcio… hasta un final/principio que es guinda atroz de todo lo acaecido o de todo cuanto acaecerá. La universalidad del simbolismo líquido y lo significativo de las etapas reseñadas invitan, pues, a pensar que Ozon está sentando cátedra. La única manera de que una historia de amor termine bien es alterando sus coordenadas temporales. Ergo, es imposible que una historia de amor termine bien. Palabra de Ozon.
Ahora bien, parte el realizador galo de un presupuesto cuando menos dudoso (presupuesto por el que se rigen sus personajes a lo largo y ancho del film): que el éxito o fracaso de un proyecto se mide en base a cómo acaba éste. Lo que equivaldría a decir que todos los seres vivos que han habitado, habitan y habitarán este planeta fueron y son y serán unos fracasados, pues su trayecto vital ha culminado o culminará indefectiblemente en la muerte. Y la muerte es un mal final, vamos. Ignoro, científicamente hablando, si la pareja constituye per se un billete sin retorno al desencanto. Pero sí sé que no todas las parejas que han acabado mal merecen ser tratadas en términos de fiasco.
A lo que cabría añadir un aspecto más. ¿Disección estructural de la pareja y el amor? Ni mucho menos. 5 x 2 retrata, a lo sumo, el proceso de demolición de una ilusión femenina. Pues convendremos en que es el personaje de Valeria Bruni Tedeschi el que más alto apuesta y el que peor parado sale del envite. Aunque no inocente (como testimoniamos en el capítulo cuarto), es ella quien una y otra vez se lleva la peor parte en su relación con el inmaduro y egoísta y algo tontaina Stéphane Freiss. Visión cínica y desoladora de la pareja, pensaba yo al abandonar la sala. Qué jodido esto del amor, constaté tirando del hilo de la lógica (ideas afines y tal). Hasta que caí en la cuenta. No hay un solo fotograma de amor en 5 x 2. No hay amor en los encuentros, no hay amor en las conversaciones, no hay amor en el sexo, no hay amor cuando se dice “je t’aime” (obsérvese las condiciones en que los protagonistas efectúan tal declaración: tras huir en un momento de necesidad ajena, tras un adulterio…), no hay amor por ningún lado. Es 5 x 2 un excelente retrato de la devastación que podemos causarnos los unos a las otras, las unas a los otros. No es poco. Pero a su vez poco más hay que de ella se pueda extraer.
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jueves, marzo 17, 2005

Muerte: manual de instrucciones / comisiones

Hay dos formas de dar muerte a un ser humano. Con dolor. Sin él. Pongamos que son en realidad cuatro. Sumar a las dos anteriores la dicotomía: de forma práctica / de forma no práctica. La pena capital, el ajusticiamiento, debería plantearse siguiendo una doble posibilidad combinatoria. Caso de querer que el reo pague en sufrimiento físico (amén del psicológico-espiritual), seleccionar la opción con dolor + pragmatismo. Caso de pretender simplemente eliminar a la oveja negra y rescatar por siempre más a la sociedad de su influencia, escoger la alternativa sin dolor + pragmatismo. Ante todo burocracia, mucha burocracia.
Resulta, no obstante, que el diseño teórico hasta aquí desarrollado se traduce, aún pese a la rotunda globalización de los tiempos que corren, en un amplio abanico de variantes culturales. Los yanquis te atan a una silla y te fríen el cerebro. Los chinos te meten en un estadio lleno de gente para volarte la tapa de los sesos. Los nigerianos te desmontan a pedradas... La cabeza sacrificada como único elemento en común, entiendo que menos en cuanto agresión al intelecto que por su carácter de continente de un órgano vital. Siguiendo los pasos de esta práctica sin fronteras, encuentro en La Vanguardia de hoy la instantánea de un asesino de niños iraní colgado a lo alto de una grúa y me pregunto a qué lumbrera jomeinista se le ocurrió escenificar de tan constructivo modo el viejo arte del linchamiento. El condenado recibió una tanda de latigazos y una cuchillada por parte del hermano de una de sus víctimas (dolor, impresión populachera de que se está haciendo justicia, ligera sensación de resarcimiento). Y el resto se me hace difícil de imaginar. ¿Le anudaron la cuerda al cuello en tierra firme y la grúa comenzó a ascender lentamente hasta la altura de una decena de metros? ¿Había alguna plataforma elevada desde la que se empujó al prisionero en dirección al vacío y el desnucamiento? ¿Existen otros métodos que, sin renunciar a este escenario, ofrezcan mejores garantías? Por encima de todo, ¿recibe el gobierno iraní comisiones del 3% a la hora de escoger entre unas grúas y otras?

Actua-dualidad USA

Dos noticias que muy casualmente coinciden en la portada del The New York Times de hoy, dos noticias que se comentan por sí solas y que por lo tanto vale la pena recuperar en su plena textualidad (la traducción y las cursivas sí son obra de un servidor):
Noticia número 1: “Al menos son veintiséis los casos de internos fallecidos desde 2002 en Irak y Afganistán, mientras se encontraban bajo custodia norteamericana, que la Armada y la Marina consideran debidos a un homicidio criminal.”
Noticia número 2: “Estados Unidos anuncia un listado de posibles objetivos terroristas y el cómputo estimado de víctimas que causarían. (…) [Los escenarios] incluyen la voladura de un tanque de cloro, lo que aniquilaría a 17.500 personas y causaría unos 100.000 heridos; el esparcimiento del virus de la neumonía en los lavabos de un aeropuerto, recinto deportivo o estación de tren, con 2.500 muertos y 8.000 afectados en el resto del globo; el contagio de diferentes poblaciones de ganado con la enfermedad de la fiebre aftosa, lo que ocasionaría cientos de millones de dólares en pérdidas… No se ha especificado el nombre de localidades concretas porque tales incidentes podrían acontecer en cualquier área metropolitana o rural, dice el documento. El objetivo de la agencia [el Department of Homeland Security] no es asustar a la opinión pública, sostienen sus responsables, y no hay datos creíbles de inteligencia que sugieran que tales ataques han sido planeados.”
¿Qué pesará más en la atención del lector norteamericano, hasta veintiséis asesinatos allende los mares o los hipotético-fantásticos 20.000 muertos en casa? Se aceptan apuestas…

lunes, marzo 14, 2005

Más allá del Bien y del Mal

Durante la mañana del 25 de junio de 1988, treinta y dos personas fueron asesinadas en Pangbourne Village, urbanización de lujo sita a cuarenta kilómetros al oeste de Londres, en una tragedia que durante varios meses iba a conmocionar a la opinión pública. Más allá del amplio abanico de técnicas homicidas allí empleadas, de la flagrante ineficacia de las muchas medidas de seguridad con que contaba el recinto, fue la desaparición de los trece niños y adolescentes del lugar lo que tuvo en vilo a la sociedad británica, el tema que iba a monopolizar las portadas de los tabloides hasta bien entrado 1989, cuando la absoluta falta de novedades al respecto se tradujo en una amnesia general tan necesaria como frustrante.
No especialmente feliz en el aspecto literario (tampoco lo opuesto), Furia feroz de J.G. Ballard (Running Wild, 1988 –reeditada ahora por Booket en edición de bolsillo) trata, al igual que La guerra de los botones o El Señor de las Moscas, las poco inocentes pulsiones que pueden llegar a generarse en un microcosmos infantil no sujeto a regulación por parte de los adultos. La fuerza de Furia feroz, no obstante, radica menos en la profundidad del análisis socio-psicológico que en el tono visionario que de ella se desprende diecisiete años después de su aparición, en este mundo post-Columbine. Y es que los motivos que llevan a trece cándidos jóvenes a acuchillar y atropellar y electrocutar a padres y madres, tutores, miembros del servicio doméstico y jardineros (y conste que no estoy fastidiándole a nadie el final del libro, pues la identidad de los asesinos se hace evidente en la segunda página), parecen diferir bien poco respecto a los que condujeron a Eric Harris y Dylan Klebold a erigirse en verdugos de trece compañeros y profesores el 20 de abril de 1999. No se da en los jóvenes de Pangbourne el gesto resentido de la Mafia de la Gabardina, pero sí comparten todos ellos factores tan imprescindibles a la hora de iniciar una razzia asesina como la pasión por las armas y esa ausencia total de empatía que suele ser asociada a las tendencias psicópatas, pero que Ballard explica en otros términos. “A los niños se les había lavado realmente el cerebro con la ilimitada tolerancia y comprensión que había borrado toda libertad y todo rastro de emoción. (…) vivían en un estado muy parecido al aislamiento sensorial”. La rebelión de Pangbourne Village no se genera contra una situación de abuso y opresión, sino para escapar de un Edén de padres progresistas y comprensivos, para renunciar a una sociedad agobiante en cuanto perfecta. De modo paralelo, Harris y Klebold pertenecían a la clase media-alta de Littleton, uno de los suburbios más amables y pudientes de Denver, y difícilmente podría achacarse su rabia asesina a la mala educación, a las dificultades económicas o al exceso de rigurosidad paterna. “En una sociedad totalmente cuerda, la locura es la única libertad”, nos advierte Ballard. A lo que podríamos añadir que la erradicación de la inmoralidad (auténtica obsesión del puritanismo norteamericano y, por extensión, de algunos sectores del conservadurismo europeo) podría conducir antes a la amoralidad que al Paraíso terrenal. Que el camino que lleva más allá del Bien y del Mal desemboca en un abismo de aterradoras incógnitas.

viernes, marzo 11, 2005

11-M

Sheets of empty canvas
Untouched sheets of clay
Were laid spread out before me
As her body once did
All five horizons
Revolved around her soul
As the earth to the sun
Now the air I tasted and I breathed
Has taken a turn
Oh and all I taught her was everything
Oh I know she gave me all that she wore
And now my bitter hands
Chafe beneath the clouds
Of what was everything
Oh the pictures have
All been washed in black
Tattooed everything
I take a walk outside
I'm surrounded by
Some kids at play
I can feel their laughter
So why do I sear
Oh, and twisted thoughts that spin
Round my head
I'm spinning
Oh, I'm spinning
How quick the sun can, drop away...
And now my bitter hands
Cradle broken glass
Of what was everything
All the pictures had
All been washed in black
Tattooed everything
All the love gone bad
Turned my world to black
Tattooed all I see
All that I am
All that I'll be...

jueves, marzo 10, 2005

Mermelada con suerte

Sostiene el protagonista de 24 Hour Party People, no sin razón, que pocos son los grupos de rock que han sobrevivido a la muerte de su líder. Durante la primera mitad de la década de 1990, la escena grunge de Seattle fue escenario del típico enfrentamiento dicotómico-rockero, con Nirvana y Pearl Jam como cabezas de cartel. Pero los segundos, aunque más criticados por los puristas de turno, venían de superar la gran prueba trágica. Y los primeros quedaron finiquitados en el mismo momento en que Kurt Cobain apretó el gatillo de la escopeta que tiempo ha venía reposando contra su cabeza. Antes de ser mermelada de perlas, Stone Gossard y Jeff Ament habían surcado estos mundos de Dios bajo la bandera de Mother Love Bone, cantados por un Andy Wood cuya afinidad por las drogas duras iba a revelarse funesta. Pero hay gente tocada por los hados, y del mismo modo que en Sort reparten una y otra vez el Gordo de Navidad, los amigos recibieron un segundo regalo del destino encarnado en la figura de Eddie Vedder, un muchacho made in Illinois de carisma a prueba de bombas y voz sencillamente prodigiosa. La leyenda cuenta que Vedder recibió una cinta con algunas melodías de Gossard y Ament, que les ideó una letra mientras hacía surf en una playa californiana, que grabó su voz sobre aquellos temas y… bueno, que de ahí surgió la trilogía Alive-Once-Footsteps (aderezada, por cierto, con los épicos solos del guitarra solista Mike McReady).
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Precisamente Alive, himno pearljamero por excelencia, ejerció de carta de presentación de la banda en nuestro país. Fue merced a un videoclip programado por Metrópolis en su especial “nuevas tendencias musicales USA”, allá por 1991. Servidor, como varios de sus compañeros de colegio y de generación, quedó inmediatamente prendado, y no volvió a respirar tranquilo hasta que el álbum Ten obró en su poder. Fue el inicio de una historia de amor tan intensa como fiel por ambas partes. Y es que no solo Pearl Jam ha cumplido ya tres lustros de existencia, sino que tampoco ha tenido el menor reparo en inundar literalmente las tiendas de discos con sus trabajos de estudio, bootlegs (sumarán cerca de un centenar sus grabaciones en vivo), recopilaciones de rarezas y, como colofón, un doble de grandes éxitos. Álbum que durante las últimas semanas no logro dejar de escuchar. Y no creo que en la melancolía generacional radique estrictamente la clave que me devuelve a Pearl Jam con tamaña fuerza. Pincho Black una y otra y otra vez, y me convenzo de que se trata de una de las piezas más bellas a las que jamás me haya enfrentado. Off He Goes, Immortality y Man of the Hour la secundan peligrosamente. Pese a su temática incestuosa, Alive sigue representando una explosión de vitalidad. E incluso las canciones de sus supuestos trabajos menores (Binaural y Riot Act) se me hacen cada vez más amables.
En sus propias palabras: “Hail hail, the lucky ones…”.

martes, marzo 08, 2005

Sex Sex Sex

Existe un viejo dicho que todo aquel que haya ejercido el periodismo musical con dos dedos de conciencia debe tener grabado a fuego: “escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura”. Personalmente, he escrito bastante sobre música, casi siempre con notables dudas respecto a mi capacitación al respecto. Pero mucho más inseguro me he sentido cuando he abordado el mundo del sexo desde una perspectiva narrativa, propia de la ficción. Mi primera novela llevó por título Una sonrisa torcida, y fue una suerte de vómito catártico que: a) me permitió superar una difícil situación íntima, marcada por los desencuentros familiares y por una ruptura sentimental; y b) me hizo ver, al quedar entre las nueve finalistas del premio Herralde de 1997, que quizá tenía algo que decir en el terreno de la literatura. Una sonrisa torcida narraba en primera persona (y bajo la directa influencia de Bret Easton Ellis) la historia de Jorge, un universitario barcelonés que, abandonado por su novia, se adentra en una espiral de relaciones sexuales cada vez más descarnadas, agresivas e insatisfactorias, proceso retroalimentado que culmina con la violación de una compañera de clase y una extraña forma de redención, más debida al azar que al pertinente castigo legal. El sexo allí contundentemente narrado, no obstante, tenía una justificación contrastiva, debía representar un reflejo en negativo de los recuerdos de Jorge sobre su relación pasada (e idealizada, todo sea dicho). Pero no olvido que en más de una ocasión tuve que aclarar al lector de turno que: a) no se trataba de una novela completamente autobiográfica (pues sí había otros elementos modelados a mi imagen y semejanza, como por ejemplo la afición del protagonista al ajedrez y a tocar la guitarra); y b) tampoco constituía un reflejo de mi rabia vital, o una fantasía sobre lo que me hubiera gustado llevar a cabo en la vida real. Pasadas las primeras quince o veinte páginas, suele suceder que la historia comienza a cobrar su propia forma, y que son los mismos personajes los que dictan su destino, al margen de lo que el escritor tenga en mente para ellos.
Bien. Esta semana llegará a las librerías la primera de mis novelas adultas en ver la luz editorial, tras dos narraciones juveniles de las que me siento igualmente orgulloso. Lleva por título Sorbed mi sexo, y contiene quizá un veinte por ciento de las escenas subidas de tono que surcaban las torturadas venas de Una sonrisa torcida. El libro trata la historia del chef francés Paul Boissel, quien se dio a conocer mundialmente en los años 1970 por su cocina española de simbolismo sexual. Escogí este lema por considerar que conjugaba las vertientes genitales y gastronómicas de la historia, y porque constituye una de las líneas del adulterado padrenuestro que el protagonista recita en uno de sus capítulos principales. Desde el punto de vista creativo, me siento plenamente justificado y muy seguro de mi elección. Pero no negaré que a ratos me invade una suerte de temor timorato. Hasta la fecha todas las reacciones externas se han conducido entre lo jocoso y un asomo de curiosidad, y sé perfectamente que quien se acerque a este libro con intenciones morbosas quedará francamente decepcionado, cuando no mortalmente aburrido, ante unas veinte primeras páginas que, pese a las diferentes reescrituras, han quedado aún ligeramente crípticas. No es Sorbed mi sexo una obra para leer a una mano, me temo. Pero sigue suscitando mi incomodidad.
Pienso que el sexo es un arma excelente a la hora de definir a un personaje. Opino que se trata de un recurso muy útil, pero que debe ser dosificado con franca sabiduría. Comparo la brutal maquinalidad con que narré las andanzas de Jorge y la apasionada historia de Boissel para convencerme de haber ofrecido a cada historia exactamente lo que requería. Desde luego no soy yo quien en última instancia debe efectuar tales juicios, pero el quid de la cuestión radica en que contemplo todas estas cuestiones al poco rato de ver Kinsey, el convencional pero efectivo biopic del sexólogo norteamericano que ha dirigido Bill Condon y que protagoniza con maestría Liam Neeson. Hace escasas semanas, ya en pleno siglo XXI, el foro dedicado a la película en
www.imdb.com registraba una serie de ataques tan delirantes como decimonónicos contra la figura de Kinsey, agresiones verbales debidas a su bisexualidad y a sus estudios sobre el comportamiento íntimo de los “animales humanos”. Kinsey, al igual que Masters y Johnson, lo mismo que Shere Hite, estableció las bases para un estudio científico de nuestra sexualidad. Desde luego no había amor en sus tablas de porcentajes, pero tal acercamiento se ha acabado revelando básico para una mejor comprensión de la faceta física en la que a menudo se traducen nuestros instintos y emociones. En un mundo sin música no tendría sentido hablar de música, pero en un mundo privado de sexo sin duda seguiríamos hablando de sexo. Quizá aquí radique la gran diferencia. Y está visto que los Kinseys de turno siguen siendo tirando a imprescindibles. Yo, por lo pronto, les debo el título de mi última novela.
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miércoles, marzo 02, 2005

Palabras

Convendremos en que el de político es un oficio lleno de amarguras. Tu realización personal depende, por de pronto, del voto de una mayoría dudosamente cualificada y ciertamente caprichosa. Es el público no ya potencial sino actual (en términos aristotélicos) de Crónicas Marcianas el que marcará la diferencia, el que te encumbrará en la trona de jefe de algo o te condenará a ejercer el siempre desagradecido papel de opositor a alguna cosa. Pongamos, entonces, que superas el primer obstáculo y te las arreglas para salir elegido. En este mundo post-Watergate y post-fondos reservados, en este universo global tomado por los medios de comunicación, cada cosa que digas o hagas podrá ser utilizada en tu contra. Y sin duda lo será, cortesía de aquel periódico o cadena de televisión que no se halle controlado por un grupo afín a tu partido. Algo te enriquecerás sin que el contribuyente se entere, desde luego. Pero si quieres ese tipo de sexo perverso al que solo se accede desde las más altas esferas del poder (en términos casi platónicos)... bueno, creo que ya ni en las provincias argentinas es posible conseguirlo y quedar impune. Los regalos de tus pares son inventariados para su correcta devolución una vez concluya la legislatura. Y ay de ti si se te ocurre agilizar los trámites para que la niñera peruana de tu amante consiga la nacionalidad antes de lo habitual (para que a su vez tú puedas seguir disfrutando de esos locos fines de semana)... No, cuando le conviene la prensa también sabe ser todo un Gran Hermano.
¿Qué te queda, pues? ¿Dónde encontrará tu ímproba dedicación alguna suerte de recompensa, hermano político? Pues va a ser que en los orígenes mismos de la disciplina, en la siempre etérea pero suculenta palabra. De un tiempo a esta parte, cual oradores atenienses declamando frente al Partenón, cual parlamentarios británicos que venderían su peluca por un buen pun, nuestros representantes nos vienen obsequiando con una perla verbal tras otra. Abre tu periódico de cabecera, lector crepuscular, y deléitate. Hoy mismo, sin ir más lejos, El País recoge el sutil parecer de Don Manuel Fraga sobre algún comentario esgrimido previamente desde las filas de Esquerra Republicana: “pura y simplemente mierda (...) Lo que dicen los diputados de ERC en general es bazofia”. Lo destaco por el respeto que siempre nos deben merecer nuestros mayores, pero en absoluto debe eclipsar tan literario juicio (en términos escatológico-camilojosecelianos) al hombre del momento. Que no es otro que el honorable Pasqual Maragall. Quien está más desatado que Ronaldo en una escuela de samba, oigan. Maestro de la comparación (Carmelo y Prestige), crack de la inferencia (el tres por ciento), lo President no hace más que añadir madera al fuego de una leyenda que ya había quedado bastante arregladita con la concesión olímpica del 92. Su última genialidad ha llegado en forma de hoja de ruta, doble y decorada con tintes grastronómicos y sexuales: “hay que dejar reposar el soufflé catalán”, “hay que poner vaselina en la situación”.
Inmenso.
Glorioso.
Sencillamente Boisseliano.